Era la mañana de un día de
primavera cuando un joven se fue al campo para pasar un día tranquilo. Se
levantó pronto, le dolía la cabeza, no le sentaba nada bien trasnochar. Le
apetecía bañarse en el río y allá se fue.
Una araña que había tejido su
tela entre las hojas de una gran higuera lo estuvo vigilando. No le hizo caso.
Se desnudó, pero cuando fue a entrar en el agua, allí estaba, delante de él.
Era tan grande como la oreja de un elefante. Caminó diez pasos a la izquierda y
cuando levantó el pie casi pisa aquella bestia. Cambió de rumbo, se fue a la
derecha, pero la maldita araña iba tras él. Así estuvo de aquí para allá
durante más de quince minutos.
Se puso a pensar, algo que no
siempre se le daba bien. La noche anterior su amigo, el tabernero, se negó a
darle otra cerveza, dijo que ya estaba bastante achispado, que se fuera a la
cama. Le hizo caso.
Y ahora ese arácnido enorme
se le había puesto justo al lado. Había leído en alguna parte que existe un
grupo de ellas muy peligrosas para los humanos. La miró fijamente. Solo le veía
los cuatro pares de patas y unos ojos enormes que hacían el gesto de «sígueme»
y claro, la siguió, hasta un sitio, donde de buenas a primeras, aparecieron
tres cadáveres.
«Hasta aquí hemos llegado»,
así de serio le habló. A estos jóvenes les has envenenado con tus glándulas,
pero a mí, trabajo te va a costar pillarme, y salió corriendo hacia donde más
seguro se sentía: la taberna.
Nadie le creyó, a pesar de la
desnudez con la que se presentó. «Delirium tremens», diagnosticaron los
alcohólicos conocidos. Solo dos policías que durante su ronda bebían tónica,
pidieron que le acompañara al lugar de los hechos.
La taberna cerró y todos en
fila india se acercaron donde esa
depredadora les estaba esperando.
© Marieta Alonso Más
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