“Empecé a preguntarme cómo sería Kingsbridge
antes de convertirse en una ciudad próspera", cuenta
el autor y de esta reflexión llega la novela que hoy comento.
Estamos
ante la precuela de Los pilares de la tierra. La historia se desarrolla durante
la alta Edad Media, muy próxima al fin del milenio, época pintada, en general,
como oscura y sumida en la superstición, la ignorancia y el feudalismo, en una Inglaterra
que se encuentra acosada por galeses, por el oeste y vikingos, por el este.
Combe,
aldea de mercaderes y pescadores, sufre el brutal ataque vikingo y la vida de
sus habitantes cambia radicalmente. Entre ellos, una familia de constructores
de barcos lo pierde todo y tiene que emprender camino hacia la mísera aldea de Dreng’s
Ferry. Allí les espera una paupérrima granja y un ambiente viciado y corrupto,
donde los poderosos y sus secuaces abusan de su posición y su poder,
esclavizando a los más desfavorecidos y burlando las leyes, tanto del rey como
de la iglesia, a través de intrigas y artimañas.
En este
caldo de cultivo, el joven Edgar, maestro constructor; Ragna, joven normanda,
casada con el Conde sajón, Wilwulf y, Aldred, un monje con un objetivo:
convertir una pequeña abadía en un centro de saber, se encuentran y se
convierten en aliados en una lucha desigual contra los peligrosos hermanastros
del conde: Wigelm y el maquiavélico obispo Wynstan.
Es un
libro que se lee fácil porque, como nos tiene acostumbrados su autor, es capaz
de atrapar la atención de principio a fin. Yo he disfrutado de la forma en que
nos muestra la vida y las costumbres de la época en el entorno en que se
desarrolla; las alianzas políticas a través de los matrimonios; las luchas
enconadas por el poder, incluso entre hermanos; las penurias de los vasallos
para pagar los impuestos al señor que no atendía a ningún tipo de razones; el
mínimo peso que tenían las mujeres en la sociedad y, sobre todo, los
incipientes proyectos de construcción, sin herramientas y con pocos
conocimientos.
Dicho
esto, tengo que añadir que me ha defraudado y mucho. Las tinieblas y el alba se me ha quedado muy corta, muy previsible,
muy facilona. Los malos, malísimos y la suerte siempre de su lado. Los buenos,
buenísimos, y muy listos, lo que no les sirve para salir airosos de sus
batallas con los primeros. Eso sí, desde las primeras páginas sabemos que, a
pesar de tantas y tantas desgracias, el bien vencerá, el mal será derrotado y
la historia de amor, por muy imposible y descabellada que parezca, tendrá un final
feliz, como en los cuentos.
Julia de
Castro
Mi verano en libros
Julio 2021

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