Mi padre me puso a trabajar en la oficina de un amigo, ya estaba bien de hacer el vago, dijo cabreado. Que mi cabeza no regía del todo bien era verdad, pero si sabía ir detrás de las chicas y comer con pasión, glotonería mejor dicho, también podía poner el mismo empeño en currar. Mi madre me hizo señas de que no le llevara la contraria. Mi progenitor es muy bueno, pero tiene un genio diabólico.
Y aquí estoy. En un sótano lleno de archivadores, estanterías, con una trituradora rompiendo papeles de hace un siglo. Siento que hay algo raro en el ambiente, los fantasmas parecen más una certeza que una suposición.
Hay una taladradora con vida propia, recojo los redondeles que caen por el suelo como si fueran copos de nieve, se reproducen sin que nadie ponga de su parte. Esto no me gusta nada. Así que decido sentarme a conversar con los espíritus. Han resultado ser amigables y les encanta trabajar.
Buena señal, así que he estado sentado en una sillón de ejecutivo dando órdenes, que se llevan a cabo en un momento. Y en menos de lo que canta un gallo hemos terminado de romper papeles.
Todo está limpio, recogido y lo único que he hecho ha sido llevar unos sacos enormes, negros, llenos de papeles a los contenedores. Menudo trabajo, no crean. Seis viajes. Los compañeros cuando me vieron cargando hasta con diez sacos a la vez no se lo podían creer y se miraban unos a otros. Tengo mucha fuerza. Lo hice porque los espectros me explicaron que ellos no podían salir de aquella habitación y por unos amigos se hace lo que haga falta.
Hasta el jefe salió, el amigo de mi padre, no se podía creer mi hazaña y el muy egoísta me dijo que al día siguiente haría lo mismo en un despacho con papeles de alto secreto.
Se me heló la sangre y me fui hablar con mis amigos, a contarles el problema. Nos sentamos, ellos en el suelo y yo en el cómodo sillón. A uno de ellos se le ocurrió que si los metía a todos en un saco y los llevaba a la espalda, a lo mejor, podrían pasar de un lugar a otro, sin problemas. Así lo hicimos. Y desde entonces soy el gran jefe del grupo de las ánimas, más feliz de este mundo. Ellos son mis amigos de verdad y mi padre, desde entonces, no logra cerrar la boca de la impresión.
© Marieta Alonso

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