martes, 29 de septiembre de 2026

Cristina Vázquez: Inútil espera

 


De mayor, ya casi anciano, Gabriel recordaba la imagen de su tía siempre asomada a la ventana. Se llamaba Lucrecia y era la hermana pequeña de su madre que vivía con su abuela viuda. Gabriel la recordaba ágil, de talle flexible y fino, bromista y en su cara las pecas y un par de hoyuelos le daban una expresión de risa contenida que iba a explotar en cualquier momento. Otras veces, en cambio, su rostro se demudaba en un gesto triste, el tono de su voz se volvía violento y algo en ella daba miedo. Pero él la adoraba.

—Eres y serás siempre mi preferido, Gabriel —le acariciaba la mejilla con un dedo—. Te pusieron ese nombre porque cuando naciste dije que tenías cara de ángel.

A continuación, dándole un pellizco echaba a correr asegurándole que eso se lo decía a todos los sobrinos, así la querrían más. Una tarde que repetían ese juego y Gabriel iba detrás de ella, se giró con brusquedad y cogiéndole la cara entre sus manos, le miró desde la profundidad de sus ojos color miel. A lo mejor dentro de poco se tendría que ir muy lejos, estaba esperando a un hombre, un novio que la llevaría a vivir a un país precioso.

—Dentro de poco, Gabriel, pero… —y en voz baja—, me tienes que guardar el secreto. Solo tú lo sabes.

Recuerda que sintió una mezcla de orgullo y tristeza, ¿por qué se tenía que marchar, por qué era un secreto, quién era ese hombre? Y esa tarde algo en él se quebró, algo a lo que no supo dar nombre.

Pasados unos meses, la inquietud de Gabriel, al ver que su tía se quedaba, fue disminuyendo y cuando le preguntó cuándo se iba a ir, ella, tapándole la boca, le exigió que nunca, nunca lo repitiera o dejarían de ser tía y sobrino. Al poco tiempo de decirle esto, recordaba la punzada que sintió la mañana que su madre se fue precipitada de casa, sin arreglar, con el abrigo echado de cualquier manera sobre los hombros y volvió tarde en la noche con un desconsuelo marcado en la oscuridad de sus ojeras.

No volvió a ver a su tía en mucho tiempo. Si preguntaba dónde estaba, un silencio ominoso, o no eran cosas de niños, que se callara, por favor, era la atribulada, inconclusa respuesta que le daban. Él intuyó que algo terrible o, al menos, incómodo o vergonzante había sucedido. La ausencia de Lucrecia, bajo esas misteriosas condiciones, le hicieron desconfiar del mundo de los mayores. Sintió por primera vez un sabor amargo que no conseguía aliviar con caramelos. Comprendió cuánto la quería, cuánta alegría y cariño le daba esa divertida mujer en comparación a los rígidos modos de padres y otros tíos.

Al fin, después de unos años, le comunicaron que iban a visitar a la tía.

—Como la quieres tanto puedes venir con nosotros —argumentó su padre con una solemnidad amenazante—. Pero he de advertirte que será muy duro verla.

Gabriel acababa de cumplir quince años, su recuerdo era un oasis en el desconcierto adolescente y afirmó que sí, que estaba dispuesto.

Llegaron a un edificio de tres plantas de un color gris desvaído, rodeado de un jardín pobre y mal cuidado. Al entrar, observó unas plantas desanimadas que trataban de aligerar el aspecto lúgubre de aquella casona con rejas en las ventanas. Esperaron un momento en un despacho hasta que un médico de afectuosa sonrisa les pidió que le siguieran. Nunca olvidaría el ruido de las tres vueltas de llave que dio para abrir, el olor a cerrado del cuarto y la figura de espaldas que se inclinaba sobre la ventana. Solo un atisbo de su frágil cintura le pudo recordar la agilidad, la gracia de antaño.

Se quedó horrorizado, quiso salir, pero en ese momento ella se dio la vuelta y sonrió. ¡Gabriel! Se había transformado en una desconocida. Seca, triste, casi una anciana, solo pudo reconocer el color miel de sus ojos, aunque sin brillo. Se acercó y le puso una mano en la nuca para arrimarse a su cara.

—Dentro de poco me iré —susurró con torpeza—, guárdame el secreto y te llevaré conmigo. Después se giró y volvió a asomarse a la ventana.

Cuando salieron, arrastrando los pies pasillo adelante, acompañados por el amable doctor, éste les iba diciendo que estaba mejorando, aunque les costara creerlo. Además, continuó, había sido una bendición poder evitar la cárcel.

—Fue un asesinato terrible el de aquel desconocido.

© Cristina Vázquez

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