Soy un hombre
por lo que es imposible que sea cotilla. Con los amigos hablo de fútbol, de
ciencia, de cine. No permito que nadie me venga con chismes.
En toda regla
siempre hay una excepción, en mi caso es mi mujer, que en la noche me cuenta lo
ocurrido durante el día. No lo hacemos por el mero hecho de chismear sino para
no perder la comunicación tan necesaria en un matrimonio.
Por ella me he
enterado que en el edificio de enfrente el del quinto dejó tirado a su padre en
una gasolinera, ¡Qué poco respeto al progenitor!; la del cuarto, cuando el
marido se va al trabajo, recibe visitas de hombres, ¡En nuestro pueblo eso
tiene un nombre!; el del tercero ha hecho un desfalco en el Banco donde trabaja,
¡Cómo si lo necesitara!; la del séptimo se desviste con la luz encendida ¡Qué
inmoralidad!; el del noveno se entiende con la del octavo y es amigo del marido
¡Qué falta de amistad!
A veces se nos
quita el sueño hablando de todo lo que ocurre en el barrio. Cada noche nos sentamos ante la ventana para corroborar lo que ella me ha dicho. Pero eso sí, siempre
terminamos diciendo, que no debemos entrometernos en las vidas ajenas.
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