domingo, 15 de abril de 2012

Amantes de mis cuentos: Mujer desesperada

El grito: Edvar Munch



No estaba muy contenta con Dios.
A sus cuarenta años aún le seguía rogando que le diera descendencia. Él debería saber que ella era una buena cristiana, que confiaba en él, que sin su ayuda no era capaz de salir adelante. Parecía sordo.
Se casó con veinte años. Su ilusión: una docena de hijos. Todas las noches pedía lo mismo en sus oraciones.
Mira que se esforzó. A todas horas. Hizo de la máxima “ora et labora” su guía de conducta. Dios no la escuchó y los hijos no llegaron. Lo que hizo Dios fue llevarse al marido en un accidente.
Se volvió a casar. Nada. A Lourdes se acercó; a Santa Casilda fue; se sometió a una veintena de tratamientos en las mejores clínicas. Nada.
Al parecer tanto esfuerzo agotó al segundo marido y una mañana no despertó. Tanta desventura la sumió en una profunda melancolía. Dejó de rezar, dejó de ir a misa, se quejó amargamente ante Dios por no haber escuchado todas sus plegarias.
No volvió a salir. En pie al amanecer desayunaba, leía, bordaba, comía, cenaba, dormía y otra vez de nuevo. Y así pasaron los meses. La servidumbre no sabía qué hacer para devolverle la alegría de vivir. Al llegar las fiestas de Navidad les conminó a que se fueran con sus familias. Ella prefería quedarse sola en casa.
El día de Navidad cayó en domingo, se levantó como siempre y estaba desayunando cuando oyó el timbre. ¿Quién podría ser tan temprano? A lo mejor era su cocinera que no se resignaba a dejarla sola. A regañadientes se acercó a la puerta, miró por la mirilla. Nadie. El timbre volvió a sonar. Ella volvió a mirar. Nadie. A la tercera llamada abrió antes de que el timbre dejara de sonar. Nadie. Sintió un roce en el tobillo. Al abrir aquel enredo de telas supo que era su regalo de Navidad. Un niño precioso le sonreía. Lo tomó en brazos y lo atendió con una práctica que a ella misma le sorprendió.
Llamó a la Comisaría, a Protección de Menores, al cura de su Parroquia. El primero en llegar fue el sacerdote y ella le pidió que bautizara al pequeño, no fuera a ser que se lo quitaran y consideraran “no necesario” administrarle el Sacramento. Y como la cosa más natural del mundo se le llamó Jesús.
Con el barullo de las fiestas las autoridades consideraron pertinente que se quedara con el niño hasta que se decidiera su suerte. Feliz, lo aceptó de inmediato. Los días de esa semana fueron los mejores de su vida. Entretanto tejió la urdimbre necesaria entre sus destacadas amistades para quedarse con el pequeño.
Su sorpresa fue mayúscula cuando al domingo siguiente sucedió lo mismo. La única diferencia visible fue que esta vez era una niña: María. Volvió a darle gracias a Dios.
Y así cada domingo fue una réplica del anterior. Cincuenta y dos domingos en el año, cincuenta y dos bebés.
Al llegar de nuevo la Navidad rodeada de todos sus vástagos, se arrodilló ante el pesebre, ante una imagen del Sagrado Corazón, ante San Judas Tadeo, Santa Rita de Casia, la Virgen de Lourdes, Santa Casilda, la Milagrosa, ante todos los que había estado molestando con sus rogativas para pedirles que parasen, que ya se sentía más que satisfecha, que no podía más, no tenía espacio, no tenía manos, no tenía aliento.
Y se oyó una voz:
-Tranquila mujer. No habrá más entregas. Solo quería que supieras que todas tus oraciones fueron escuchadas, atendidas y procesadas. Y todo esto requiere: tiempo.       

3 comentarios:

  1. Aunque ya conocía el cuento me ha gustado leerlo de nuevo. Me encanta la descripción que haces de la mujer, pero lo que más me llama la atención es el final irónico.

    Enhorabuena.

    Carmen Dorado

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    1. Me alegra muchísimo que tras una segunda lectura te siga gustando. Nunca pensé el bien que me hace arrancar una sonrisa. Un abrazo. Marieta

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  2. Me ha encantado, muchas gracias y besos, Manoli

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