lunes, 1 de abril de 2013

Amantes de mis cuentos: Viudedades

Greco-Autorretrato
Da Vinci-La dama del armiño


Hermenegildo estaba de acuerdo con todo lo que decía su mujer. Esta no paraba de hablar, por lo que a él se le conocía como a un hombre muy callado.

Les encantaba bailar y lo hacían muy bien a pesar de ser una pareja un tanto desproporcionada. Y es que Fina era una mujer fuerte de hueso ancho, más bien obesa, con un pelo siempre muy bien peinado, maquillada desde la mañana hasta la noche y con unos ojos preciosos y enormes. Su marido era un hombre pequeño, de hueso estrecho, delgado, calvo y miope.

Vivían en una casa pequeña, casi de muñecas, con gran profusión de adornos que hacían que mucho espacio libre no hubiera. Todo con buen gusto. Un alma artística pensaría que era una casa…, barroca.

Una vez a la semana iban al cine. A menudo recordaban la vez que hubo un incendio en el local y ella pretendió que el escuálido de su marido la tomara en brazos y la sacara por la ventana, más tarde, explicaría que lo había hecho para quitar tensión al momento.

Tras la muerte de su marido, fue tanto el dolor de Fina que vendió hasta su ropa interior para que la presencia de sus cosas materiales no la hiciera sufrir. Echaba tanto de menos su compañía que se fue a vivir a La Habana. No soportaba la soledad.

Allí conoció a otro viudo, vivo retrato de Hermenegildo, y al cabo de unos meses se casó con él. Su nueva casa tomó su sello de inmediato.

La única novedad eran dos cuadros en el salón. Uno de Hermenegildo mirando a la derecha y otro de la primera mujer de su nuevo marido, mirando a la izquierda.

Su casa volvió a bullir de amistades. Las tertulias se deslizaban en un clima muy agradable, riendo, charlando y nombrando siempre a quienes habían formado parte de sus vidas. En ocasiones se llamaban uno al otro por sus nombres. Siempre terminaban  contando anécdotas de su vida anterior al tiempo que señalaban los cuadros, se levantaban, daban un beso a los respectivos, se llevaban el pañuelo a los ojos y se volvían a sentar tomados de la mano para reír de algo que viniese a cuento.

Más de un amigo jura que, cuando esto ocurre, hay un intercambio de miradas entre el difunto y la difunta.



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