lunes, 1 de julio de 2013

Amantes de mis cuentos: Viajes sin retorno






Los libros van siendo el único lugar de la
casa, donde todavía, se puede estar tranquilo.
 Julio Cortázar







-          ¡Aguanta! ¡Ánimo! ¡Ten coraje!

Se lo estoy oyendo decir al hombre de grandes ojos castaños, pestañas espesas, pelo ralo, bata verde y un tapabocas del mismo color. Lo dice con voz contenida para que solo yo lo escuche. Es una voz clara, varonil, con destellos de ternura, parecida a la del tenor cuando canta una romanza. Siento muy cerca la respiración entrecortada de otras personas. Noto la penumbra que de pronto se evapora y da paso a una luz cambiante en color e intensidad. ¡Cuánto bullicio! ¡Cuántos olores!

Tengo sueño. Me pesan los párpados. Se me cierran los ojos. No puedo abrirlos, me dejo llevar…

Estoy en el suelo de una embarcación mecida por las olas, el motor apagado a la espera de que caiga la noche. Escucho el silencio. Rememoro el esfuerzo que me ha costado conseguir el dinero para comenzar este viaje, que me llevará al final de una meta y al comienzo de otra. Me acompaña la soledad, que desde hace mucho tiempo, es mi gran amiga. Hace meses descubrí que nada hay más solitario que verse obligada a mantener un secreto, hay que defenderse hasta de uno mismo. Se llega a sentir un cosquilleo, unas ansias inmensas de hacer partícipes a tus mejores amigos de todo lo que roe en tu interior, pero no, el enemigo puede estar donde menos uno se lo espera. Y lo peor, no es que pongas en peligro tu persona, si no, que pones en peligro a otros.

-          ¡Bisturí! ¡Pinzas!

Es una agonía esto de no poder confiar en nadie. No queda más remedio que aprender hablar a solas y en silencio porque a veces las paredes tienen oídos. Fue durante esa etapa, cuando adiviné que para sobrevivir debía mostrar una actitud de confianza ante la vida, para vencer el miedo que se presentaba sin avisar. Y adopté la alegría por bandera, mis temores los guardé muy dentro de mí. Casi sin pensar surgió la necesidad de crear mis propias ilusiones, debía darme ánimos, por lo que, escribí un inventario de sueños que me hacían la existencia agradable y la repasaba cada día. No se me ocurrió traer la lista y ahora me vendría bien para olvidar la angustia que me produce este inmenso desierto de agua...

Algo me espabila, sigue el trajín alrededor de la camilla y continúa ese ruido sordo de cubiertos como cuando se sirve o se recoge la mesa, procuro poner atención a los  murmullos pero son palabras que se me escapan, como si fuesen órdenes. Para mí son de una locuacidad excesiva. Lástima que no tenga fuerzas para mandarles a callar. Me da vueltas la cabeza, no logro centrar la mirada…

-          ¡Rápido! ¡Oxígeno!

¡Precioso! Un paisaje de sabana, precioso. La llanura herbácea salpicada con algunos árboles aislados se presenta ante mis ojos y veo a una mujer que va en busca de agua, fuente de vida. Otras arrancan raíces, recogen frutos, comen carne cruda, dan golpes para romper los huesos y extraer la médula, lo más nutritivo, así lo han hecho durante mucho tiempo hasta que aprendieron los secretos del fuego, tales como ablandar los alimentos, recibir calor, fortalecer relaciones sociales, servir de elemento de protección para ahuyentar a los depredadores...

Me siento zarandeada.

-          ¡Por favor! ¡Reacciona!

           El hombre embozado golpea mi tórax con sus manos enguantadas. No sé lo que pretende pero no duele. Abro más los ojos. Me mira, lanza un suspiro y deja de pegarme. Los vuelo a cerrar. Su cara muestra preocupación. ¿Qué problemas tendrá? Nadie está exento de ellos. Siento que voy a amodorrarme…

Con el ruido de la metralla, de las salpicaduras de agua, de los gritos, tampoco sentí dolor en el momento que la bala me mordía, solo noté el líquido viscoso, caliente y rojo que salía de mi estómago...

No logro conciliar el sueño con tanto ajetreo. Me piden que me mantenga despierta, lúcida. ¡Qué más quisiera yo! ¡Ojalá pudiera! Se alborotan de nuevo, les entran las prisas. Siento pinchazos en los brazos, en las piernas. Creo que hurgan dentro de mí. Ya no siento nada. Sus rostros se alejan, se acercan, se vuelven a alejar. Si pudiera les diría que necesito un poco de paz, que dejen lo que están haciendo para más tarde.

De nuevo, la mujer. Esta vez está arrodillada, escarbando en el suelo. Va llenando una cesta de mimbre con lo que la tierra le ofrece. No la veo bien, está allá, en la lejanía. Se levanta y viene hacia mí con una sonrisa. Es muy joven, pero ya ha formado su propia familia, que funciona al igual que otras, como freno a la promiscuidad, dando respuesta a las necesidades de seguridad, comida y sexo. El chamán también se acerca y le oigo hablar del incesto que fue considerado tabú desde muy temprano por ser una práctica genéticamente peligrosa y destructora de la unidad del clan...   

Vuelvo en sí, percibo el ruido de unos frascos, una llave que gotea, unos pasos apagados que van y vienen, otros corren, las luces se encienden, se apagan, me suben las piernas, me bajan la cabeza. ¿A qué huele?

Las instrucciones eran muy claras, debíamos estar atentos a las señales intermitentes que el guía iría haciendo con la linterna; al acantilado para no caer; a las rocas que teníamos que salvar. Llegamos a la orilla, nos adentramos en el agua en fila india, un hombre empuja la balsa, ya con el agua al pecho, el mismo hombre se sube a la embarcación. Ayuda a los niños y a las mujeres primero y a los hombres después. Todo salió perfecto. Por fin nos encontramos dentro. Poco a poco el sonido apaciguado de los remos nos fue alejando de la costa. Los remos dejaron de sonar. Las luces de un barco patrullero rastrean las aguas. Nos agachamos. De pronto una voz ronca gritó:

-          ¡Alto!

Transcurrieron unos segundos eternos hasta que escuchamos el arranque del motor, un fuerte olor a gasolina nos invadió, una lluvia de agua salada nos roció como se hace con la ropa lista para planchar, tuvimos que sujetarnos muy fuerte pues la velocidad alcanzada nos hacía ir de un lado a otro, bambaleándonos... 

Siento unas manos en el rostro. Una voz me anima a resistir. Yo quiero decirle que sí, que confíe en mí, que lo estoy intentando, que soy fuerte, no por naturaleza, sino por los azotes que me ha dado la vida pero, los labios los tengo agrietados y no logro emitir sonido.

Otra vez, vislumbro a la joven de la sabana. Ahora avanza con bártulos a su espalda, detrás de su hombre que también lleva el suyo. Los niños corren por delante y por detrás, rodeándoles. Se oyen sus gritos. Me acerco a ellos. Me saludan. Van en busca de un camino para expandirse por el mundo. A ella el viaje hacia nosotros mismos no le resultará fácil. Lo sé. Echa la vista atrás, muestra a los hijos las huellas de sus pasos, se tronchan de risa y juegan pisando su propio rastro. Algo me dice que la mujer está nerviosa. Me brindo para llevar un rato su fardo pero me dice que no con la cabeza.

Sigo andando con ellos. Él se adelanta explorando el camino y yo aprovecho para preguntarle qué le preocupa y me contesta que no es la mejor época para viajar, que ya debían haber encontrado una cueva, que recela de los animales en acecho, de los ruidos de la noche, que teme no tener tiempo…  

Una bofetada hace que cambie el rumbo de mis pensamientos. Esto es una provocación. Con lo a gusto que me encontraba con mis nuevos amigos.

Y me viene la imagen de los tiburones saltando alrededor de la balsa. Se forma una algarabía entre nosotros, hay comentarios para todos los gustos, menos mal que los escualos se cansan y se van. Los delfines toman su lugar y nos divierten con sus piruetas. Me sobresalto con el chirrido de la tela al convertirse en jirones. El torniquete que me hacen con ellos está muy apretado…

¡Despierta! ¡Venga! ¡Despierta!

           Son voces que me vienen de lejos. Me esfuerzo por acercarme a ellas pero algo más fuerte que yo, me lo impide, es como si no tuviera voluntad.

         La estela dejada por la embarcación, el frío de la noche, la manta hasta el cuello, una mano amiga que entrelaza sus dedos en mi cabello y me dice que pronto llegaremos. La llegada a tierra firme. Las sirenas de las ambulancias. Me llevan en parihuelas, luego las batas verdes revolotean alrededor...

          Abro los ojos. El hombre de los grandes ojos castaños se aleja. Otros van detrás de él. Han terminado. Han cesado los ruidos. Me siento bien. Ahora a descansar.

Afluyen varias imágenes. Se agolpan unas contra otras. A lo mejor el proyector  se ha estropeado. Ya funciona bien. Las fotografías van apareciendo despacio y nítidas. Una de ellas me hace especular sobre un infierno apacible o quizás un paraíso perturbador. No puede ser. Esto es solo un sueño revuelto de fantasías. Y ¿si las personas que me rodean, que parecen existir, no existen? y ¿si aquellas que veo a lo lejos que parecen no existir…?  Se acerca alguien que no reconozco. Me envuelve, me engatusa, me marea.

Parpadeo.

El animal está en actitud de ataque. La mujer le mira a los ojos. 

Parpadeo.

Me acaricia la brisa del mar y ese dulce olor de la tierra donde nací.

Parpadeo.

Y su música contagiosa comienza a guiar mis pies.


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