jueves, 1 de mayo de 2014

Amantes de mis cuentos: Maestra costurera






Acababa de cumplir quince años cuando mi madre sentenció: Una mujer debe saber coser.

Dialogué, lloré, grité, me escondí en el cuarto de baño, intenté convencerla de que la aguja y yo teníamos un conflicto generacional.

Ni caso. Entré en un taller de costura.

Nunca imaginé lo que se puede sufrir en un lugar tan creativo. El hilo se hace nudos, las agujas de la máquina se rompen con solo mirarlas, enhebrar es cosa de expertos, hacer los hilvanes rectos es obra de ingeniería. Las lorzas, los bodoques, las flores rococó, los sobrepuestos y ¿coser las cremalleras?, eso ya es como decía mi amiga, a la que también obligaron a ser modista, la malhablada, la que se inventaba tacos. Es… es… la recontracojoñeta.

Y los patrones. ¡Ay! Los patrones. Habrase visto cosa más tediosa en esta vida. Lo único que me animaba era el modelo masculino a la hora de tomar medidas.

Yo no sé quién habrá inventado esto de coser, puede que no sea culpa  suya, pero si estuviera vivo o viva, le estrujaría el pescuezo como a un pollo.

Según mi madre había miles de razones para aprender a coser. Una es el placer que da hacerse uno mismo la ropa, a medida, al gusto. Le expliqué con buenos modales que yo era feliz con el pret a porter.

Otra razón que me dio: ahorrarás dinero. No me convenció, yo pienso vivir de ellos toda mi vida.

También me dijo: Tienes que ser práctica. No vas a pagar a una costurera para coser un roto o un descosido, acortar los bajos de un pantalón, poner un botón.

Le contesté que no todos servimos para hacer de todo. Además hay que compartir, hay que hacer que el dinero fluya, hay que ayudar a esas mujeres trabajadoras que se ganan la vida, con la aguja y el dedal.

¡Porque lo digo yo que soy tu madre!

¡Oh, Dios mío! Eso es lo que le acabo de decir a mi hija adolescente que se niega a aprender a coser. Cada día me parezco más a mi madre.


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