domingo, 1 de junio de 2014

Amantes de mis cuentos: Noticias a la carta






Con la escoba entre las manos barría el portal de su casa, su mirada soñadora la hacía detenerse de vez en cuando, porque esa tarde a las cinco en punto comenzaba el pregón de las Fiestas Patronales de su pueblo, dando paso a tres días con sus noches de bailes, verbenas, feria, chicos de los pueblos de alrededor y también de la capital.

Ella y sus hermanas llevaban meses preparando el acontecimiento, cose que te cose, se habían hecho un vestido para ir de estreno cada día. Tras la limpieza general que su madre les había obligado hacer, solo faltaba por terminar: el portal.

En eso vio llegar al cartero en su motocicleta y para su asombro se recostó en la entrada de la verja. Le sonrió y tal parecía que nunca se iba a decidir a hablar, cuando sacando fuerzas de flaqueza le pidió un baile para esa noche, a la vez, que le entregaba un telegrama. Ella le dijo que se buscara a otra para bailar, ella no estaba disponible. Él se despidió, todo tímido, con un “Adiós”.

Que ella recordara nunca habían recibido un telegrama, qué raro, pensó y con sumo cuidado lo abrió:

“Tío Facundo ha muerto”.

¡Qué inoportuno! ¡Es que no podía haber esperado!

Llamó a las hermanas y en cónclave porque cerraron la puerta de su habitación decidieron que el telegrama no iba a llegar hasta el lunes tras la clausura de las fiestas. Lo escondieron en lugar seguro y continuaron como si no hubiese pasado nada.

Lo que pudieron bailar, coquetear, divertirse. Por supuesto que ninguna bailó con el cartero, ¡Qué se pensaba él! ¡Teniendo como tenían tantos foráneos a su alrededor! ¡Con lo pazguato que era! Entre ellas le llamaron “El huevón”.

Llegado el lunes, con cara circunspecta, sacaron a la luz la luctuosa noticia. Su madre, al ser su hermano, decretó luto riguroso durante seis meses y los otros seis hasta completar el año, irían de medio luto.

No quedó ahí la cosa porque el padre en su inocencia leyó y volvió a leer el telegrama varias veces dándose cuenta de la fecha de llegada. Su mujer no perdió tiempo en presentarse en la Oficina de Correos y formó tal escándalo por el mal servicio postal que, investigando se comprobó que el cartero había llevado el telegrama en su alforja.

Requirieron su presencia y éste siempre tan tímido y callado, para salvar a su amada, se hizo cargo de toda la culpa, diciendo que no lo había entregado antes, por amor.

A la de la escoba, no le quedó más remedio que comprometerse en matrimonio, con el sosaina, enclenque y sombrío repartidor, que tan buen corazón demostraba tener.

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