martes, 5 de junio de 2018

Blanca de la Torre Polo: La venganza del vampiro (2ª parte)



Fue imposible esconder mi asombro; parecía totalmente sincera. Me dedicó una sonrisa dulce y triste al mismo tiempo, como la que he observado en los familiares de aquellos pacientes, que penando entre grandes dolores, exhalan el último suspiro.

—Para alguien como yo –continuó diciendo–, la muerte es una opción terriblemente apetecible. No existe el infierno, doctor Harker, solo criaturas sedientas de sangre. Sin un alma que frene nuestros actos crueles, se hace cualquier cosa para saciar el hambre.

Medité unos segundos y le pregunté qué quería de mí. «El descanso eterno», me respondió. «¿Lo hará?, ¿me liberará al fin?», siguió insistiendo. «He oído que es un hombre de palabra. Un médico entregado a su profesión».

—Por eso mismo, no lo haré. Un médico no arrebata una vida, sino que lucha por preservarla—sentencié.

—De eso, no debe preocuparse; no tendrá que violar ningún valor moral, ni código ético. Ya estoy muerta.

—Con que muerta… ¿eh? —. La miré de arriba abajo, con descaro y algo de admiración, ya que a cada minuto que pasaba, y sin ninguna explicación lógica, me atraía más—. Pues permítame que la acompañe a la morgue con mucho gusto, señorita. Después de una jornada de cadáveres con distintos grados de putrefacción, le alegrará la noche al doctor Wenworth y a unos cuantos estudiantes.

Ella se echó a reír, con ese sonido gutural y salvaje que antes me había hecho palidecer, y me gritó: «¡Quédese con ese viejo de Wenworth y sus despojos, y déjeme a mí a los estudiantes!». Vi como sacaba la lengua y se relamía, mientras unos dientes largos y blanquísimos, sobresalían de las comisuras de sus labios.

En ese momento, rememoré la voz de mi madre y tuve que aceptar la temible historia que me había relatado. Creí en criaturas sin sombra, ni reflejo; que huyen de estacas, de crucifijos, de ajos pestilentes —en eso, les doy la razón— y de la luz del día. Se mueven, hablan, razonan —pese a estar muertos—y tienen hambre; un hambre atroz de sangre caliente llena de vida, que les mantiene jóvenes e inmortales. En definitiva, creí en vampiros.

Desesperado, eché mano de un escalpelo que descansaba junto a mi instrumental y lo empuñé con fuerza.

—Nos vamos entendiendo—me dijo aquel monstruo, con un gesto de triunfo. Volvía a ser Bogdana, una señorita de adorable belleza y ademanes impecables—. No le serviría de nada. ¿No ha escuchado a su madre? Tiene que ser de madera, directo al corazón —se lo señaló— y le recomendaría que también me cercenase la cabeza.  Para mayor seguridad, debería quemarlo todo.

Me quedé pasmado, no sabía qué me impresionaba más: si sus espeluznantes instrucciones o la entereza con la que las describía.

—¿Por qué? —Fue lo único que se me ocurrió decir.

—Ya se lo he dicho, uno se cansa hasta de la inmortalidad. Además, Él lo prefiere así. No, no pregunte —me cortó de forma implacable, dejando por zanjado el interrogante que se estaba formando en mis labios sobre aquel un nuevo personaje, que entraba en escena por primera vez, y que había decidido que ella debía morir—. Eso carece de importancia ahora. ¿Me ayudará?

Lo haría, pero con una única condición: mi vena científica no podía desperdiciar una ocasión así. Debía descubrir todo sobre ella antes de…

Dijo que estaba de acuerdo y empezamos esa misma noche. Estuve examinándola, tomando apuntes. Era un ser fascinante, a excepción de esa parte salvaje y cruel que me infunde un gran temor. Ella se prestó gustosa a todas las pruebas que yo realizaba y dejé la más asombrosa para el final. Para cualquier otra persona hubieran sido su fuerza y rapidez sobrehumanas, su capacidad para levitar, o el hecho de verla metamorfosearse ante mí en girones de niebla o en algún animal nocturno. Pero, entiendan, que están frente a un galeno, por lo que cogí mi estetoscopio y lo deposité sobre su pecho. Nunca el silencio se había mostrado tan rotundo, tan sublime, tan extraordinario.

Me quedé ensimismado mirando las cimas de sus senos. Sin ningún tipo de pudor, ella se había liberado del corpiño y de su camisola interior. La lujuria traspasó mi cuerpo sin piedad y se desprendió del decoro como si fuese una camisa roída. Sentí un hambre voraz hacia aquella hembra de esencia narcótica y, como un animal salvaje, sucumbí al placer.

La sangre —cuyo origen desconocí—empezó a cubrirnos hasta tal punto que nuestros cuerpos resbalaban y empecé a lamerla.  Oí su risa atroz, y sobre la densa bruma roja que nublaba mi voluntad, creí entender que me decía:

—Serás un magnífico sucesor. Te mostraré cómo se hace.

Me volteó, sin ningún esfuerzo, agarrándome la pantorrilla con una mano y la cadera con la otra, y hundió sus dientes afilados en el interior de mi muslo —donde me pareció vislumbrar dos pequeñas laceraciones casi cicatrizadas—, sobre la vena femoral.

Sentí que se me iba la vida, y de entre todas las sensaciones que me invadían, reconocí el alivio, y me entregué a él, agradecido. Noté que me zarandeaban, que me abrían la boca y depositaban algo chorreante sobre ella.

—Aún no hemos terminado, Quin Harker. Acaba de empezar.

A medida que aquel fluido penetraba en mi garganta, sentía que iba arrasando mi humanidad allá por donde pasaba, al tiempo que algo nuevo y oscuro resurgía. Un dolor brutal atravesó todo mi ser, como si unas uñas afiladas se hundieran en mis entrañas y las arrancaran de su sitio. Debí gritar, mientras estuve consciente.

Cuando abrí los ojos, vi el antebrazo de Bogdana que descansaba sobre mi boca, con la carne abierta y desgarrada.

—Ha llegado el momento—. Depositó una estaca de madera entre mis manos, y colocándosela sobre el esternón, susurró—: Cumpla su parte; yo he cumplido la mía.

Puse todo mi peso sobre aquel mástil y… lo hice.

En ese instante, supe que había desatado algo terrible, pues una especie de pulsación recorrió todo lo que me rodeaba y, al mirar a mi alrededor, comprobé que ya no me encontraba en mi consulta, sino en el cementerio de Highgate. Todavía era de noche, pero podía ver claramente todo lo que me rodeaba, como si mirara con unos ojos que no eran los míos. Tenía las rodillas hincadas sobre una tumba y el cuerpo de Bogdana atravesado sobre ella. Sus cabellos extendidos y desordenados tapaban parte de la inscripción, que yo reconocí al instante; entre su melena y la sangre podía adivinarse claramente mi apellido.

Una ráfaga de viento me envolvió y sentí, más que oí, una voz grave, que decía con júbilo: «He aquí el nuevo conde, mi heredero».

El amanecer irrumpió, y me provocó tal aversión, que me cobijé entre las tumbas de la Avenida Egipcia donde reinaba la oscuridad. A los pocos segundos me vi rodeado por seres y alimañas que jamás había visto antes y que se postraban ante mí, diciendo: «Amo»

En ese momento advertí, que desde algún lugar, el Rey de los Vampiros se había vengado. Y yo, Quin Harker, solo y sediento de sangre, iba a ocupar su trono.

©Blanca de la Torre Polo


Adelanto del segundo episodio:

El primer día después de mi muerte me encontré con dos sorpresas.
Un insólito testamento —pensé que uno heredaba tras el fallecimiento de otro y no al revés— y una visita inesperada. La visita tenía muy mal aspecto y estaba furiosa...


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