martes, 28 de marzo de 2017

I Encuentro de Escritores y Libreros en Sigüenza (Guadalajara)

El doncel de Sigüenza
Camino de Sigüenza



Presenta: Ramón Fernández, Rosa de Mena, Marieta Alonso,
Javier Bañares y Julia de Castro
Todos nuestros libros 
Con Toti Martínez de Lezea. Gran escritora
Entre sus libros: La abadesa, La comunera, Tierra de leche y miedo,  y muchos más.
Un encanto de persona




























¡Qué gratos momentos!

¡Qué se repitan!

Un abanico: Instrumento de seducción

Abanicos japoneses

Cuenta la leyenda que el primer abanico lo arrancó Adán para Eva de un árbol del Paraíso. Este Adán no salía de un lío para entrar en otro. Lo menos que se podía imaginar, el primer hombre, es que llegaría el día en que esa pieza resultara imprescindible en el atavío de una dama, ya que a la sombra de un abanico se pueden decir muchas, muchísimas cosas.

Imaginemos que estando en una tertulia, una dama o tal vez un caballero, ya que en China lo usaban los dos sexos indistintamente, pretendieran ocultar, al resto de los asistentes, sus amores. Vano intento si en un lugar apartado está sentada una anciana viuda con espíritu de correveidile. Imposible perder detalle de lo que ocurre en el salón. Inocentemente desliza su mirada. De pronto ve que un caballero pasa el dedo índice por las varillas de su abanico y todo el mundo sabe que eso equivale a decir: “tenemos que hablar”.

Sin pérdida de tiempo la buena y discreta mujer posa sus cansados ojos en el grupo de las féminas y comprueba que una de ellas apoya los labios en el borde de su perico lo que significa “desconfianza”, otra se abanica despacio haciéndole ver su “total indiferencia”, pero hay una que se quita con el abano los cabellos de la frente, lo que hace revivir en la dulce anciana momentos felices de su antaña juventud, al comprobar que le estaba rogando al caballero que: “no la olvide”.

Uyuyuy… esto se anima, pensó la pizpireta anciana, recordando que la mujer oriental se sentía desnuda sin su abanico y como los japoneses son así, los condenados a muerte también recibían uno en el momento de salir hacia el patíbulo. Pero volvamos a pensar en cosas alegres, se aconsejó la venerable abuela.

En la Grecia clásica las sacerdotisas preservaban los alimentos sagrados agitando sobre ellos grandes paipay de plumas, costumbre que adoptaron los romanos. En la Europa medieval también se le daba un buen uso a ese útil instrumento y fueron los portugueses quienes en el siglo XV introdujeron el abanico plegable, procedente de China. 

Cuando Hernán Cortés llegó a México, Moctezuma le regaló seis abanicos de plumas con ricos varillaje y los incas del Perú eran tan aficionados a ellos que se lo ofrecían a los dioses. Hasta la reina Isabel I de Inglaterra decía a sus damas que una reina solo podía aceptar de regalo… un abanico. Catalina de Medicis y Luis XIV, ese que llamaban el rey Sol, tan cortesanos ellos, usaban este artilugio diciendo que no se podía servir al amor… sin su ayuda y concurso.

En España la reina Isabel de Farnesio dejó al morir una colección de más de mil seiscientos abanicos. Y nuestra dulce anciana, para no aburrirse en la tertulia, sintió en el alma no saber las gozosas historias que cada abanico pudiera guardar entre sus varillas y eso que en todos los libros de Historia está escrito que dicha reina consumió todo su tiempo y energías en las intrigas políticas.

Cuando Luisa Ulrica de Prusia se fue a casar con Adolfo Federico, rey de Suecia, el día antes hubo un percance, se le rompió su bello  abanico. Adolfo Federico recogió las piezas y las distribuyó entre los presentes, lo que dio lugar a la creación de la Orden del Abanico, en principio para ambos sexos, más tarde esta orden fue solamente usada por caballeros.

Hay quienes le llaman ventalle. Muchos de ellos fueron pintados a mano y reproducían cuadros famosos. Una descripción ligera distinguiría varias partes: la baraja que es el esqueleto plegable del abanico; el cuerpo o "país" que es la tela que va adherida a la baraja y que sirve para mover el aire; las varillas, tiras de madera que pueden ir caladas o pintadas. Las varillas maestras son la primera y última varilla, más gruesas que el resto; y el mango que permite manejar el instrumento. Pueden ser de marfil, hueso, concha, nácar, madera.

A la anciana se le había ido el santo al cielo recordando historias y a punto estuvo de no fijarse que una de las más bellas jóvenes se abanicaba rápidamente. Le estaba diciendo a alguien que le “amaba con intensidad”. ¿A quién? Pasó la mirada por el salón y un bello galán cerraba el abanico y se tocaba los ojos, signo inequívoco de pregunta: “¿Cuándo te puedo ver?” Y la joven sin recato alguno se cubrió la cara con el abanico abierto: “Sígueme cuando me vaya”.

Por estar tan atenta a esos jóvenes que tan bonita pareja podrían llegar a ser, casi no percibe a un caballero de mediana edad que a medio abrir el abanico lo posó sobre los labios, invitando a que “le besara” una dama que tenía enfrente. Craso error. Ella muy seria no perdió tiempo en pasar su abanico por la mejilla, haciéndole ver que era una “mujer casada”.

Entretanto la joven pareja no había perdido el tiempo, la pobre anciana lo último que pudo ver fue a la joven cerrar su abanico sobre la mano izquierda, lo que no tiene otro significado que no sea: “Me casaré contigo”. Estos van a un ritmo acelerado pensó con deleite nuestra alcahueta.    

Era un objeto tan esencial entre los chinos, que lo utilizaban en sus ceremonias. Allá por el siglo XVII el emperador chino Chun-Hi regaló a su esposa un precioso abanico fabricado en jade blanco, con mango de ámbar tallado y bajorrelieves. En cambio en Japón está unido a lo cotidiano, a lo artístico, a la ceremonia del té, por ejemplo.

La más antigua referencia documental en España aparece en la Crónica de Pedro IV de Aragón, donde entre los varios servidores del rey, se cita: "el que llevaba el abanico". También se mencionan "dos «ventall» de raso" en el inventario de bienes del príncipe de Viana y en contextos relacionados con la liturgia eclesiástica aparecen con frecuencia los «flabellum». Todas son referencias de finales del siglo XV, anteriores al comercio de la Península Ibérica con Oriente.

Los primeros maestros abaniqueros conocidos en España son del siglo XVII. Una muestra de los abanicos bordados españoles en aquel Siglo de Oro es el que aparece en “La dama del abanico”, cuadro de Velázquez pintado hacia 1635. Que nuestra metomentodo, no quiere pensar mal, pero la dama de Velázquez tiene abierto el abanico y lo muestra, lo que significa que le está diciendo a alguien: “Puedes esperarme”.
La dama del abanico.
Diego Velázquez (1635)
Colección Wallace, Londres. Reino Unido

Casi a punto de concluir el siglo XVIII, se oficializó el gremio de abaniqueros fundándose en Valencia, la Real Fábrica de Abanicos.
¡Qué manía tengo con las historias!, pensó nuestra deliciosa fisgona, al tiempo que posaba su mirada como quien no quiere ver y se topó con su amiga de la infancia, con la que iba al colegio, que ahora dice ser quince años más joven que ella, transmitiendo un mensaje: apoyaba su abano en la mejilla izquierda. Era un “no” rotundo y cruel al caballero que había dejado caer su abanico delante de ella. “Te pertenezco” susurraba aquel pericón desde el suelo en una apasionada y sumisa declaración.

¡Ay! Necesito un soplillo, un paipay, un abanillo, un aventador. Lo que sea. A mis años son demasiadas emociones. Siempre creí que ese caballero que hoy se ha puesto en evidencia, era mi eterno enamorado. ¡Qué decepción! 

Javier Bañares uno de nuestros asiduos tertulianos comenta que en Andalucía los hombres también usaban abanico, más pequeños que el de las damas, para que cupiera en el bolsillo de la chaqueta. 

Y estamos de suerte, entre nuestros asistentes tenemos a un hijo de maestro y pintor abaniquero… Mejor que nos cuente él la historia de su padre.


© Marieta Alonso Más


El oficio de mi padre







Se dice que el origen e introducción del abanico en Europa se debe a los jesuitas que vivieron en el siglo XVI en Corea. En el siglo XVII en Inglaterra comienzan a ser pintados a mano por grandes pintores. 

Su uso como herramienta de comunicación dio origen a la campiología, lenguaje basado en la orientación y forma de sujetar el abanico, llegó incluso a ser utilizado por agentes austriacas durante la primera guerra mundial.

Sin embargo, todo lo anterior para mí, se resume en la imagen que tengo cuando cada día mi padre colocaba sus pinceles sobre la pequeña mesa de madera que aún conservo, sacaba de su estuche y abría un abanico. Lo extendía con delicadeza comenzando la transformación que cada pincelada producía en la tela. El proceso era rápido y casi siempre orientado hacia el mundo de la tauromaquia, dentro del cual, mi padre era un pintor altamente apreciado.

El proveedor de los abanicos era Casa de Diego, tienda que aún hoy permanece abierta con más de un siglo de antigüedad, en la Puerta del Sol, nº 12 en Madrid, siendo en aquellos tiempos gerente don Arturo, quien siempre reconoció la calidad de los trabajos de mi padre llegando a exponer algunos de ellos en sitios tan distantes como Filipinas, Japón, Estados Unidos de América y Canadá.

Pero lo que es la vida, tantos abanicos que pasaron por mi casa y fueron pintados por mi padre y ninguno se dignó a quedarse a vivir con nosotros. Por eso cuando en la colección que dicho establecimiento tiene de los diversos pintores que trabajaron allí y veo algunos de los que fueron pintados por mi padre, me da tristeza de no poseer una o dos piezas, al menos.

Claro... que también es verdad, que aquellos años eran muy diferentes a los actuales y lo primero era sobrevivir y después abanicarse.

In memoriam, tu hijo.


Pintor: Alfredo Martos García
Pintor: Alfredo Martos García



Pintor: Alfredo Martos García



Ricardo Martos Lozano  




lunes, 27 de marzo de 2017

Selene: Aprendiendo a aceptar el fracaso.

Siempre nos dicen que seamos positivos.
Debemos sacar alguna experiencia enriquecedora de cada desilusión.
Una lección de vida.
Porque tu sueño acabará por cumplirse.
Sólo hay que perseverar.
No desanimarse. Seguir adelante.
Parece una buena filosofía.
Sin embargo, no puedo evitar preguntarme si será la correcta.


No soy de las que creen en los sueños vacíos y en la falta de trabajo.
Por eso pienso que hay que educar en la posibilidad del fracaso.
En sí tener una mente optimista no es negativo.
Lo que es peor es ser incapaces de encajar las derrotas.
No se trata de dejar atrás tus metas.
La cuestión radica en que es imposible ganar siempre.
Pues la suerte y los contactos, por desgracia, importan.

Quizás dé la sensación de que quiero quebrar ilusiones y no es lo que pretendo.
Simplemente, creo que deberíamos saber que fracasar no es el fin del mundo.
Porque, en realidad, es parte de la vida.


© Selene

domingo, 26 de marzo de 2017

Antonio Portillo Casado: El abanico





Ligeras, suaves y cálidas plumas
de las bellas aves del edén mítico,
ingrávidas y de un  color magnífico.

Haz de rayos de luna que perfumas
su linda faz divina, no presumas,
porque tu delicado tul artístico,
roza su noble corazón romántico 
en tu tenue aleteo, pues las brumas
de mi amor vuelan para enamorarla,
y nuestras almas la eternidad mece.

Desean tus adornos hechizarla,
libre ella, de mis besos se abastece,
donde las mariposas al mirarla
juegan y la primavera florece.



© Antonio Portillo Casado








Poemarios:
Nuevo poemario SINGLADURAS - 2016:  http://narradores.club/inicio/71-singladuras.html


sábado, 25 de marzo de 2017

Luis Box Pérez: Hemos leído "Muerte en Estambul" de Petros Markaris









Narrador en primera persona pero además, en tiempo real. Acompañamos al protagonista según van ocurriendo los acontecimientos, en presente y en directo.

El protagonista es un individuo conservador, machista, hombre gris en muchos aspectos, aunque un funcionario eficaz que conoce y sabe hacer su trabajo. Despectivo, irónico y escéptico. 

Creo que es un personaje muy bien trazado y muy creíble. Policía durante la dictadura y policía en la democracia, pero sin especial compromiso político en ninguno de los dos escenarios.

Sin embargo, bajo esta capa, aparece un hombre que no está muy lejos de los sentimientos, aunque sea muy contenido. Así, vemos amistad con el policía turco, admiración hacia la mujer de éste por el valor de mantener sus ideas frente a la hostilidad del medio, ternura hacia la asesina al final de la novela, cuando llega a verla, comprensión y cercanía hacia los personajes de la minoría griega que aparecen a lo largo de la investigación. Y de fondo, un gran cariño hacia su hija, muy presente en las novelas de este personaje, aunque en ésta aparece poco.

Abundando en lo de los sentimientos, y aunque en esta novela no aparece, en otras hay un personaje con el que el protagonista mantiene una relación de fraternidad y cariño sinceros. Se trata de un viejo comunista, represaliado y torturado, durante la dictadura de los coroneles. El protagonista, ya entonces policía, ayuda en un momento dado a este hombre. Después, ya en la democracia, lo encuentra y le ayuda en unos trámites burocráticos. Desde entonces, hay entre ambos una relación sincera a pesar de que ambos se contienen mucho en demostrarla.

El personaje de la esposa, "maruja" anticuada y simple, me parece, en cambio, algo exagerado aunque también resulta creíble si nos ponemos en la sociedad griega, que debe tener muchos aspectos de conservadurismo y "paletez" (con perdón). La relación que el protagonista tiene con ella no me queda clara en lo que, a significado tiene, ni estoy muy seguro de lo que aporta a la novela, o a la serie de novelas. Solamente se me ocurre que sirva para reforzar la imagen del protagonista que el autor quiere darnos. A tal individuo, tal mujer. Sin embargo, hay una relación de ambivalencia y complicidad, sin palabras, entre ambos.

Hay una gran originalidad en la figura de la asesina, como si nos invitara a pensar que el crimen es más fácil de hacer de lo que pensamos, y que el personaje del asesino típico es estereotipada. La figura de una anciana débil y enferma rompe con la imagen habitual de asesinos fríos, inteligentes, sanos y fuertes.

Está bien expresada la dicotomía entre el bien y el mal. Desde la ética de la asesina se está haciendo justicia sin maldad, crímenes que son además, entendidos por otros personajes. Algo así como si el bien y el mal fueran las dos caras de una misma moneda y que el juicio moral que se tiene, depende desde donde miraras o qué cara contemplaras.

La descripción de Estambul me parece magnífica. Muestra la ciudad turística y preciosa junto a la ciudad que no se ve, con pobreza, anquilosamiento y deterioro. Además, vamos acompañando al protagonista en sus paseos y desplazamientos, como he dicho más arriba, en tiempo real. Este presente en tiempo real me parece un recurso y una forma literaria muy originales y válidos.

Descripción crítica y amarga de lo que son las minorías y de sus papeles dolorosos y de persecución a lo largo de la historia y el éxodo que tantas veces se produce. El policía turco, en realidad alemán, y su esposa segregada por razón de sus creencias, los griegos de Estambul, por su raza o religión, los llegados a lo largo del tiempo desde las antiguas repúblicas soviéticas, armenios, kazajos, azerbaiyanos (¿se escribe así?). Una reflexión sobre el éxodo obligado para huir de la injusticia, represalia o muerte. Y todo ello con el fondo de la emigración, tan presente en la actualidad y que el autor nos señala ya varios años antes, cuando está escrita la novela.

Para terminar, me parece que toda la novela expresa una doble forma de ver o sentir , como si nada fuera verdad o mentira de forma rotunda, una diferencia entre lo que se ve desde el exterior y lo que existe en lo interior. Así, un hombre que aparenta ser frío, pero que esconde un policía brillante y eficaz; una aparente falta de resonancia emocional, pero múltiples sentimientos, más o menos escondidos; una Estambul majestuosa que esconde otra Estambul pobre; una desconfianza frente al policía turco pero que termina en amistad; una asesina meticulosa que resulta ser una anciana enferma y moribunda; una actitud machista y despreciativa con la esposa, pero que esconde una cierta comprensión y una complicidad; unos griegos aparentemente más cultos que los turcos pero que en realidad no tienen diferencia en pobreza; una Turquía aparentemente más atrasada que Grecia, pero que el protagonista va viendo las cosas, caos y pobreza, que son las mismas.

Bueno, pues todo esto y perdonadme si he sido largo.


© Luis Box Pérez




Luis Box es Doctor en Medicina, Psiquiatra, desde 1981. Colaboró con el Servicio de Endocrinología del Hospital Clínico y con el Instituto de Investigaciones Oftalmológica de la Universidad Complutense. Fundó y dirigió la Unidad de Rehabilitación para Ciegos Adultos Recientes, en Madrid, perteneciente a la ONCE. En 2015 llega la jubilación. Desde la pérdida de la visión ha estudiado y leído con grabaciones y con programas digitales de voz. Es además, un compañero estupendo en nuestro taller "Pasión por la lectura". Muchísimas gracias, Luis, por participar en este Blog. Un abrazo.

jueves, 23 de marzo de 2017

Brújulas y Espirales: Rafael Chirbes "París-Austerlitz"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas

"PARÍS-AUSTERLITZ": EL AMOR COMO SALVACIÓN O VENDAVAL ENVENENADO



París-Austerlitz

Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 153 páginas


   Con emoción y casi con temblor me acerco hoy a esta breve novela póstuma de Rafael Chirbes, fallecido el 15 de agosto de 2015, uno de los grandes narradores en español no solo de nuestros días, sino de todos los tiempos. Lo reflejan los numerosos premios con los que fue galardonado, pero mucho más, sus memorables novelas: Mimoun, La larga marcha, La caída de Madrid, Crematorio y En la orilla, entre otras. Obras, especialmente las últimas, que reflejan fielmente el presente -la vida privada de las naciones-, sin escamotear las crisis que nos atenazan. Porque Rafael Chirbes siempre hizo literatura de lo que veía, como el mismo confesaba pocas semanas antes de su fallecimiento.

   Su legado literario es París-Austerlitz, concluida dos meses antes de su muerte, y, sin embargo, fruto de un trabajo laborioso: tomado y retomado intermitentemente durante veinte años hasta tener listo su última donación a los lectores. Una novela breve, pero muy intensa, vivísima, una escritura alejada de lo concesivo, sin hurtar un solo ápice de una historia que indaga, como tema de fondo, en los intersticios de una relación afectiva homosexual, y que se aleja de lo que fue la constante de sus grandes novelas sobre la crisis, representadas por Crematorio y En la orilla.

   París-Austerlitz, más cercana por su intimismo y por su misma temática a algunas de sus primeras novelas, a sus orígenes literarios (Mimoun  y La buena letra, sobre todo), indaga como acertadamente escribe Jorge Herralde en la presentación editorial, “en las razones del corazón, tan dispares en ocasiones como irrenunciables (…), enfrentándose con valentía a la constatación de que, aunque nos pese, el amor no lo vence todo”.

   Con una trama que se centra en la relación homoerótica a finales del pasado siglo -aunque quizás no sea ese el tema de fondo-, relatada en primera persona por un joven pintor madrileño, la novela da comienzo por una analepsis no repentina: la escena final en un hospital parisino donde Michel, un maduro obrero, pareja del joven madrileño, agoniza debido a una de esas enfermedades oportunistas que acompañaban al sida, nunca nombrado directamente sino a través de metonimias como “la plaga” o “el mal”. A partir de ahí, Rafael Chirbes se sumerge en las profundidades, en los motivos reales del amor, cuando este es  trampa mortal, como posesión y cosificación del otro, y a la vez luz salvadora.

   El protagonista narrador, de familia acomodada, es pintor, y para alejarse de su padre, se desplaza a París. Allí conoce y se enamora de Michel, un obrero normando que casi le dobla en edad, robusto y vigoroso, que lo recibe en los momentos de la llegada, cuando más necesita ayuda, en su mísera vivienda y, sobre todo, en las dependencias de su corazón. Él será para los clientes del bar en el que se consumía de todo, el chico bien vestido que acompañaba al obrero borracho, que se follaba al borracho Michel.

   La novela disecciona todas las fases y etapas de esa relación amorosa y sexual, desde los inicios prometedores en los que el amor y la pasión lo tiñe todo, a pesar de las desigualdades, no tanto por razones de edad como por status económico y social, hasta las fracturas y quiebras, encuentros y desencuentros entre dos clases infinitamente alejadas. Y bucea, sobre todo, mediante un profundo análisis, en la bipolar naturaleza del amor como pasión, ardor, gozo, iluminación  que todo lo salva, y en su letalidad, en el sexo descarnado y violento. Y en su enfriamiento y caducidad. También en el amor como trampa mortal, como reflexiona el joven narrador que no soporta convertirse en víctima. Celos, turbación, refugio cálido de unos brazos fuertes, recriminaciones, sobredosis de culpa, deseos, el paso de amante a amigo, los meses felices, generosidad, exaltación, mezquindad, madejas de alcohol y sexo, posesión… se van alternando en la introspección subjetiva del narrador que recrea sus visitas a Michel en el hospital, enfermo ya terminal de sida.

   La novela deriva así mismo en flash-backs, en recuperaciones del pasado. Y en ellas el texto de Chirbes rebosa de experiencias compartidas por los dos protagonistas. Especialmente las del obrero normando, víctima de las violencias de la guerra, con una madre que duerme con el niño oliendo a sudores de otros hombres, de los cuerpos invasores alemanes. Es la brutalidad del pasado. Finalmente, imparables grietas causarán el derrumbe del  edificio y harán esfumarse los sentimientos en el joven pintor español.

   Con inmensa acuidad diseñó Rafael Chirbes esta novela circular, que se inicia y tiene un abrupto y terrible colofón que nos hiela la sangre en el hospital de Ruan, donde el amante francés agoniza. Un relato erguido con un aparente desorden temporal, y tejido en un tono introspectivo, un dechado de maestría y destreza, especialmente cuando nos transmite los cuentagotas del amor, el ruido de la carcoma sentimental, o pone delante de nuestros ojos encuentros y desencuentros, o asuntos más triviales como los lugares donde se aman, emborrachan y enfadan. Sin eufemismos, sin piedad, Chirbes describe los efectos devastadores de la enfermedad, “cuerpos condenados sin esperanza de indulto” (“… porque Michel no estaba en aquel cuerpo que respiraba ayudado de una mascarilla, y cuyos huesos y cartílagos se marcaban bajo la quebradiza funda de una piel cubierta de moratones, unos debidos a la acción de las sondas y agujas con que lo castigaban diariamente y otros frutos del cruel avance de la enfermedad” página 42). Y una sabía elección del espacio: un París que es  Vicennes, en apariencia un barrio tranquilo, ocupado por obreros acomodados, pero con no pocas bolsas de miseria. La sordidez de un París plomizo, repleto de jubilados en situación de quiebra, que se ven en apuros para pagar la calefacción, y de tipos a quienes las sombras se tragan sin que nadie los eche en falta. Un marco espacial congruente con los vaivenes de la trama.

   Una calidad de página difícilmente igualable, una prosa riquísima, rebosante de imágenes tan eficaces como refulgentes que, ajenas a cualquier compasión, hablan, por si solas del amor, “un feliz engaño al que uno se somete de buena gana” (páginas 115-116).


Francisco Martínez Bouzas



Rafael Chirbes (Foto: Ana Jiménez)

Fragmentos


“Desde que detecté las manchas hasta que me hice las pruebas, sólo volví a verlo una tarde, y aquel día procuré que no me tocara. No le ayudé a lavarse ni a cambiarse la ropa como había hecho en alguna ocasión, y apenas acerqué la mejilla a la suya para besarlo en el momento de la despedida (nada de flujos, de salivas ni contactos, pensaba, no puedo abandonarme al mal como él se abandonó, no puedo dejarme capturar, no soporto convertirme en víctima). Oía la frase que alguna vez había dicho riéndose cuando atrapaba mi polla  con la mano, o cuando la apretaba con fuerza una vez que la tenía dentro: je t’ai eu, te he capturado. Las palabras pronunciadas entre juegos adquirían ahora un siniestro aire premonitorio: el amor como trampa mortal.”


…..


“Pero la carcoma decía algo distinto. Él no aspiraba a más. Se le henchían los labios de satisfacción cuando me descubría esperándolo bajo las marquesinas de la parada del autobús, sonreía, me palmeaba la espalda y me apretaba los hombros. Daba por supuesto que contaba conmigo, que me tenía a su disposición como él lo estaba a la mía. Tenía trabajo, una habitación en la que vivir, unos cuantos discos, el aparato de televisión, sus paquetes de tabaco y sus botellas de pastis, y me tenía a mí: el mundo giraba seguro y preciso en la cueva negra de los espacios siderales. Dentro de ese presente, sólo podía incubarse en el futuro algún alien benévolo.”


…..


Je suis à toi, me dice Michel. Gime como si estuviera enfermo o drogado cuando empujo para meterme en él, y yo, también enfermo y drogado, quiero ir aún más allá, hacia un interior imposible. Es hermoso disponer libremente de un cuerpo. También da vértigo. Le pregunto si me nota dentro y dice: sí, noto que estás más dentro que nunca. Veo sus ojos que expresan a la vez deseo y entrega, y yo, allí dentro, satisfago su doble aspiración. El habitante en su casa, un eficiente empleado, un orgulloso propietario.”


…..


“Nada fue igual en el momento de la despedida. En cuanto dije que había llegado la hora de marcharme si no quería perder el último tren de regreso a París, se acabaron en seco las bromas. De improviso, en un rapidísimo movimiento, alargó los brazos, los tendió hacia mí y se me agarró al cuello con una fuerza inesperada en aquel cuerpo reseco. No me dejes aquí, gemía. Sácame. Apretaba la cara contra la mía y sus lágrimas me empapaban las mejillas y el cuello. Tengo que irme, Michel, balbuceé. Lo hablaremos más tranquilos otro día. Atrapado por los huesos de sus brazos, mojado por sus lágrimas y por sus mocos, se apoderó de mí una tremenda angustia.

No me dejes, suplicaba. Me hacía daño, me clavaba las uñas en la espalda. Voy a perder el último tren, insistí. Y, para liberarme, me vi obligado a separar con cierta violencia los dedos que me había hundido en los hombros y a tirar con fuerza de sus brazos hacia arriba.”


(Rafael Chirbes, París-Austerlitz, páginas 28, 83-84, 118-119, 151-152)

miércoles, 22 de marzo de 2017

Entrevista Radiofónica en Radio Biblioteca Morata de Tajuña


Pinchad aquí y en reproducir:

http://www.ivoox.com/2017-03-17-radio-biblioteca-audios-mp3_rf_17599906_1.html?utm_expid=113438436-34.-j5ptGSdQpiNZ-ev9csBdw.0&utm_referrer=http%3A%2F%2Fwww.ivoox.com%2FzonaPrivada_zm.html


Radio Biblioteca con Óscar Ortego en Radio Morata. 
Edición del viernes 17/03/2017

Aquí tenéis la última entrega de nuestra "biblioteca en las ondas". En esta ocasión con los siguientes contenidos:

* ENTREVISTAMOS A MARIETA ALONSO MÁS, AUTORA DE "Y... ¿POR QUÉ?"

Hablamos con Marieta a tan sólo unas horas de su visita a la Biblioteca de Morata para la presentación de su último libro. 
Nos asomamos al universo personal de una escritora vocacional que hora nos regala su "Y... ¿por qué?", un libro de relatos compuesto por quince pequeños cuentos que nos trasladarán al centro de la narrativa de esta autora hispano-cubana. ¡Gracias, Marieta Alonso!


* "EL BOSQUE DE LAS PALABRAS"
Os acercamos los detalles de esta tercera edición de una iniciativa con la que la Biblioteca Municipal quiere celebrar el Día Forestal Mundial y el Día Internacional de la Narración Oral. Será el sábado 25 de marzo.


* EN MARCHA "FOTOLECTURA 2017", hasta el 24 de abril esperamos vuestras fotos en la Biblioteca Municipal.


iComo siempre, gracias por la escucha y por la confianza! 
¡Gracias, en especial a Marieta Alonso!


Radio Biblioteca es un espacio para la promoción de la Biblioteca Morata de Tajuña y La Asociación Cultural Morateña Radio Morata. Con nuestro agradecimiento especial para Cristina Sánchez Salinas, Chule De Torres Corpa & Rafael Montemayor.

¡Gracias por ayudarnos a hacer "la biblioteca en las ondas!




Los morateños son excepcionales

Muchas gracias por la entrevista