lunes, 23 de abril de 2018

Selene: La vida


La vida nunca te prepara para afrontar algunas de las decisiones que toma sin consultarte. Cuanto más segura y tranquila te sientes, de pronto te golpea con toda su energía. A mí me pasó hace siete años, cuando perdí uno de los pilares fundamentales de mi existencia. Todo ocurrió muy deprisa y cuando me quise dar cuenta despedía al hombre que me había dado todo y más. No dejaba de llorar, de maldecir y de gritarle al viento que aquello no era justo. Que aún nos quedaban cosas por hacer juntos.

A pesar de que el dolor sigue ahí, porque los recuerdos se te clavan en lo más hondo, la vida no es solo traicionera, también es sabia. Te obliga a recordar los buenos momentos y a sentir la añoranza de una manera diferente. Ya no es la herida en carne viva que casi te destroza, es una cicatriz que a veces molesta y otra escuece como una condena. Es un sabor agridulce que se hunde en tu estómago y que aplacas con el mejor aliado que tienes a tu alcance: el tiempo.



Los libros eran su pasión y también son la mía. Aunque fueran de géneros bien diferentes sé que ese es uno de los tantos lazos que siempre nos unirán. Poder llevar su apellido es un privilegio. Que me digan lo mucho que me parezco a él, un honor. No importa el tiempo que pase, siempre estará en mi cabeza y en mi corazón.

¡Feliz día del libro, papá!


© Selene


sábado, 21 de abril de 2018

María del Carmen Aranda: Los colores que no veía la Luna


       

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verlo”
                     
Confucio (¿551 A.C?)
                                                          Pensador Chino


Buenos días le decía el Sol a la Luna, buenas noches la Luna al Sol.
                                              





Unos cuantos minutos diarios eran suficientes para saludarse.

Una mañana antes de esconderse la Luna le pregunto al Sol:

¿Cómo ves la Tierra, Sol?

Te lo pregunto porque yo la veo siempre oscura con sombras y miedos; todos permanecen en sus escondrijos en silencio y sólo algunas veces se oyen los pasos de algunos atrevidos a quienes no les importa andar en la oscuridad.

Los colores son grises y negros; algunas veces nuestra amiga la tormenta me hace ver que existen otros colores en la tierra a través de sus rayos, pero todos ellos son apagados, sin vida, un mundo donde no quisiera vivir.

He visto algunas veces destellos de color cobre que brotan de las altas montañas dicen que es el fuego y que tras la belleza que se muestra en la noche, trae la desolación y sufrimiento al día. 

Es triste que siempre lo veas así, -le dijo el Sol a la Luna.

La Tierra es divertida; la lluvia trae perlas cristalinas haciéndola florecer y otras veces en el cielo se forman bellas formas de múltiples colores; tienes el azul del mar, el verde y ocre de los campos, el rojo, violeta, amarillo de las flores y la blancura de la nieve. La vida que hay en la Tierra nos ama, yo los veo que salen y andan con la claridad, pero también en la oscuridad.

‒¡Pobre Luna! ‒recapacitó el Sol.

Estás destinada a la oscuridad y el silencio, pero no debes perder la esperanza, quizás algún un día podrás ver todo lo que te estoy contando.

Y la Luna permaneció noche tras noche observando la Tierra durante años hasta que un día vencida ya la noche y cuando menos lo esperaba la tierra se iluminó y pudo comprobar que lo que el Sol le había contado era cierto, que lo que ella veía no era en realidad lo que creía, que tras la oscuridad y el silencio había claridad y júbilo.

A partir de entonces la luna se acostaba tranquila al saber que el silencio y la aparente oscuridad de la noche sólo era el sosiego al tránsito de un nuevo día, lleno de alegría.

Así somos. Los seres humanos, viviendo bajo el mismo techo, vemos las cosas de diferentes colores, percibimos distintos sabores y olores y tenemos distintas sensaciones, cada uno de nosotros somos un Sol o una Luna, todo depende del momento en el que abres tus ojos.

© María del Carmen Aranda
Escritora / Poeta

jueves, 19 de abril de 2018

Liliana Delucchi: Lilith





"Creó, pues, Dios al hombre a su imagen;
a imagen de Dios lo creó;
varón y mujer los creó."
Génesis 2:4-25



Suscitar interés era una de las características de Lilith, por eso a  Pedro no le sorprendió que su compañero de asiento no dejara de mirarla. Esa tarde de principios de otoño, una multitud visitaba la muestra de El Bosco. La joven, sentada frente a El Jardín de las Delicias, mantenía la vista fija en la tabla de la izquierda; el movimiento de sus párpados manifestaba una búsqueda y, por el fruncimiento de sus labios, Pedro pudo entender un repentino disgusto.

Se habían conocido durante el curso del primer año de Antropología, carrera que Lilith dejó para matricularse en Sociología y más tarde en Periodismo. A Pedro le habían llamado la atención los grandes ojos oscuros de esa chica que se sentaba al final de la clase, sus preguntas inteligentes y una especie de ausencia que la mantenía alejada del resto de los alumnos.

Segunda hija de un matrimonio distante, Lilith nunca pudo competir con el amor que su madre sentía por su hermano mayor ni con la devoción de su padre por la pequeña. Solo un primo lejano era su compañero de juegos y cuando él murió a causa de unas fiebres, el jardín de la casa quedó para ella reducido a la sombra de los magnolios, donde refugiaba sus fantasías y lecturas. Con algunos novios esporádicos, cumplía con la premisa de que una joven debe relacionarse con el sexo opuesto, hasta que el aburrimiento de ella o el desinterés de los jóvenes por palabras que estaban lejos de su entendimiento, la llevaban a desistir. Con Pedro fue diferente. Se dio cuenta de que ese muchacho de pelo oscuro y ojos penetrantes, mostraba disposición a escucharla, aunque le hacía preguntas que ella era incapaz de responder.

La exigua luz que escapaba por la rendija de las vidas ajenas la había hecho observadora, como si la contemplación de lo que ocurría a los demás pudiera esclarecer sus circunstancias. Sin embargo, no era así. Cuando se acercaba a la comunión consigo misma, intensos nubarrones bloqueaban su pensamiento para relegarla, una vez más, a la soledad.

Esa tarde en el museo, Pedro concluyó, desde donde la observaba, que algo se estaba transformando en el semblante de Lilith, como si el velo que la separaba del mundo estuviese a punto de desgarrarse. Cuando el hombre que estaba al lado de la joven se levantó, Pedro ocupó su lugar.

-¿Lo ves? –le preguntó ella, sin mirarlo- En la tabla de la izquierda, la del Paraíso. Mi hermano, Adán, está sentado y la pequeña Eva se inclina ante Dios.

-Seguramente tus padres quisieron remedar tu ausencia en el cuadro llamándote Lilith, aunque mucho me temo que fuiste tú quien no quiso aparecer. Habrá que preguntarle a El Bosco.

Ella sonrió y le apretó la mano.


© Liliana Delucchi

martes, 17 de abril de 2018

Ardillas



Era el animal más astuto del bosque, pero quería ser más. Por eso pidió a Dios un talismán que le ayudara a alcanzar la sabiduría.

Dios le respondió que para ello necesitaría las lágrimas de un león, la leche de una búfala, el cuerno de un ciervo y la presencia viva de una serpiente pitón.

La ardilla, ni corta ni perezosa, se dirigió a lo más profundo del bosque, y allí contó al león que un cazador se había llevado a sus cachorros; el león lloró y la ardilla le consoló enjugándole las lágrimas con su pañuelo. Luego, hizo negocios con la búfala intercambiando leche por avellanas que había recogido en el camino. Después, esperó pacientemente a que se le cayeran los cuernos a un ciervo. Y, finalmente, con la excusa de demostrar cuán grande era una pitón, la hizo tumbarse junto a un palo, la ató y se la llevó a Dios.

Cuando Dios vio a la ardilla, le dijo: «Ya tienes el talismán. Lo llevas dentro: es tu inteligencia. Con ella has podido realizar tus posibilidades y conseguir todo lo que te he pedido. Ella te ayudará a alcanzar sabiduría. Antes no lo sabías, ahora sí. Vuelve, pues, al bosque y dale un buen uso».



Fuente: Calendario del Sagrado Corazón de Jesús

lunes, 16 de abril de 2018

Nuevo Akelarre Literario nº 31: El agua




El agua, definida en el diccionario de la Real Academia como "cuerpo formado por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, líquido, inodoro, insípido en pequeña cantidad…” Es elemento indispensable para la vida de todos los seres vivos. No solo es fuente de vida, sino que también, y a lo largo de los siglos, ha sido fuente de inspiración para poetas, dichos y refranes. 

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Disfrutad

domingo, 15 de abril de 2018

Frases de cine: «¿Me estás hablando a mí?».








Taxi Driver (1976).

Director: Martin Scorsese.

Guionista: Paul Schrader.

Reparto: Robert De Niro, Cybill Shepherd, Jodie Foster, Harvey Keitel…





La película ambientada en 1970 en la ciudad de Nueva York tras la guerra de Vietnam, se centra en un taxista e inestable excombatiente. Obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes y cuatro nominaciones al Óscar, junto con dos Premios BAFTA a la mejor actriz de reparto (Jodie Foster) y a la mejor música original (Bernard Herrmann). Fue seleccionada para su preservación en el National Film Registry.


La frase está incluida entre las diez mejores del cine norteamericano, según la AFI. Fue una improvisación, Robert De Niro recordó un concierto de Bruce Springsteen en el que preguntaba al público si le hablaban a él.      

viernes, 13 de abril de 2018

Malena Teigeiro: Una noche en el Monte Pindo

El Jardín de las Delicias. Tríptico abierto. El Bosco


"El pasado no tiene hogar allí. 
No temas desterrado lo desconocido. 
Buscamos la bóveda en un frío amanecer
o en una sangrienta puesta de sol,
 incluso ser sólo sombras."
César Antonio Molina


Con la promesa de volver rico para casarse con ella, Juan se fue a hacer las Américas. Todos los veintitrés de junio al atardecer, Amada, envuelta en su capa de paño negro, subía las escarpadas laderas del mágico monte Pindo seguida por las azules miradas de los espíritus de las mouras, bellísimas princesas que peinaban sus rubios y largos cabellos en los espejos del agua de la cascada que saltarina y gozosa, bajaba hasta el mar. Al pasar por delante de la Casa cueva da Xana, Amada bajaba la cabeza y se protegía el vientre con las manos. Apresurada, seguía su camino desoyendo las promesas de felicidad de los espíritus que allí vivían.

Al llegar a la cumbre de la Pedra Moa, rodeada por las mismas bañeras de liso granito en las que los antiguos Celtas adoraban al sol y la luna, colocaba su bola de cristal envuelta en seda, para a las doce en punto descubrirla mirando al cielo. Cuando los primeros rayos de luz de luna de la noche de San Juan caían sobre el liso vidrio, aparecía en su interior la misma imagen: agua, sol y campos de café. Amada envolvía la esfera, y ya de pie, contemplaba el horizonte, hasta allá, en donde se ve la tierra curva, y con los dedos enviaba un beso a su hombre.

Y así estuvo, año tras año, hasta que le anunciaron que su prometido había vuelto y que iba por el bosque camino de su casa. Ansiosa por estar con él, corrió a buscarlo, y entre castaños, pinos y avellanos, lo vio llegar. El hombre que andaba hacia ella, recio, cano, poderoso, nada tenía que ver con su Juan. Al encontrarse, la miró, y sin siquiera saludarla le puso las manos sobre los hombros y tanto se los apretó, que la joven sintió que podía romperse. El hombre, sin soltarla, la miraba a los ojos. Le arrancó la ropa con furia y la tiró al suelo.

Abrochándose el pantalón, sin más palabras que las de su cínica mirada, le anunció que contraerían matrimonio días después, el veinticuatro de junio. Dando media vuelta se fue, dejándola, humillada, en el suelo. Ella no pudo entender el porqué de aquella seca, bruta e insólita reacción.

La noche antes de la boda, Amada subió al monte Pindo. A las doce descubrió su bola. Estaba vacía. Contemplando el blanco cristal donde solo relucía la sombra de la luna, pasó la noche. Al amanecer, perseguida por las risas de las mouras, bajó las escarpadas piedras hasta su casa y comenzó a prepararse para la ceremonia. Toda la aldea acudió al banquete invitada por las familias de los jóvenes. El dinero a Juan no le faltaba.

Pasaron unos años sin haber conseguido darle a su esposo el hijo deseado. Una noche, después de yacer sin amor ni complacencia, le escuchó exclamar pellizcándole las mejillas hasta dejárselas rojas: Mujer, ¡para qué tanto trabajo, para qué tantas penurias, para qué tantas riquezas si no tengo a quién dejárselas! ¿Para qué me sirves?
El veintitrés de junio de su séptimo aniversario de bodas, Amada introdujo la bola de cristal en una cesta y se dirigió al monte Pindo.

Subió hasta la Pedra da Moa. Hacía frío. Buscando el calor de la piedra, tumbó su cuerpo en una de las bañeras y colocó la bola encima de su vientre. Al dar las doce, y comenzar el día veinticuatro, retiró la seda y dejó el cristal al aire de la noche. La bola se fue llenando de sombras. Poco a poco se conformó una imagen. Dentro de la esfera no era de noche ni de día. No había campos de café ni agua. Solo grises y turbias formas vegetales clavadas en piedras y arena seca, cubiertas por un cielo sin estrellas, plagado de negras nubes vacías de agua. No lucía la luz, ni del sol ni de la luna. No había simientes ni vida. La mujer dobló el cuerpo hasta tocar con la cabeza las rodillas. Apretó la bola contra su vientre seco. Lloró. Levantó el rostro hacia la luna y gimió, y gritó pidiendo ayuda.

Amanecía cuando comenzó a bajar el monte hacia el mar. Las sombras de los espíritus, las xanas que rápidas corrían a esconderse en la noche, y las caricias de las bellísimas mouras, la acompañaban. La muchacha, sacó la bola de su cesta y la arrojó delante de uno de los gigantes de piedra que defendían la tranquilidad de los espíritus. El globo de cristal, sin romperse, comenzó a rodar saltando y tropezando, entre las piedras. Enloquecida, la vio desaparecer mientras su cuerpo se bamboleaba entre las locas ráfagas del viento plenas de voces, aullidos y risas. De pronto escuchó un cántico dulce, melodioso, que la llamaba. Atraída por la voz, anduvo por senderos de hierbajos y zarzas, en donde las ropas se le quedaban presas; por pedregales, en los que se destrozaba la piel de las manos y los pies, hasta llegar a la Casa cueva da Xana. Entró.

Dos días después, con las ropas desgarradas, protegida por el arco de piedra de la cueva, Juan y los hombres que con él iban, encontraron su cuerpo exangüe.

Y nueve meses más tarde, la noche en que termina el invierno y comienza la primavera, Amada dio a luz un hermoso y pálido niño de ojos azules. Sin siquiera mirarlo, recordó su grito pidiendo ayuda en la Pedra da Moa. Recordó su bajada, entre el viento, por los pedregales del monte Pindo. Los cánticos de las Mouras que la llamaban. Recordó la noche en la Casa cueva da Xana, su ruego, su promesa de una vida por otra vida.

Al sentir sobre su frente la mano helada de la hermosa moura de rubios cabellos, lujosos vestidos y dulces ojos azules, sonrió tranquila y falleció.



© Malena Teigeiro