miércoles, 24 de mayo de 2017

Antonio Portillo Casado: Llama de amor


Reluces, llama
de amor intensa.
¿Andas o esperas?


Te aguardo quieta,
viento de abril.

Brillas cual luz
en la esperanza,
mi poesía.

Ámame, flujo
de la libertad
que me apasiona…

© Antonio Portillo Casado
Poemarios:

martes, 23 de mayo de 2017

Brújulas y Espirales: Álvaro Pombo "El temblor del héroe"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas


"EL TEMBLOR DEL HÉROE", PREMIO NADAL DE NOVELA 2012


El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas.
(AVANCE EDITORIAL)
La eficacia, diligencia y buen hacer del Departamento de Prensa y Comunicación de Ediciones Destino (quiero mencionar  especialmente  a Alba Fité Navarro y a Cristina Castillón, dos de sus responsables), me permiten tener en mis manos, a  las pocas horas de su publicación, la novela de Álvaro Pombo, El temblor del héroe, Premio Nadal de Novela 2012, seguramente el más prestigioso de los convocados en España, a pesar de su relativamente modesta dotación económica. Lo avalan otras razones y merecimientos de indudable peso: es el más antiguo de los premios literarios españoles (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores, tanto de España como de Latinoamérica,de gran categoría literaria. En la actualidad, el Premio Nadal no tiene como objetivo descubrir nuevos valores, sino premiar figuras consagradas. Y figura consagrada es a todas luces Álvaro Pombo, que une su nombre al de los ganadores de los últimos años: Fernando Marías, Ángela Vallvey, Andrés Trapiello, Antonio Soler, Pedro Zarraluki, Eduardo Lago, Felipe Benítez Reyes, Francisco Casavella, Maruja Torres, Clara Sánchez, Alicia Giménez Bartlet.
Ocasiones habrá para volver sobre El temblor del héroe, una novela  sobre la cobardía y la indiferencia, y ofrecer mi personal valoración crítica sobre la última obra literaria de un escritor que hace de la improvisación una sorpresa y un juego lingüístico y que nos ha deleitado con piezas como El héroe de las mansardas de Mansard, Donde las mujeres, La fortuna de Matilda Turpin  o Una ventana al norte. Vaya por delante, por el momento, este avance editorial sobre El temblor del héroe.
Sinopsis:
“Román es un profesor universitario jubilado al que invade la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en que fascinaba a sus alumnos despertándoles el amor por el saber y ayudándoles a alcanzar una vida más noble y más alta.

Entre sus antiguos alumnos están Elena y Eugenio, una pareja de médicos a los que todavía trata y con los que ha establecido complejas relaciones en lo intelectual y en lo sentimental.

Por otra parte, halagado por el interés hacia su persona que demuestra un joven periodista, Héctor, permite que éste entre en su vida sin sospechar que el pasado torturado del nuevo personaje le atrapará en una situación en la que es incapaz de tomar decisiones, de comprometerse con el drama al que asiste.

Con una escritura tensa, vibrante, que deslumbra tanto por los hallazgos plásticos como por la indagación filosófica,
El temblor del héroe es a la vez un acto de fe en la literatura como territorio donde plantear los grandes asuntos: la confianza y la traición, la posibilidad de arrepentimiento, la culpa, la cobardía, el valor, el sentido de la existencia” (Presentación editorial).
El autor:
Álvaro Pombo  (Santander, 1933), es miembro de la Real Academia de la Lengua. Licenciado en Filosofía y Letras (Sección Filosofía) por la Universidad de Madrid y Bachelor of Arts en Filosofía (Birkbeck College, Londres). Es uno de los maestros indiscutibles de la literatura española de nuestros días. Además de sus libros de poesía (Variaciones y Protocolos 1973-2003 que recoge toda su obra poética) y de su antología de artículos periodísticos (Alrededores), su obra narrativa toca tanto la novela como el relato. En su haber como narrador figuran títulos como El héroe de las mansardas de Mansard (Premio Herralde de Novela 1983), El metro de platino iridiado (Premio de la Crítica 1990), Aparición del eterno femenino contado por S. M. el Rey, Donde las mujeres ( Premio Nacional de Narrativa y Premio Ciudad de Barcelona 1997), La cuadratura del círculo( Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1999), El cielo raso (Premio de Novela José Manuel Lara Hernández 2001) , Una ventana al norte, Contra natura (Premio Salambó y Premio Ciudad de Barcelona 2005), La fortuna de Matilda Trurpin (Premio Planeta 2006), Aparición del eterno femenino contado por S.M. el Rey, Telepena de Celia Cecilia Villalobo, Virginia o el interior del mundo, La previa muerte del lugarteniente Aloof. Ha publicado así mismo colecciones de relatos: Relatos sobre la falta de sustancia y Cuentos reciclados.

Francisco Martínez Bouzas
Fragmentos
“Hace frío esta tarde de noviembre. Huele  a cerrado en casa de Román. A través de un ventanal sin cortinas, viene una luz de escenario expresionista. Están sentados frente a frente con una mesa entre los dos. Sobre la mesa libros y papeles y un teléfono anticuado de baquelina negra. Los papeles, los folios, escritos a mano, dan la impresión de llevar ahí mucho tiempo. Esa mesa ordenada da la impresión de usarse poco últimamente. Hay en toda la estancia un orden frío, escénico, que no invita al diálogo. Tampoco invita al descanso. Recuerda los despachos departamentales de la facultad. Y las librerías de madera recuerdan las estanterías de la biblioteca de un departamento. No hay detalles personales. Es un lugar sin clase”

…..

“Es mediodía en ese Madrid de oficinas y ejecutivos gimnásticos. Un Madrid menos desconcertado por la crisis económica. Solo las muy buenas secretarias conservan sus puestos. Nekane ha conservado el suyo de sobra. Tiene una cara larga y vasca que enmarca eficazmente un pelo negro, como la cara de un caballo incierto. El canalillo que separa sus dos grandes senos vencidos, ostenta unas perlas de sudor y el final de una bisuta cara mexicana, un lapislázuli. Diez años mayor que Elena, siempre se han querido. Se han llevado bien. Se conocieron en el Madrid posmoderno, desvencijada ya la movida casi del todo. Se entendieron bien a la primera. Nekane dijo desde el primer momento: voy a ser tu puta madre, solo que mejor. Elena contestó: si vas a ser eso, no me vendrás mal. Mi madre, pobre, fue muy insuficiente. No por su culpa, desde luego, bastante tuvo con aguantarnos a todos y a mi padre. Con ella no podía hablar de mi misma ni de casi nada. Y dijo Nekane: pues conmigo hablarás más que una cotorra. Y más que tú, todavía, hablaré yo, juntas las dos cotorras, conversaciones de mujeres. ¡Eso son los chats y no la mierda de hoy en día, digital! ¡Nosotras inventamos los chats y ahora los tíos que se empalman mal medio nos copian!”
( Álvaro Pombo, El temblor del héroe, páginas 7, 25-26)

domingo, 21 de mayo de 2017

María del Carmen Aranda: El pequeño Mourak









«Lo mejor que podemos hacer por otro no es solo compartir con él nuestras riquezas, sino mostrarle las suyas».



BENJAMIN DISRAELI (1766-1848)
Político-escritor británico







Mourak era un niño solitario que vivía con sus tíos egoístas y avaros en lo alto de una gran montaña, rodeado de oro y riquezas.

Una mañana, Mourak escuchó a sus tíos murmurar:

—El que venga a visitarnos tendrá que tener buenos caballos y eso significará que merecerán la pena, y los que no, no podrán subir jamás por esta pendiente. ¡Que se queden abajo con su suciedad, esos pobres malolientes!

Aquello le entristeció y esa misma mañana decidió seguir el curso de un pequeño riachuelo cuya agua brotaba con timidez a través de las rocas que rodeaban su gran imperio; anduvo y anduvo pendiente abajo hasta llegar al valle donde el río abrazaba al pequeño pueblo.

Tras un pequeño arbusto recio y seco, Mourak observó cómo un niño jugaba en el agua hasta el anochecer; su cuerpo brillaba tanto que parecía una estrella dorada.

De vuelta a casa, Mourak lloraba desconsoladamente ya que intentaba subir por la empinada montaña, pero resbalaba y resbalaba. «No lo lograré jamás», se decía entre lágrimas.

Al día siguiente vio a dos niños de nuevo jugando en el agua y al igual que la noche anterior, dos cuerpos dorados como estrellas salieron corriendo escondiéndose de nuevo en las pequeñas grietas que, inexplicablemente, se abrían en la montaña.

«Bueno», pensó, «algún día vendrán a buscarme. Yo no puedo subir, así que viviré aquí, entre cáñamos, espinosas zarzas y verdes árboles».

Al tercer día, tres niños dorados volvían de nuevo al río a jugar.

Repentinamente un grito en la noche le hizo a Mourak despertarse.

—¡Socorro! ¡Socorro! ¿Es que no hay ningún pobre maloliente que nos pueda ayudar y a nuestra rica casa poder de nuevo llegar? —eran sus tíos avaros y crueles que por fin habían decidido bajar a buscar a Mourak, pues ya no veían a su alrededor su apreciado oro titilar.

Todos los vecinos salieron y les dijeron:

—Lo único que tenemos y les podemos brindar es nuestra casa y nuestra amistad. La pendiente de la montaña es demasiado alta y nunca allí podríamos llegar.

—¡Oh, no! —dijeron—. ¿Aquí? ¿Quedarnos aquí? ¡Jamás!

—Yo quiero quedarme con ellos —dijo el pequeño—. Iros vosotros. Lo que arriba tenemos no es felicidad. Quiero estar con los niños dorados, saltar en el agua, pasear por el valle, jugar con los animales y a los árboles abrazar.

—¡Está bien! Tú lo has querido, serás tan maloliente como ellos y aquí toda tu vida te quedarás.

Nosotros nos vamos a nuestro reino, a lo más alto de la montaña donde ninguno de estos mugrientos pueda molestarnos jamás.

Y así lo hicieron, caminaron por extraños caminos e intentaron subir la gran pendiente, hasta que una fuerte tormenta les detuvo, dividió las tierras y se quedaron aislados, perdidos en el inmenso bosque de la alta montaña para siempre.

Dicen que en las noches de Luna llena se ven reflejadas en el río dos figuras que caminan intentando subir a lo alto de una montaña, solo poseyendo sus manos sucias y arañadas. Que cada lágrima que Mourak derramó supuso una grieta en la montaña y que eran los pequeños duendes los que deslizaban hasta el río miles de briznas de oro para iluminarle su camino.

Desde entonces, los habitantes del valle contemplan cómo grandes cascadas doradas brotan incesantes desde la alta montaña, dando a todo el que las contempla «La Eterna Felicidad».




© María del Carmen Aranda

viernes, 19 de mayo de 2017

Carolina Olivares: El gatito que buscaba cariño






En cierta ocasión, un pequeño gato callejero se topó a medianoche con un anciano. Estaba tirado en la húmeda y sucia acera de la calle. Vestía con harapos, tenía greñas y una barba canosa.

El hombre y el gatito tenían la misma condición: eran vagabundos.

Despacito y sigiloso, el animal se acercó mucho más al hombre. Por error le creyó dormido pero no: estaba despierto. Con tristeza miró al animal mientras se preguntaba para sus adentros:

-¿Cómo es que este gato se ha acercado tanto a mí si nadie osa hacerlo nunca? -De repente el minino ronroneó, y alzando la cola, empezó a rozarle la cara con el terso pelo que cubría todo su cuerpecito.

El hombre, que hacía mil años que no recibía muestras de afecto por parte de ningún ser humano y no recordaba lo agradable que resulta recibir AMOR de un ser vivo se sorprendió. El concepto que tenía de estos animales distaba mucho de lo hacía éste. Pensaba que los gatos son ariscos por naturaleza; en cambio el gatito… Era tan cariñoso.

Súbitamente el vagabundo se incorporó. El minino, asustado, echó a correr. Al ratito se paró y, dándose la vuelta se sentó en el suelo y se quedó mirándole.

-Oh, no te vayas. -Le suplicó-. Perdóname si te asuste, no fue mi intención… Vuelve, por favor. -Y tras pronunciar las palabras el gato regresó a su lado.

El vagabundo tomó al animal y, con suma delicadeza, le colocó en su regazo. El gatito que, bien por frío, bien por temor, temblaba, dejó de hacerlo. Y después de bostezar cerró los ojos y se quedó dormidito.

El corazón del anciano se colmó de alegría y felicidad. El gato y él tenían algo en común: a los dos les sobraba soledad y les faltaba amor. Y esto, precisamente, les había unido.

Aunque habían caminado por sendas distintas finalmente los caminos de sus vidas se habían cruzado. Quizá por ello se habían encontrado.

Desde entonces se hacen compañía, cuidan el uno del otro y se quieren. Y no tienen la menor intención de separarse.





© Carolina Olivares Rodríguez

miércoles, 17 de mayo de 2017

Mariana Romero-Nieva: A mi padre


Representación de Dios Padre en la creación de Adán
Miguel Ángel. Detalle de la Capilla Sixtina

Cuando contemplo tu rostro
mezcla de paz y fatiga,

cuando adivino tus manos

trenzadas y adormecidas,

cuando veo que tu cuerpo

se agostó como la espiga,
cuando presiento en tus ojos
una lágrima perdida,
cuando tus labios se cierran 
con una queja prendida,
cuando tus pasos cortados
hacen senderos de vida.


Yo te adivino a mi lado
con tu caricia tendida,

con tu temple de guitarra,

con tu sonido de lira,

con tu majestad de años 
que saben de mil fatigas,
que saben de la tristeza
y saben de la alegría.


Tus blancos cabellos miro
sobre tu frente tranquila

y en esos surcos del tiempo

duerme tu sabiduría.


Me cuentas, me hablas,
me dices esas cosas escondidas, 

esas vivencias de antaño

con tus palabras tranquilas

que suenan dulces y bellas
como mi niñez perdida.


Los años pasaron, padre,
en mi frente ya hay heridas,

esas heridas que dejan

los pesares de la vida.


Pero cuando en mi recuerdo
adivino tu sonrisa

me considero de pronto,

aquella niña chiquita,

aquella que tú besabas
y que a tus hombros subías,
aquella frágil muñeca 
que con firmeza cogías
y la alzabas hasta el cielo
mientras reía y reías.


¡Qué recuerdos tan serenos
tienen tu vida y mi vida!





Retrato de Jan Pellicorne con su hijo Gaspar
Rembrandt van Rijn. Siglo XVII




© Mariana Romero-Nieva