lunes, 16 de julio de 2018

domingo, 15 de julio de 2018

Blas de Otero: Igual que vosotros

San Pedro cura a los enfermos con su sombra.
Masaccio. 1425-1428. Capilla Brancacci




Desesperadamente busco y busco
un algo, qué sé yo qué, misterioso,
capaz de comprender esta agonía
que me hiela, no sé con qué, los ojos.

Desesperadamente, despertando
sombras que yacen, muertos que conozco,
simas de sueño, busco y busco un algo,
qué se yo dónde, si supierais cómo.

A veces, me figuro que ya siento,
qué sé yo qué, que lo alzo y lo toco,
que tiene corazón y que está vivo,
no sé en qué sangre o red, como un pez rojo.

Desesperadamente, lo retengo,
cierro el puño, apretando el aire sólo…
Desesperadamente, sigo y sigo
buscando, sin saber por qué, en lo hondo.

He levantado piedras frías, faldas tibias,
rosas, azules, de otros tonos,
y allí no había más que sombra y miedo,
no sé de qué, y un hueco silencioso.

Alcé la frente al cielo: lo miré
y me quedé, ¡Por qué, oh Dios!, dudoso:
Dudando entre quien sabe, si supiera
qué sé yo qué, de nada ya y de todo.

Desesperadamente, esa es la cosa.
Cada vez más sin causa y más absorto
qué sé yo qué, sin qué, oh Dios, buscando
lo mismo, igual, oh hombres, que vosotros.

                 Blas de Otero



viernes, 13 de julio de 2018

Malena Teigeiro: El camino de plata

Inger bajo el sol de Edvard Munch


No le gustaba sentir la suciedad de la arena en los zapatos. Agneta prefería sentarse en las rocas mientras contemplaba cómo el mar llegaba hasta ella pausado, tranquilo. Otras veces, las encrespadas olas arañaban con rabia el desespero que sentía en su interior.

Desde las peñas, de vez en cuando, dirige la mirada hacia el suelo para ver entrar y salir las olas entre los huecos de las piedras, arrastrando algas y conchas. Allí espera sentada, casi sin levantar la vista del horizonte, hasta que al caer la tarde agita la pamela de paja al viento, igual que hizo con el pañuelo de seda al despedir a Svend en el puerto. Luego, se va saltando de una piedra a otra. Lo hace despacio, sin importarle el tiempo.

Aquel día le costó mucho salir de casa. Sus padres le dijeron que persistir en su conducta le causaría una enfermedad. A la joven no le importaron ni los ruegos ni las amenazas. Sabía que la gente murmuraba, que desaprobaban su actitud, incluso que lo hacía su familia, sus amigos. A ella le daba igual que no la entendieran, le daba igual que dijeran que Svend no iba a volver. Ellos no sabían que la noche antes de embarcar, había puesto en su dormitorio jarrones con margaritas y rosas, palos de canela y vainilla en la cera de las velas y que, igual que en su noche de bodas, arropados sus cuerpos con sábanas de luna, Svend y ella se habían amado. Después, hasta que llegó la hora de partir, en sus horas de desmayo escucharon muy juntos el suave batir de las olas. Ellos tampoco sabían que esa noche Svend le juró que tornaría.

Por eso, la joven, vestida de blanco, una tarde tras otra, volvía a las rocas de verdes líquenes. Cuando decidiera regresar, Svend la encontraría como vela al viento, como el haz de luz de un faro alumbrándole el camino de vuelta

El mar estaba en calma cuando Agneta caminaba feliz hacia la playa respirando la brisa cálida. Atravesó la arena y saltó entre las peñas buscando la más alta, la más blanca, aquella que le servía de asiento. Sobre ella y con la pamela en las manos, aguardaba tranquila a que se fundiera la luz del sol con la de la noche, hasta que el firmamento se llenó de estrellas, hasta que vio aparecer una redonda y brillante luna. Ella, anhelante, la contemplaba. Poco a poco, su luz se fue volviendo blanca, tan brillante, que al elevarse por el firmamento dejó sobre el mar un camino de plata.

Sonriente, trémula, Agneta caminó por él.

© Malena Teigeiro

miércoles, 11 de julio de 2018

Socorro González-Sepúlveda Romeral: Cartas en guerra

Wikipedia/Ejército Republicano/Guerra Civil


Queridísimo Pedro:

Aunque no tengo noticias tuyas, sé que estás vivo. Lo sé porque yo sigo viviendo y no podría hacerlo sin ti. Desde que te fuiste, los días son más largos y más fríos. Estamos en abril, pero nieva y hiela como si fuera invierno. Este frío a destiempo  –dice tu madre─ es triste como la muerte de un niño.

A pesar del tiempo transcurrido, no puedo acostumbrarme a tu ausencia. Durante el día la urgencia del trabajo hace que me olvide un poco, pero por la noche, la siento como un mordisco en el centro del pecho. Tu padre maldice continuamente esta absurda guerra, tu madre reza a escondidas por ti y tu hermano, a pesar de su cojera, intenta suplir tu trabajo como puede, pero sospecho que  hubiese preferido  ir a la guerra contigo. Es muy joven y tiene la cabeza llena de fantasías.

En el pueblo la tierra está abandonada; crece la hierba donde antes crecía el trigo y la cebada. Empieza escasear el pan y la carne.  Los que quedamos mujeres, viejos, niños y el cura, que va de una parte a otra del pueblo intentando consolar, vivimos pendientes del correo y de los partes de guerra. Nos ha dejado el tío Francisco, se lo ha llevado el frío y la soledad, también ha muerto la yegua de los vecinos y el perro del pastor. Todos envían recuerdos para ti. Tu madre no para de hacer recomendaciones: que te abrigues, que reces,  que comas. Dice que la guerra la han inventado los hombres.

Recibe todo el amor de tu mujer. Teresa.

Querida Teresa:

No he podido escribir antes, ahora apenas puedo hacerlo. No, no he muerto, pero ha muerto el hombre que  conocías. Soy otro, Teresa, física y moralmente. Me han herido, he pasado hambre, frío, calamidades sin fin,  y sobre todo, he  pasado miedo, mucho miedo al principio… Luego, me he acostumbrado a esta guerra y me he endurecido para sobrevivir.

Me confieso contigo. He estado con mujeres que no se parecían a ti. He robado comida y otras muchas cosas… He matado sí, he matado, no solo en defensa propia, he matado y luego he dormido a pierna suelta. Soy otro hombre,  sin esperanza. Cuida de mis padres, no dejes que mi hermano vaya a la guerra. Si no vuelvo recuérdame como era antes.

Recibe todo el amor que aún pueda quedarme. 

Tu marido, Pedro.
                               
                                       © Socorro González- Sepúlveda Romeral

lunes, 9 de julio de 2018

La cocina a mi alcance: El rico pan







Cuando el hombre deja de ser nómada para ser sedentario surge uno de los primeros alimentos elaborados de la historia de la alimentación.

Se cree que en alguna parte de Sumeria o en el sur de Mesopotamia hacia el 6000 a.C., alguien empezó a elaborar pan tal y como lo conocemos hoy en día. Lo enseñaron a los egipcios y estos a los griegos. Ateneo de Náucratis, escritor del siglo II, menciona casi 72 formas distintas de hacer pan. Aristófanes, Antifanes y Platón mencionan a un panadero denominado Theanos, lo que indica la importancia de esta profesión. Los romanos hasta el siglo VIII o VII a.C. no mostraron interés por la elaboración del pan. Es a partir del siglo VI, en la Edad Media europea, cuando se crea en las grandes ciudades la profesión de panadero. Ha sido el dios de la mesa. Tanto que en la Guerra de Secesión norteamericana Abraham Lincoln dijo: «Pan significa victoria».

Hoy su consumo está a la baja. Y es una lástima pues en aquellos pueblos donde abunda la dieta de cereales, el índice de enfermedades cardiovasculares disminuye. Según los médicos, el momento del día especialmente aconsejado para consumir pan es el desayuno. 

Leyenda del Pan

Hace muchos, muchos años, dos pueblos vecinos tuvieron diferencias irreconciliables, tanto que si uno plantaba trigo, el otro papas; si uno tocaba la guitarra, el otro la flauta. En uno el pan era duro, en el otro blando. Y como suele ocurrir el hijo del panadero de uno de los pueblos se enamoró de la hija del panadero del otro. Y era tan grande su amor que los padres aceptaron que se casaran con la condición de que se fueran a vivir a otro pueblo. Allí pusieron una panadería y para que fuera distinto al pan de sus progenitores comenzaron hacer pruebas, hasta que consiguieron dorar la corteza y mantener blandito el interior del pan.

Y así se consiguió el pan que hoy nosotros conocemos y que la receta es así:

Ingredientes

500 gramos de harina de trigo.
10 gramos de levadura
300 cc. de agua tibia
10 gramos de sal

Elaboración

Mezclar la levadura con el agua y dejarla reposar durante diez minutos. Mezclar la harina con la sal. Abrir un agujero en el centro de la harina e ir derramando sobre ella el agua y la levadura.

Trabajar con los dedos en sentido circular. Amasa un minuto, deja reposar otro y repite la operación seis veces.  Cuando la masa tenga una textura blanda y no se pegue a las manos… ya está.

Espolvorea un poco de harina en una superficie plana estira y dobla la masa, estira y dobla la masa durante unos quince minutos.

Haz una bola con la masa. En un recipiente untado con un poco de aceite de oliva introduce la bola. Tapa con papel film y deja reposar durante una hora. Se duplicará el tamaño de la bola.

Vuelve a amasar en sentido circular. Da la forma que desees y ponla a fermentar durante cincuenta minutos. Cúbrela con un paño limpio.
Precaliente el horno a 250 grados. Introduce la masa. Deja hornear unos 20 minutos. Baja la temperatura a 200 grados y hornea 15 minutos más.


Déjalo enfriar y lo puedes consumir, preferiblemente, al día siguiente. Te puede durar hasta 8 días. Y se sabe que el pan está hecho si al golpearlo suena a hueco. Y no te preocupes si a la primera no sale a tu gusto.  



sábado, 7 de julio de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Historias y Leyendas de las Iglesias de Madrid - San Nicolás de los Servitas

San Nicolás de los Servitas
Vista desde el ángulo suroeste

 Decíase en aquel aún pequeño Madrid del siglo XV que, entre iglesias y conventos, casi un centenar se contaban. Campanarios, torrecillas y cúpulas se erguían deseosas de alcanzar el azul del cielo. 

Muchas han desaparecido, bastantes, afortunadamente, se conservan, otras se levantaron más tarde, todas tienen su historia, algunas, entrañables leyendas, patronos y santos de profunda devoción. 

Queremos acercarnos a ellas y conocerlas y hoy empezamos con una de las más antiguas.

SAN NICOLÁS DE LOS SERVITAS

Edificada en el siglo XII, en el que fue Madrid árabe, dentro de la muralla, un barrio en el  que mudéjares y cristianos viejos habitaban, vivían, amigablemente.

Como ya en el siglo XVII, la iglesia se hundía, se consolida la hermosa torre mudéjar, (aún se conserva gran parte inferior), añadiendo un clásico chapitel. Tras diversas vicisitudes, en 1825, es adquirida por la Venerable Orden Tercera de Siervos de María, y se renueva culto y devoción, principalmente a Nuestra Señora de los Dolores, preciosa imagen con el pecho traspasado por siete espadas simbólicas, a San Pelegrín Laciosi, monje servita, modelo de santidad y, que yo sepa, único protector de la enfermedad del cáncer. 

Pero, sin duda, su imagen más conocida y devota es San Antonio, el Guindero, protagonista de preciosa leyenda:


San Antonio de Padua
Pintor: Antonio de Pereda


Subía por la Cuesta de la Vega un sudoroso hortelano sobre su asno, cargado además con dos grandes serones rebosantes de rojas y lustrosas guindas que pensaba vender en el Mercado de la Cebada, aliviando así su penuria económica. Como tenía prisa, pinchaba y azotaba al animal  que, quizá agotado, salta, cocea y arroja al suelo amo y carga, que ruedan por el polvoriento camino. Al ver el desastre, el pobre hombre, llora amargamente y clama pidiendo ayuda a San Antonio, del que era muy devoto. 

Un fraile joven y sonriente se acerca y le pregunta la causa del llanto, el hortelano contesta: “no lo ves, toda mi cosecha del año, sucia y polvorienta y yo sin venta y sin el dinero que tanto necesito”. El fraile, animoso y diligente, comienza a recoger las guindas y echarlas en el serón, ante el enorme asombro del hombre que no comprende cómo pueden estar tan frescas como recién cortadas y, agradecido le ofrece un gran puñado, pero, el fraile le dice, que se las lleve cuando regrese a la cercana iglesia de San Nicolás, donde él estaría.

Cuando feliz, con los dineros en el bolsillo y una gran bolsa de guindas, el hortelano acude a la iglesia, la encuentra vacía, decide esperar rezando, entra en una capilla, y se queda paralizado porque en el centro del altar está la imagen de San Antonio, ¡el mismo sonriente fraile que le había ayudado! Impresionado, corre por la calle Mayor, gritando, proclamando el milagro, que se extiende rápidamente por Madrid, así como la devoción por el santo, llamado desde entonces San Antonio, el Guindero, y se forma una Cofradía que, años después, junto con la imagen, pasará a la iglesia de Santa Cruz, donde aún se venera.



© Mª Isabel Martínez Cemillán