martes, 21 de febrero de 2017

María del Carmen Aranda: Martina y Calisto







Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar
que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si
lo que quiero decirte es que te amo?».

FERNANDO PESSOA (1888-1935)
Poeta portugués






MARTINA Y CALISTO


Dicen que cada uno de nosotros tiene en algún lugar del mundo su otro medio yo, y que tiene que buscarlo para que no sufra su otro medio corazón.

Esta es una bella historia de Martina y Calisto, dos almas puras y llenas de amor que en su camino se encontraron y allí, donde quieran que vayan, siempre, unidos los dos.

Pasaban las horas y donde antes se oían las risas y charlas animadas ahora sólo se oía el tic-tac de las agujas de un viejo y sabio reloj.

—¿Dónde estás? ¿Por qué no te encuentro? —gritaba Calisto.

Y ella, con voz apagada y casi sin aliento, desde la lejanía de no más de cinco metros, le contestaba:

—Ya voy, Calisto, espera, amor mío, que ya voy a tu encuentro.

Martina iba despacio, no podía correr; apoyada por un bastón de madera, iba silenciosa arrastrando su delicado e hinchado cuerpo sostenido por sus desgastados y dolorosos pies. Sus ojos envueltos por los surcos de una vida ya vivida se mantenían puros e inmaculados, manteniendo en ellos su sempiterno amor por Calisto, recelosamente durante años custodiado en su corazón. Y allí permanecían, solos los dos, ella y él en aquella vieja casa que un día, nido de amor fue.

—Pero…¿dónde estás?—musitaba Calisto, transido de dolor—. Martina, Martina, ven…Ven a mi encuentro, ven, por favor.

Y ella, a duras penas continuaba pasito a pasito arrastrando sus pies, deseosa, nerviosa por encontrarse de nuevo con él.

—Extiende tus brazos Calisto, que ya llego.

Sus cuerpos titilantes se abrazaron pero sus ojos ya no podían ver, y así un día tras otro hasta que una noche de Luna cerrada su beldad quedó por siempre impresa en su piel.

—Buenas noches, Martina.

—Hasta mañana, Calisto.

El día ya había pasado quedándose dormido un nuevo amanecer.




© María del Carmen Aranda




María del Carmen Aranda
Escritora
Embajadora Universal de la Paz en España del Círculo de Embajadores con sede en Ginebra-Suiza; París-Francia



domingo, 19 de febrero de 2017

Alejandro Casona: Flor de Leyendas: Dioses y Gigantes

Thor en la batalla contra los gigantes
Martem Eskil Winge, 1872




Los Dioses y los Gigantes son los protagonistas de las antiguas leyendas escandinavas.
De los huesos de los gigantes se hicieron las montañas del mundo.
Y los dioses formaron sobre él, el alma de los hombres.
He aquí una aventura simbólica de los gigantes y dioses del norte,
contada por el gran escritor inglés Tomás Carlyle en su libro “Los Héroes”.







Leyenda escandinava.

Thor, el dios del trueno, tiene una fuer­za colosal, y maneja una formidable maza, a cuyos golpes hace saltar las mon­tañas. Tialfi, su escudero, es el dios del trabajo. Y Loke, su fiel amigo, es el alegre dios de las llamas.

Un día los tres dioses amigos salieron juntos en busca de aventuras, y se encaminaron hacia Utgard, patria de los gi­gantes, que apacientan como rebaños las montañas de hielo.

Llegaron al fin, después de muchas jornadas, y vagaron largo tiempo por inmen­sas llanuras y por incultos lugares desier­tos, atravesando montes y derribando peñascos, sin encontrar señal de vida en todo el país.

Al oscurecer divisaron una casa seme­jante a una gran caverna, y como la puer­ta, que era todo lo ancho de una fachada, estaba abierta, metiéronse dentro y halla­ron un gran salón completamente desman­telado y desierto. Cobijáronse allí para dormir; pero al cabo de un rato, y cuan­do más profundo era el silencio de la no­che, despertaron sobresaltados oyendo unos extraños ruidos que hacían retumbar los muros.

Thor se levantó de un salto, y enarbolan­do su formidable maza, se plantó, dispuesto a descargarla, tras el umbral de la puer­ta. Loke y Tialfi, presas de terror, co­rrieron a esconderse en un rincón de la des­tartalada estancia.

Pero Thor no tuvo necesidad de entrar en pelea, porque, a la mañana siguiente, se descubrió que los ruidos extraños de la pasada noche no eran sino los ronquidos de un gigante enorme, aunque pacífico: el gi­gante Skrimir, que dormía allí mismo. Lo que habían tornado por una caverna no era más que el guante del gigante, tendido en el suelo a su lado; la puerta descomunal era el hueco de la muñeca, y el rincón don­de los compañeros de Thor se refugiaron, el dedo pulgar.

Skrimir les saludó con una gran sonri­sa al verles, y siguió el viaje con ellos, sirviéndoles de guía y llevando su equipaje. Pero Thor no se fiaba mucho de tan temi­ble compañero, y determinó acabar con él por la noche, cuando se entregara al sueño.

En efecto, aquella noche, en cuanto el gigante comenzó a roncar, Thor levantó su maza y descargó tan tremendo golpe en el rostro de Skrimir, que hubiera partido una montaña. Pero el gigante apenas si salió de su sueño para frotarse la mejilla, di­ciendo: “¿Ha caído alguna hoja?”

En cuanto volvió a quedarse dormido, Thor descargó sobre su cabeza otro golpe aún más fuerte que el anterior, y el gi­gante, entreabriendo los ojos de nuevo, vol­vió a preguntar: “¿Ha caído algún grano de arena?”

A la tercera vez, Thor empuñó su maza con las dos manos, y volteándola en el aire para tomar impulso, descargó un golpe tal, que hizo retumbar la tierra. Esta vez pareció dejar huella en el rostro de Skrimir, el cual cesó de roncar, exclamando: “¿Hay gorriones en este árbol? ¿Qué me han ti­rado a la cara?”

Al día siguiente prosiguieron su camino, y por la puerta de Utgard, que se pierde entre las nubes, entraron con Skrimir en el jardín de los gigantes, los cuales admitieron a Thor y a sus compañeros a pre­senciar los juegos que estaban celebrando, invitándoles a tomar parte en ellos.

A Thor le presentaron un enorme cuerno, lleno de cerveza para que bebiese, advirtiéndole que entre ellos era costumbre vaciarlo de un solo sorbo. Por tres veces intentó Thor, valientemente, realizar la empresa; pero sólo consiguió hacerle dis­minuir dos dedos.

—Eres una pobre y débil criatura —le dijeron los gigantes compasivamente—. Ni siquiera serías capaz de levantar ese gato que ves ahí.

A pesar de su fuerza sobrenatural, y por pequeña que pareciera la hazaña, Thor apenas si pudo alzar un poco el espinazo del animal, y a duras penas consiguió levantarle una pata.

—¡Bah! ¿Y tú crees ser un héroe? —le dijeron riendo a coro las gentes de Utgard—. Mira, ahí tienes a una pobre vieja que está dispuesta a luchar contigo.

Rojo de rabia, Thor se abalanzó sobre la vieja; las venas de sus brazos se hinchaban hasta estallar, y rugía como un león. Pero por más esfuerzos que hizo no fue capaz de derribarla.

Al salir de Utgard, Skrimir les acompañó cortésmente un buen trecho. Thor y sus compañeros no se atrevían a levantar la cabeza, llenos de vergüenza. Entonces el gi­gante dijo, dirigiéndose a Thor:

—Al fin has quedado vencido. Pero no te avergüence tu derrota, porque todo ha sido ilusión de tus sentidos. El cuerno que probaste a agotar de un sorbo era el mismo mar, y, sin embargo, lograste hacerle menguar; pero, ¿quién podría beber lo in­sondable? El gato que probaste a levantar del suelo era la Gran Serpiente del Mundo, la cual, con la cola en la boca, ciñe y con­serva la creación entera; si la hubieras de­rribado, todo se hubiera desplomado en confusión y ruinas. Y, por último, la vieja con quien luchaste era el Tiempo, la Eter­nidad; ¿quién sería capaz de vencer al Tiempo? Ni los hombres, ni los gigantes, ni los dioses. ¡El Tiempo es más fuerte que todos! En cuanto a los tres golpes de tu maza..., mira esos tres valles. Los han abierto tus tres martillazos.

Dicho esto, el gigante se despidió de ellos y se volvió a su patria. Y Thor y sus com­pañeros regresaron al palacio de los dio­ses, sin hablar una palabra, pensando en su misteriosa aventura.








Alejandro Casona (1903-1965)

En 1932 publicó Flor de leyendas, colección de leyendas clásicas y medievales, que le valió el Premio Nacional de Literatura. 










Nuestro colaborador Justo S. Alarcón, Profesor Emérito de la Universidad Estatal de Arizona (USA), nos invita a leer a Alejandro Casona, autor de gran ingenio y humor que mezcló sabiamente fantasía y realidad. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Antonio Portillo Casado: De mi habanera



Catedral de La Habana. Cuba




Intenso azul libre…

Plateado mar andaluz,

desde Cádiz a la Habana.

Brillante mar Caribe,

desde Cuba a España.


Luminoso Caribe,

de rutinarias singladuras compañero,

de anhelantes idas

y amargos regresos.


Resplandeciente Caribe,

cuéntame de la Habana,

tú que su hermosa bahía bañas

y sus sedosos cabellos,

la dorada brisa ondula.


De los hondos suspiros

que por la Habana pasean, háblame.

De la hermosura de mi habanera,

quieto y sosegado, susúrrame.

Cuéntame de mi reina de Cuba,

de mi diosa criolla, de mi María,

toda sentimiento, amor y alegría.


De ella, serenamente, dime,

cuando frente a ti

se asoma al atardecer,

para en tu confín,

en tu azul, la mirada perder,

susurrando mi nombre

a delfines, caracolas y olas,

esperando las blancas velas

de mi bajel aparecer.


De mi María, háblame,

de mi linda y tierna guajira,

de cuando dulcemente

sus cálidos labios, los míos acariciaban,

mientras nuestras almas

a la luz de la antillana luna, se besaban.


Háblame de…

cuando la agradable brisa,

nuestros enamorados corazones

mecía, entre abanicadas palmeras,

ondulantes maizales

y blancas y finas arenas,

en aquellos deslumbrantes días

bajo el anaranjado sol cubano.


Deléitame, Caribe hermano,

con sus acrisolados recuerdos

en esta prisión peninsular,

donde llora mi corazón.


Recuerdo que…

por las claras calles,

mi María, danzando iba,

con sus oscuros cabellos

que las más bellas orquídeas,

querían iluminar.


Relucían sus sabrosos labios

más que las estrellas.

Cuéntame, Caribe,

de mi caribeña,

de mi antillana,

de mi cubana,

de mi habanera,

que asaetó mi corazón

una verde mañana,

en aquella azul cantina,

donde amorosas canciones

escuchábamos entre ricos ritmos   
de guitarras, güiros y bongós.


Cómo me seducía su sonrisa,

mientras su elegante cuerpo

contoneaba al danzar,

por las adoquinadas calles

de mi Habana hacia la bahía

desde la catedral.


¡Oh!, mi sublime criolla,

¡oh, mi morena  angelical,

mi Flor de Mariposa, mi perla ducal,

asómate a este espejo

que nos separa,

que tu reflejo

quiero contemplar,

en este mar de Cádiz,

reina del Caribe,

bajo esta  azul inmensidad.





© Antonio Portillo Casado








 



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