Ayer, el tío Joaquín y la tía Cecilia cumplieron sesenta años
de casados, sus bodas de diamante. Como era martes dejaron la celebración para
el domingo y ella pudo asistir a su cita con el dentista.
Por lo visto se le estaba desgastando la dentadura, chirriaba
los dientes de noche, apretaba la mandíbula y el dentista le recomendó una
férula dental. Tuvo la suerte que en la consulta tenía una que le iba al pelo,
perdón a la boca y a un precio muy asequible. El único problema era el color
rojo cereza madura. Las transparentes costaban mucho más, sí, y total ella solo
la tenía que utilizar en la noche. Tan acomodaticia como siempre, la tía
Cecilia, aceptó.
Cenaron, vieron un rato la televisión, y llegó la hora de
irse a dormir. Esa noche, la luna llena incidía en el espejo del dormitorio
mostrando luces y sombras. La tía Cecilia, como siempre, se lavó los dientes,
se embadurnó de cremas, se colocó los bigudíes, estrenó el nuevo artefacto
bucal, comprobó que luces, puertas y ventanas estaban como debían estar y se
acostó. El tío Joaquín, se acurrucó a su lado y le dijo algo al oído, ella se
dio la vuelta riendo.
¡Ayyyyyy!
El grito del marido se oyó a dos kilómetros de
distancia. Fue lo último que dijo e hizo el pobre hombre que nunca había estado
enfermo.
© Marieta Alonso Más

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