lunes, 15 de diciembre de 2014

Herminio Almendros: El amor de los volcanes


Leyendas mexicanas.

Ixtaccíhuatl: Mujer blanca dormida
Volcán inactivo
Popocatépetl: El cerro que humea
Volcán activo
















Grande era el poder del emperador de los aztecas; grande era y llena de riquezas la ciudad de Tenochtitlán, capital soberana de la ancha tierra de Anáhuac. Otras tribus y otras ciudades habían crecido aquí y allá, sembradas entre bosques, y los pequeños caciques y los grandes caciques poderosos eran servidores del emperador azteca y pagaban tributos con que engrandecer la magnífica Tenochtitlán, ciudad imperial.

Grande era y rico el imperio de la ancha tierra de Anáhuac, pero no todos los pueblos eran felices. Mucho oro y muchos hombres para los altares de los sacrificios había que llevar a Tenochtitlán, la poderosa. Cansados estaban los pueblos de aquella sumisión de esclavos, y los caciques mordían y callaban su protesta, temerosos del castigo del violento emperador, señor de todos.

Pero la voluntad del cielo así lo había preparado, y lo que tuvo que pasar, pasó.

El gran cacique del reino de Tlaxcala lo leyó en la luz de las estrellas, y desde aquel día dijo su voluntad a los demás señores y caciques de todos los reinos y todas las tribus:

- Mi pueblo seguirá el camino que nos dice a todos la voluntad de arriba. Unámonos para librarnos de esta esclavitud. No más oro ni vidas jóvenes para los altares de los aztecas…

Pero el miedo detuvo a los demás y el valeroso cacique rebelde quedó solo con su pueblo, y la guerra empezó entre los indomables hombres de Tlaxcala y los bravos aztecas, a los que se les unieron otros siete reinos.

Escrita estaba allá, en los dibujos de las estrellas, la lucha del cacique valeroso, pero algún mago sacerdote alcanzó también a leer la gran aventura que había de suceder. Pudo leer y comprender, pero no lo dijo.

Una hija tenía el cacique, señor y rey de Tlaxcala, dorada como los granos maduros del maíz y bella y luminosa como un amanecer.

Todos los ojos miraban con amor a la bella princesa Ixtaccíhuatl, pero el más valiente de los guerreros tenía en ella prendidos los ojos y el corazón.

Cuando los guerreros de Tlaxcala salieron a reñir combate con los siete reinos que se habían unido a los aztecas, se encomendó el mando al más fuerte y audaz de los capitanes, al valiente Popocatépetl, el del amor callado por la princesa. Y el indomable caudillo solo una merced pidió:

-         Señor, si vuelvo vencedor, concederme por esposa a Ixtaccíhuatl, a quien adoro en silencio.

Y el gran cacique prometió. Y la promesa fue: un gran festín por su triunfo y la esposa bella como el sol.

Al frente de sus guerreros va Popocatépetl invencible. Lo lleva la bella esperanza del corazón. Atraviesa las selvas, salta las montañas, cruza los torrentes y los lagos, lucha contra cientos y cientos de soldados, lucha y vence, y combate sin tregua, invencible de ilusión, y después de cien combates es ya el hombre victorioso…

Ha luchado Popocatépetl, el más grande guerrero, y ha vencido. Torna ahora empenachado con plumas de águila a buscar el premio con que tanto soñó. Y en las calles de su ciudad encuentra música y gozos de victoria, pero en el gran palacio del rey hay un silencio que le hiela el corazón.

El señor de Tlaxcala ha salido a su encuentro con paso silencioso y mirada de llanto. Y le ha hecho andar con él, de la mano por galerías sombrías, hasta llegar a una cripta labrada en la roca. Allí ha visto envuelta en blancos velos de muerte a la princesa Ixtaccíhuatl.

Y el viejo rey ha dicho con voz ahogada de suspiros:

-         Te la guardé, hijo mío, pero te la quitó la muerte.

El caudillo que venció a seis reyes e hizo pactar a los aztecas, ahora no habla; siente el fracaso de sus victorias, que su dios implacable ha despreciado; siente el fuerte latido de su sangre; quiebra entre sus manos el haz de flechas; llama a las sombras de sus antepasados; levanta su voz contra el cielo que le dio el triunfo, pero le arrebató el amor…

Y en la noche, va y viene el héroe como alucinado, y a la luz de la luna parece que ha crecido como un gigante.

Va, ordena, grita, convoca a mil guerreros, y todos parten, como gigantes a la luz de la luna, y atraviesan los bosques, y levantan la tierra y remueven y juntan los montes en una escalera gigantesca, y amontonan las rocas altas contra las estrellas.

Entonces toma en sus brazos Popocatépetl a la mujer amada, salta con ella los escalones de montañas, y va a depositarla allá en las cumbres, tendida y blanca de luz de luna. Y junto a ella se arrodilla el guerrero, alumbrando con su antorcha el sueño blanco de la más bella princesa india.

Así aparecen Ixtaccíhuatl y Popocatépetl, los dos amantes de leyenda; las dos montañas que perfilan sus cumbres de nieves bajo el cielo de Anáhuac, como una hermosa estampa de amor eterno.




Nuestro colaborador Justo S. Alarcón, Profesor Emérito de la Universidad Estatal de Arizona (USA),  nos invita a leer "El amor de los volcanes" de Herminio Almendros, que nació en Almansa, Albacete (España) en 1898 y murió en La Habana, (Cuba), en 1974. 

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