sábado, 2 de octubre de 2021

Amantes de mis cuentos: Parlotear en la lengua de Molière

 



Yo, L’Étoile de mi madre, que pasaba de mano en mano para que las dos pudiésemos sobrevivir, tuve la suerte de toparme, literalmente, pues fue un buen cabezazo, en una noche de tempête con el amor de mi vida.

¡Démons! Se le oyó decir, alors que se tocaba con delicadeza el chichón que ya le iba asomando, en su voir.

No fue culpa mía, excusez-moi. Y le besaba la sien para que le doliera menos, mientras le recitaba aquello que me enseñó mi madre: Sana, sanita culito de rana, si no se cura hoy, se curará mañana.

En aquel entonces yo era una pobre e indefensa joven nacida en L’Espagne, que se fue a trabajar a la Bretagne française, justo en Saint-Malo. Corrían aquellos años de 1534 cuando Jacques Cartier regresó de un viaje en el que exploró el golfo de San Lorenzo.  

Me invitó a entrar en una taberna y allí entre copas de vino y trozos de fromage me contó que también había estado en un territorio desconocido que él llamó, Canadá. Yo no tengo el don de lenguas como él, que hablaba el portugués a la perfección, pero sí sé écouter con atención, y fui una esponja aprendiendo de sus labios. Llegó la madrugada contándome sus vivencias. Era la première fois que hablaba largo y tendido con una mujer, afirmó. Y nos fuimos enamorando segundo a segundo.

No me explico esa pasión que sentía por mí, él un hombre tan culto, uno de los mejores navegateurs de aquellos tiempos, en que había que ser courageux para enfrentarse a lo desconocido y yo sin hablar un francés coherente, ni un español ilustrado. En lo único en que estaba doctorada era en la asignatura de hacer sentir y dar felicidad a quien se dignaba estar conmigo, a cambio de un precio asequible.

Alquiló una casa y allá que nos fuimos mi madre y yo. Me sacó de las peligrosas calles, me quería solo para él. Nunca tuve enfants, tampoco él con su mujer. Otra de mis habilidades era dibujar de maravilla y siguiendo sus instructions hacía mapas y pintaba amerindios.

Estaba casado con Marie-Catherine des Granches, que mejoró su condición social. Y se llevaban bien, guardando las apariencias. Nunca se separó de ella, ni de mí. Para él yo era la mujer más generosa de la creación y todo porque le enviaba a su casa cuando estaba borracho perdu, era el único momento en que le decía palabras de amor a su mujer. A mí me las susurraba sobrio.  

Claro que con ella estuvo casado trente-sept ans, y conmigo, solo estuvo vingt-deux. Me ganó por goleada.

 


© Marieta Alonso Más


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