Todos los domingos las hermanas de mi madre me
llevaban a misa. Araceli, la mayor, experimentaba una gran devoción por Mateo,
Amalia amaba a Marcos, Rosalía adoraba a Lucas y, Gertrudis, sentía una pasión desmedida
por Juan. Y las cuatro pretendían que yo me decidiera por alguno de ellos.
Un día, Araceli despertó con un feroz dolor de
cabeza y la sensación de haber recibido en sueños una notificación divina de
estar viviendo sus últimos atardeceres.
—¡Auxilio! —gritó— ¡No me puedo morir!
Era verdad. No se podía morir. Teníamos
programado desde hacía diez años un viaje a Salerno, para visitar los restos
del apóstol Mateo, discípulo de Jesús. Yo iba a ir con ella si mi madre, por
fin, accedía a financiar esas vacaciones. A mí Mateo no me gustaba mucho, tenía
barba y era muy viejo, pero con tal de ir al extranjero...
Como dormía en su misma habitación salté de la
cama, segundos antes de que apareciera Amalia que pretendió tranquilizarla.
Hablaría con Marcos, discípulo de Pedro, cuyo símbolo es un león. Y ¿quién no
teme a un león? La muerte se lo pensaría antes de enfrentarse al rey de la
selva, le susurraba.
Detrás, se presentó Rosalía con una estampa de
Lucas, el discípulo de Pablo, el que aparece con un toro. Teniendo a esos dos
animales de nuestra parte, replicó altanera, no habría ningún problema:
—Araceli, hazme caso, reza a Lucas.
Mientras tanto llegó Gertrudis con un libro,
la pluma y un águila, su mascota desde hacía años. Explicó con la mayor
tranquilidad del mundo que a quien debía dirigirse era a Juan, apóstol de
Jesús.
—¡Era tan dulce! —exclamó mirando hacia el
techo—. Además, las águilas poseen una vista penetrante, comparable con el Ojo
que todo lo ve. ¡Fíjate cómo nos mira! —Exclamó acercando el águila a su pobre
hermana—. Creo que quiere decir que no debemos preocuparnos.
—A ése, tía Araceli, a ése, rézale a ése. Es
el que más me gusta. Guapo y poético como mi profesor de literatura.
© Marieta Alonso Más
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