Era una mañana nubosa, de
esas que amenazan tormenta. Me sentía triste, con ganas de llorar. El camino
solitario daba esa sensación de libertad que a veces se necesita para que las
ataduras no aprieten tanto.
A lo lejos, una mujer venía
andando despacio, apoyada en su bastón, atenta a todo lo que la rodeaba: los
colores del cielo, la hierba rala, verde, los árboles frondosos, las estacas,
algunas inclinadas como si se fueran a caer. Oyó mis pasos, miró de frente con
extrañeza. No me conocía. Fue a saludarme y, justo en ese preciso instante,
tropezó con una piedra.
Menos mal que mis reflejos
actuaron a tiempo y no cayó. Me pagó con una sonrisa. Y continuamos juntas.
Noventa y cinco años
cumplidos. Una prótesis en la rodilla y otra en la cadera. Venía de estar con
su amiga, veintidós días más joven que ella, pero más achacosa. Cada mañana,
desde que se quedaron viudas, se encontraban en el bar de Juan, el de la Eusebia,
después de El Angelus. Se tomaban una cerveza, a veces dos, tiradas, no de
botellín, junto con un bocadillo de calamares o de jamón o de chorizo. Lo que
les apeteciera. Juan les obsequiaba con una ración de queso de cabra o de
torreznos. Ellas se lo agradecían dejándole una pequeña propina, no mucha, para
que no se acostumbrara mal. Este buen hombre había sido el mejor amigo de sus
hijos antes del accidente.
Por las tardes no salía, en
invierno la noche caía muy pronto y en verano el calor quitaba las ganas de
pasear. Le gustaba tejer, a ganchillo y a dos agujas. Coser menos, pero si
había que hacerlo, lo hacía.
Venía pensando que al llegar
a casa haría unas torrijas, al estilo de su madre, con el pan duro que guardaba
en la bolsa blanca bordada en rojo y con la palabra Bread. Su bisnieta,
que estudiaba en Londres, se la había traído de regalo. Solo con pensar en las
torrijas se le hacía la boca agua.
Por un resquicio de su charla
me colé y pregunté si se las iba a comer en Semana Santa, faltaban dos días
para el Viernes de Dolores.
—No, hija, esta misma noche
para la cena me como una. Nada se debe dejar para mañana.
Una sonrisa pícara inundó su
cara. Y tomando mi mano sugirió con ternura: Alegra esa mirada.
© Marieta Alonso Más

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