Con mis bártulos a cuestas dejé atrás el hogar de mi niñez. La noche había cerrado y no se veía un alma. Todo el mundo
se había retirado a sus casas después del duro trabajo diario. Las tiendas y
kioscos cerrados, no quedaban fruteros, ni confiteros, ni taberneros en sus
locales. Solo se veían las luces iluminando las calles desiertas cada vez más
lejos y alguna que otra persiana que se cerraba.
Nunca más regresé a ese pueblo que con el
tiempo se hacía más bonito en mi memoria y ahora a punto de cumplir cien años
no es momento de regresar. Tampoco tengo quien me lleve. Y me viene a la
memoria el Bar de Víctor, donde había una vitrola a la que se le echaba monedas
y no cesaba de sonar.
Hay momentos en la vida en que existe la
magia y un vecino, el del quinto, tan viejo como yo, ha puesto música, no sé de
dónde sacó a la orquesta Aragón tocando y cantando «El bodeguero» y debo
haberme emocionado, porque de pronto, me encontré de pie, marcando el paso.
Menos mal que mi nieta vino corriendo y
en vez de refunfuñar, o mandarme a sentar se puso a bailar conmigo. ¡Qué rato más bueno he pasado! ¡Ay!, ¡qué
tiempos aquellos!, en que la vejez estaba tan lejana.
© Marieta Alonso Más

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