Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten
un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es
trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera
ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el
ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he
comprado nada, pero allí estoy.
Aquel día amaneció a cero grados, caía agua
nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me
quedé curioseando, como siempre.
En mala hora.
Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé
con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y
profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la
vejez había dejado un río de sangre.
La pasarela, muda y solitaria, despertó y se
oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino
regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba.
Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a
la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que
debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.
Era la policía.
Me explicaron que aquella señora, una
maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había
visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto
de mi imaginación.
Lloré por aquella mujer que no conocí en vida.
Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre,
mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a
la compra, a los desfiles, a los entierros.
© Marieta Alonso Más

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