A mi amigo Juan, por siempre la música.
Yo vivía cerca del Teatro Real. Madrid era entonces una ciudad más bien pequeña y los chicos jugábamos en la Plaza de Oriente o en las orillas del Manzanares. Casi no había coches y todos los del barrio nos conocíamos.
El señor Anselmo trabajaba de tramoyista en el teatro y como sabía que me gustaba mucho la ópera, cuando no estaba el jefe y tenía ocasión, me avisaba para que fuera a los ensayos. Sobre todo, cuando venía algún tenor conocido como Gayarre o una diva como la Patti. Me acurrucaba tras el escenario desde un sitio en el que podía observar el ir y venir de los del coro, de las bailarinas, de los que ponían el decorado. No llamaba la atención porque como no abultaba mucho, casi podía quedarme disimulado entre los bártulos y las cuerdas con las que subían y bajaban objetos al escenario. Verlos descender volando daba un poco de miedo.
—Cierra la boca, Manuel, que se te van a saltar las muelas —me decía el señor Anselmo cuando pasaba cerca de mí.
Lo que me hacía más feliz era cuando llegaban los artistas. Verlos de cerca, oír sus pruebas de voz antes de entrar en el escenario, observar sus nervios, cómo se transformaban con los trajes, las pelucas, las caras pintadas, los focos del último ensayo… Así iba a ser el estreno, pero con el patio lleno de gente en vez de esa oscuridad que recordaba a una cueva oscura en la que rebotaban sus voces con un eco estremecedor. Esos personajes, para mí inalcanzables, se transformaban en seres humanos con sus manías, a veces discusiones, celos y malos humores.
Volvía a mi casa tarareando algún aria que ya conocía. Iba por la calle alelado, como caminando a varios centímetros del suelo. Si me cruzaba con mi pandilla, me tomaban el pelo. “Ahí viene el angelito cantante, cursi, eres una nena, juega más a la peonza y menos música” me gritaban esas y otras lindezas que, metido en mi mundo, no escuchaba. Como luego era buen alumno, sabía dar puñetazos y ganar competiciones, adquirí un cierto prestigio que impidió me tomaran más el pelo. Además, tenía buena voz, y en el coro del colegio me encargaban los solos y el cura de la parroquia me pagaba un dinero si cantaba en una misa de postín.
Conseguí que un vecino solitario y un poco sordo, don Edelmiro, que tocaba el violín en un bar por las noches, me diera clases de solfeo y música a cambio de que mi madre le lavara y planchara la ropa. No había dinero para más, y eso de la música era muy de señoritos y de capricho, rezongaba mi padre que no llevaba bien esa afición. Nada bueno podía salir de ahí.
Una tarde, el señor Anselmo me dijo que podía ir a la ópera, pero de verdad.
—Nada de ensayos, hoy estrenan Pagliacci y canta Aureliano Pertile —me confesó emocionado—. A mi me gusta mucho, y tú te vienes conmigo.
Él tampoco tenía derecho a ir, pero había encontrado un sitio desde el que podíamos ver lo que pasaba delante y detrás del escenario. Eso sí, continuó con gravedad, no puedes moverte ni chistar. Si nos pillan, se pasó el dedo por el cuello, estaba en la calle.
Entramos por una puerta de empleados y esperamos hasta que llegara el momento en que sonara el aviso de que empezaba el espectáculo De lejos se oía el revuelo de conversaciones y risas. Nos colocamos sigilosos en el lugar designado. Mi emoción me hizo pensar que se me iba a saltar algún botón de la chaqueta o que oirían mis latidos. Todo era parecido, pero diferente. Ver el patio de butacas iluminado, lleno de vida, en el que se notaba el rebullir de la gente, se oía algún carraspeo o unas palabras hasta que salía el director y empezaba a sonar la música. Tuve que cerrar los ojos para que nada me distrajese, para vivir ese momento como algo exclusivo e irrepetible.
Notaba la respiración del señor Anselmo. Ninguno de los dos nos movíamos. Durante el descanso salimos sigilosos para estirar un poco las piernas. En el segundo acto descolgaban una luna iluminada, la luna que todos deseamos contemplar en el cielo. En medio de una sentida aria, se oyó un grito por encima de música y cantante “¡Cuidado! la luna”. El tenor se quedó paralizado y tuvo tiempo de mirar hacia arriba y dar un salto La luna le hubiera hecho papilla o por lo menos un buen descalabro. Hubo gritos, el estruendo del astro sobre el escenario enmudeció la orquesta, la gente se puso en pie. Pasados unos minutos del susto y de la sorpresa, se reanudó la obra.
Al acabar, el artista quiso saber quién había gritado. Nadie aparecía. Los dos estábamos escondidos sin atrevernos a dar un paso, hasta que Anselmo me animó:
—Vete ahora mismo al camerino. Es tu oportunidad. Si me echan que me echen.
Y así fue, llamé a la puerta, salió un ayudante y me invitó con rudeza a que me fuera, pero tuve el ánimo de decir.
—El que ha gritado soy yo.
El tenor dio un alarido, que pasara por favor, era su salvador . Al ver que era un mocoso se quedó sorprendido y me abrazó. Olí una mezcla de sudor, maquillaje y otros olores inclasificables contra el orondo pecho del hombre.
—Caro, pídeme lo que quieras —me dijo en un español suave—. Te debo la vida.
—Aprender música, señor.

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