Se cuenta que hace mucho
tiempo vivió un hombre solitario de cabeza casta y cuerpo pecador.
El pobre pensaba que
discurseando sobre la moral se apaciguarían las furias pasionales impuestas por
la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los
placeres consumados.
La de horas que gastaba de
pie sobre un cajón de madera en aquella esquina del parque londinense
exhortando a todo aquél que quisiera escucharle:
Ante todo, moderación en los
males que aquejaban a la Humanidad si se continuaba dando rienda suelta a los
instintos.
Extenuado y afónico regresaba
a paso lento, como era su costumbre, a sentarse ante la chimenea que chisporroteaba
mientras, en el exterior, oscuros nubarrones presagiaban un espeluznante
temporal, al que esperaba con impaciencia, para salir con los brazos en alto, justo
en el momento de descargar aquellas flechas de agua que le harían feliz, por limpiar
las calles de toda inmundicia y a él de pensamientos obscenos.
Marieta Alonso Más

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