miércoles, 3 de junio de 2026

Historias de la niñez: El cine de mi pueblo

 


Estaba situado en la calle principal. Muchos carteles anunciaban las películas. La mayoría de las veces eran reposiciones antiguas. Solía haber programa doble, salvo que la película fuera muy larga, como «Ben-hur» o «Sonrisas y lágrimas». Los asientos estaban sin numerar y se llevaban cojines porque al cabo de media hora no sabías cómo sentarte.

El flaco, un hombre de mediana edad, servía de acomodador, vendía las entradas en la ventanilla y era el encargado de que la película no se atascara.

Los amigos íbamos los sábados por la tarde. Aquellas sillas fueron testigos de muchos amoríos quinceañeros. Recuerdo una novia, muy erudita, que con su cháchara tenía el don de adormecerme.

Aquel día hablaba del cine como espectáculo, por lo visto este tinglado comenzó el 28 de diciembre de 1895 en París. Algo dijo de los hermanos Lumière.

¡Qué podía importarme! Si en aquel momento estaba viendo y oyendo a Cantinflas decir: «El mundo debería reírse más, pero después de haber comido.» Y fue como un relámpago comprobar el hambre que tenía, me levanté y pidiendo permiso salí al pasillo. Detrás de mí quedaron murmullos de protesta.

En el bar de enfrente me puse a reventar, mi estómago había alcanzado su capacidad máxima de almacenamiento. Todo me hacía reír. En verdad: Cantinflas era un saco de sabiduría.

Volví a entrar en el cine, volví a oír las protestas, con la que no volví a salir fue con aquella novia. Y no sé ¿por qué?

 

© Marieta Alonso Más

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