viernes, 10 de mayo de 2019

Paula de Vera García: Sí pero no (Vegeta y Bulma #4)






Aquella mañana Bulma se levantó como si se tratase de cualquier otro día. Se estiró en la cama, sonrió ante el sol radiante que entraba por la ventana y bajó los pies al suelo despacio, tanteando con los dedos en busca de sus zapatillas. Sin quererlo, su vista tornó hacia el otro lado de la cama y después hacia la puerta. Como de costumbre, Vegeta había abandonado el lecho antes de que ella se durmiera.

Bulma suspiró hondamente, reflexiva. Cierto que solo llevaban un par de meses acostándose y que el Saiyan parecía dos personas totalmente diferentes cuando estaba con ella y frente a la galería, pero la joven seguía sintiendo que había algo que no iba bien. Las noches que podían reunirse en su habitación, o las ocasiones en que podían engañar a los Brief para hacer alguna escapada a algún rincón remoto de los alrededores, eran tan idílicas que Bulma casi dejaba de sentir que estaba en el mundo real. No es que Vegeta fuera un dechado de romanticismo, más bien al contrario; pero si el deseo satisfacía toda su necesidad de estar juntos sin tener que usar demasiadas palabras…

Cierto era que la joven sí había intentado ir algún paso más allá y tener, al menos, una conversación con él; intentar, ¡no sé!, que él abriera un poco más su corazón y así conocerlo mejor. Pero resultaba algo frustrante ver que, con casi todos los temas, Vegeta se terminaba cerrando como una ostra y, hasta que no volvía a subir la temperatura entre ellos, se quedaba tenso y con la mirada ausente. De hecho, habían tenido una pequeña discusión un par de semanas antes cuando Bulma por fin se atrevió a encararlo y decirle que dejase de tratarla como un simple objeto sexual. Después de eso, él había estado dos días sin dirigirle la palabra y ella había hecho otro tanto. Hasta que ambos habían vuelto a caer en la tentación, claro.

Desde entonces, Bulma asumía que Vegeta podía ser una distracción adecuada mientras su corazón superaba las sucesivas traiciones de Yamcha, tratando de no hacerse ilusiones más allá. Pero la pregunta del millón era: ¿por qué le aleteaba el estómago y se le encendían las mejillas solo con verlo aparecer? ¿Por qué estaba deseando que, fuera como fuese, él regresara de entrenar todas las noches y pudieran entregarse el uno al otro sin importar nada más?

Bulma se frotó los ojos con cansancio antes de decidirse por fin a levantar el trasero del colchón, vestirse, asearse un poco frente al espejo y encaminarse hacia la salida del dormitorio. Decidido: aquella noche hablaría con Vegeta y si tenía que acabarse su aventura, que así fuera. Sin embargo, cuando llegó a la cocina y vio a todos los presentes –su padre, su madre, Puar, Yamcha– Bulma se sintió casi como si llevara la culpa pintada en la cara.

–Hija, ¿estás bien? –preguntó el Dr. Brief, preocupado, acercándose a ella–. Ven, siéntate y toma algo.

–Eh, sí. Gracias, papá –aceptó Bulma, mientras su radar interno seguía buscando a la persona que menos y más, al mismo tiempo, deseaba ver en ese momento–. ¿Alguien ha visto a Vegeta?

Por la mirada que le dirigieron los demás, Bulma quiso que se la tragase la Tierra de inmediato. «Lo saben…», gimió para sus adentros. «Ya está. Verás…»

–Creo que ha salido temprano esta mañana a entrenar, como siempre –dijo entonces el Dr. Brief con calma–. No creo que vuelva hasta el anochecer.

–¡Es tan guapo! ¿Verdad, Bulma?

Aquel comentario de su rubia madre sacudió el cuerpo de la aludida como una descarga eléctrica, al tiempo que enrojecía como una granada madura.

–¿QUÉ? ¿CUÁ…? ¿Guapo? ¡Venga ya! ¿Qué...? ¿Qué dices? ¡Ni siquiera me gusta…! ¡En fin, ya sabéis…! –Bulma se dio cuenta, tarde, de que su intento por disimular estaba casi causando la impresión opuesta a la que pretendía. Por ello, finalmente optó por cruzarse de brazos y apartar la nariz en falsa actitud desdeñosa, temblando por dentro como una hoja–. Ese idiota malencarado no merece ni un segundo de mis pensamientos.

Los otros cuatro intercambiaron una mirada de extrañeza, pero optaron por dejarlo correr. Al fin y al cabo, no es que aquel fuera el concepto menos extendido sobre el Saiyan en aquella casa. Bulma, tratando de mantener la compostura a duras penas, agradeció entonces que su madre le aproximara una taza de café. Justo lo que necesitaba. Sin embargo, en cuanto el olor de la bebida, otras veces agradable e inspirador, alcanzó sus fosas nasales, la joven notó un fuerte retortijón en el estómago; seguido de una intensa náusea que le hizo salir corriendo de la cocina en dirección al aseo más cercano.

El vómito fue casi nulo, pero Bulma notó cómo se mareaba más y más por momentos. ¿Qué estaba pasando? Por suerte, los demás la habían seguido con urgencia hasta el aseo y su padre fue el primero que acudió cuando vio que la muchacha trataba de incorporarse sin éxito, sosteniéndola cuando casi volvía a dar con las rodillas en el suelo.

–¡Bulmita! ¡Cariño! –se asustó su madre–. ¿Estás bien?

La aludida, con esfuerzo, esbozó lo que pretendía ser una sonrisa tranquilizadora.

–Sí, mamá. No te preocupes. Supongo que algo me habrá sentado mal de la cena de ayer.

–Vamos, te acompaño a tu cuarto para que descanses y te haré algunas pruebas –indicó el Dr. Brief, solícito.

Bulma asintió, no sin antes detectar un extraño gesto en su padre que la escamó sobremanera. ¿Qué pensaba su padre que podía ser?

***

La noche ya caía sobre Capsule Corp. cuando Vegeta volvió, orgulloso como un pavo real, de un día de entrenamiento que se podría calificar como redondo. Quién iba a decir que el hecho de tirarse a Bulma de vez en cuando le pudiera levantar tanto el humor. La verdad era que hacía tantos años que no disfrutaba de un placer como aquel, ni mucho menos con alguien tan entregado y servicial como ella, que casi se había creído incapaz de seguir el ritmo. Pero, ¡qué demonios! ¡Él era el príncipe de los Saiyan! ¿Quién podría dudarlo?

Tan enfrascado iba en su nebulosa de ego incrementado que ni al entrar en el edificio, ni al salir de la ducha ni al encaminarse hacia su pasillo notó que algo no iba bien. Solo cuando se cruzó con Yamcha en las escaleras y este casi lo arrolló, sumido en sus propios pensamientos, Vegeta volvió a la realidad, pagándolo con su odiado y antiguo rival por las atenciones de Bulma.

–¡Eh, escoria! ¡Mira por dónde vas!

Yamcha se giró despacio, como si no hubiese oído bien. Vegeta se sonrió, anticipando la posibilidad de darle su merecido de una vez por todas a aquel mocoso mujeriego; pero el ex de Bulma, tras unos segundos de sostenerle la mirada con frialdad, sacudió la cabeza y se dio la vuelta para marcharse como si no hubiese pasado nada. A Vegeta, por supuesto, le hirvió la sangre ante aquel desplante.

–¡Eh, oye! ¡No te atrevas a dejarme con la palabra en la boca, miserable! –lo increpó, soberbio–. ¡Mírame cuando te hablo!

Durante un tenso segundo, Yamcha pareció que ni siquiera lo había oído. Pero, entonces, frenó despacio, giró apenas la barbilla para mirar al engreído Saiyan por encima del hombro y le espetó:

–Francamente, Vegeta: aquí y ahora eres la menor de mis preocupaciones.

En condiciones normales, el príncipe alienígena hubiera saltado encima de él y lo hubiese reventado a puñetazos. Pero un súbito escalofrío, leve como una brisa invernal, ascendió por su espina dorsal ante las palabras de Yamcha, provocando una sensación muy desagradable. De repente, tenía un mal presentimiento.

–¿Qué has querido decir? –preguntó, intranquilo por dentro, pero esforzándose por mantener la entereza de puertas para afuera–. ¡Eh! –lo increpó al ver que Yamcha estaba a punto de emprender camino de nuevo, sin hacerle ni caso–. ¡Yamcha!

El joven artista marcial ahí sí se detuvo y se giró del todo.

–¿Qué? –replicó, frío como el hielo.

Vegeta resopló, tratando de mantener el autocontrol a duras penas.

–¿Qué… ha… pasado? –fue capaz de articular, entre dientes.

Yamcha continuó mirándolo con la misma escarcha relumbrando en sus ojos oscuros.

–¿Quieres que te lo diga, entonces? –preguntó Yamcha, disfrutando por dentro al ver la frustración del Saiyan cuando este asintió despacio. Jamás le hubiese atribuido sentimientos más allá del desprecio por cualquier otra criatura, pero verlo sufrir de incertidumbre era un premio jugoso en pago por haberlo asesinado hacía casi cinco años–. Pues te lo diré. Esta mañana Bulma ha caído enferma. Pero supongo que eso a ti te da igual, como todos en esta casa.

Vegeta se quedó paralizado, a la vez que una desagradable gota de sudor caía desde su cabello hasta su nuca, deslizándose por toda su columna vertebral. ¿Bulma, enferma? Apretó los puños y se giró, no queriendo que Yamcha viese la tormenta de emociones que debía estar reflejándose en su rostro. «Maldita sea», pensó, airado. «¿Así tenía que estropearme el día esa maldita…?»

Quería haber pensado una palabra fuerte como, por ejemplo, “fulana”. Pero si unas semanas antes hubiese sido capaz de hacerlo con naturalidad, ahora era como si su cerebro se negase en redondo a hacerlo. Vegeta sacudió la cabeza mientras se alejaba por el pasillo, ignorando el “¡De nada!” avinagrado de Yamcha y encaminándose como un autómata a las escaleras de subida al piso superior. ¿Qué le estaba pasando?

Solo cuando alcanzó la puerta de su dormitorio se dio cuenta de que había llegado corriendo. En ese instante, el Dr. Brief salió de la habitación de Bulma y sus miradas se cruzaron. Vegeta trató de que su rostro no dejase traslucir nada de lo que sentía, pero debió de hacerlo terriblemente mal; puesto que el buen doctor le dijo, al pasar a su lado y en un extraño tono que a Vegeta le erizó el vello de la nuca:

–Bulma tiene que descansar, así que déjala tranquila por hoy. ¿De acuerdo?

El Saiyan se quedó como petrificado en medio del pasillo, sin ser capaz de retornar a la normalidad hasta que no llevaba varios minutos allí plantado, como una farola atónita, con los ojos clavados en la puerta de Bulma. Su interior se debatía, sin motivo aparente, entre hacer caso al padre de Bulma y meterse a dormir en su propia habitación… O entrar a verla. «¿Tú estás tonto?», le gritó su parte más oscura, incrédula. «Probablemente», replicó él para sus adentros, al tiempo que sus pasos lo encaminaban unos metros más allá y echaba la mano al picaporte.

(Imagen: Anónimo. Inspiración: Dragon Ball Kai)

© Paula de Vera García


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