Ese martes Juan no llevaba paraguas. Hubiera querido ser más previsor, pero no lo fue. Sin embargo, se disculpó ante sí mismo: ya lo había sido el día anterior. Al menos eso creía, cuando bajo una lluvia similar hundiera su calzado en el barro para llegar hasta el fondo de la hondonada y regresara a la carretera después de haber limpiado sus huellas.
El camino hasta el tanatorio le resultaba largo; se sacudió el cansancio y respiró profundamente. Antes de abrir la puerta pudo escuchar los murmullos de los rezos y sentir el olor de las flores. ¡Malditas viejas!
¿Dónde estaban cuando la querida Sara se marchitaba junto al que en ese momento yacía en el ataúd?
Su pequeña y dulce Sara. La llamaba su pequeña aunque eran mellizos, seguramente porque en el mundo de esa aldea en que se había criado, por ser el hombre se creía más fuerte. ¿Lo era? Posiblemente no.
Rodeada de mujeres de luto y el bisbiseo de los rezos, su hermana contemplaba el féretro con los ojos secos y las manos cruzadas sobre la falda. Una luz apareció en su mirada cuando Juan cruzó la sala en dirección a ella, una luz de amor…, con un destello de rabia. ¿Lo sabría? Ella era capaz de intuirlo.
La historia comenzó años atrás, en el instituto. Vicente, un ser anodino a quien en esos momentos las comadres del pueblo destinaban sus plegarias, llegó a la comarca con su hablar arrastrado y un tic nervioso en el párpado izquierdo, y al muy estúpido no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de Sara. A la chica le dio lástima que fuera tan limitado y lo ayudaba con sus estudios, algo que el tonto confundió con amor, sin darse cuenta de que el corazón de la adolescente se derretía por otro, quien, al parecer, le correspondía.
Sara no era muy guapa, pero sí inteligente y rebosaba donaire. Tenía esa elegancia espontánea en las maneras que seducía a quien se acercara a ella, ya fueran profesores, padres o compañeros.
Llovía el día que, bajo los tilos, Vicente se le declaró y la joven confesó sus sentimientos por otro chico. Entonces, el rechazado cogió su bicicleta y se lanzó camino abajo, lloroso y hundido, sin percatarse de que pendiente más aguacero, más velocidad terminarían en lo que terminó: un accidente que lo dejó cuatro meses en coma. Cuatro meses durante los cuales Sara prácticamente no se separó de su cama, cuatro meses de culpa y plegarias que dieron como resultado que el enfermo despertara, aunque con una dicción peor de la que tenía antes de aquel percance, cojo y con una mano prácticamente inútil.
La carga que supuso para la mujer el resultado de su rechazo la llevó a aceptar casarse con él. Esa unión significó el comienzo de su deterioro. Desaparecieron la luz de sus ojos, su risa y aquel donaire que la caracterizaba.
Juan, incapaz de soportar dicho quebranto, dejó el pueblo y se marchó a la ciudad. Fue un tiempo de liberación para él. Sin embargo, distanciarse de la mediocridad en la que había crecido, no lo alejaba de la necesidad de rescatar a aquella con quien lo compartiera todo.
En sus espaciadas visitas para navidades o cumpleaños veía cómo su melliza se iba marchitando sin remedio, ante un marido dependiente y al que ella trataba como a un niño indefenso. Quizás lo fuera. El pelo sedoso de Sara perdió su brillo, sus uñas necesitaban una manicura y los hombros se le caían con la pesadumbre del desconsuelo.
Juan tenía que tomar cartas en el asunto. A pesar de lo difícil que se le hacía mantener una conversación con su cuñado, lo instó a abandonar su butaca junto a la chimenea y salir a dar un paseo. Semanas después lo convenció para que perdiera el miedo a las bicicletas y fueran juntos a dar una vuelta, y así fue como Vicente volvió a montar en ellas y hasta salir solo. Sara lo veía alejarse a través de la ventana y respiraba profundamente, como si el aire pudiera purificar tanto abatimiento.
Cuando el servicio de emergencias y los paramédicos descubrieron el cadáver de Vicente caído en el barranco, no se percataron de que los frenos habían sido manipulados.
Amparados bajo un paraguas, los hermanos se alejan del cementerio con paso lento. Ella aprieta el brazo de Juan y, por primera vez en mucho tiempo, sonríe.
—Estás empapada. ¿Te llevo a tu casa?
—No. A la peluquería.

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