miércoles, 28 de junio de 2017

De tertulias con... El perfume








Se dice que el origen del perfume pudiera ser litúrgico. La etimología de la palabra es: «a través del humo» y hace referencia al aroma que desprende una sustancia al ser quemada.

Quizás todo comenzara en la prehistoria cuando el hombre primitivo se hizo dueño del fuego y por casualidad cayeran algunas ramas o resinas de un árbol y un agradable olor se elevara directamente hacia el cielo, lo que hizo desear ofrendarlo a las divinidades. Se comenta que los Dioses al castigar a Esmirna se conmovieron al verla llorar por lo que la convirtieron en el árbol de mirra que llora resinas aromáticas.

El olor a incienso trae a la memoria templos, fieles, cirios, procesiones. Los Reyes Magos llevaron de regalo aceites preciosos al Niño; la hermana de Lázaro ungió los pies de Jesús y Nicodemo envolvió su cuerpo con lienzos perfumados de mirra y áloe, según era costumbre al enterrar a los judíos.

En el Oriente Medio, miles de años antes de Cristo, era de uso frecuente quemar mirra, casia, nardo, como signo de respeto. Fueron los sumerios los que desarrollaron diversos ungüentos y perfumes. Los egipcios, siempre con ojo avizor, tomaron de los sumerios todo lo referente a la cosmética, que podría explicar la práctica del embalsamiento. Hay una planta, el nenúfar Sagrado del Nilo, símbolo de eternidad en el Alto Egipto, de color azul y un aroma refrescante, que recuerda al jacinto, a las violetas, a las mandarinas, a los higos. Tanto se valoraba el perfume que en la tumba de Tutankamon se hallaron más de tres mil potes con fragancias que aún conservaban su olor.
Elaboración de perfume en el Antiguo Egipto
Museo del Louvre

En la Grecia clásica no solo aromatizaban sus cabellos, la piel, la ropa, también el vino. Ciertos escritos recomendaban hierbabuena para perfumar brazos y sobacos, canela para el pecho, aceite de almendra para manos y pies, y extracto de mejorana para el cabello y las cejas. También hablaban de los aceites olorosos a base de limón, mandarinas y naranjas.

Los soldados romanos se ungían con perfumes antes de entrar en combate. Desde lejanas tierras trajeron a Roma perfumes desconocidos como la glicina, la vainilla, la lila, el clavel, cedro, pino, jengibre, mimosa. Nerón creó en el siglo I la moda del agua de rosas y cuenta la leyenda que la rosas nacieron blancas y sin olor, pero un día se volvieron rojas al clavarse Venus una espina y derramar su sangre sobre ellas, la fragancia le llegó más tarde, al recibir un beso de Cupido. Volviendo a Nerón, el susodicho, en el entierro de su esposa Popea, gastó todo el perfume que producían los perfumistas árabes en un año. A sus mulas, incluso, las perfumaba, y se las oía gemir con deleite.  

La reina del Nilo, Cleopatra, untaba sus manos con aceite de rosas, azafrán y violetas; y sus pies con una loción a base de almendra, miel, canela, azahar y alheña. Disimulaba las arrugas con una pasta de pulpa de frutas, se sumergía cada mañana en leche de burra mezclada con hierbas y miel de abeja. Se cuenta que perfumaba su cuerpo para ganar el corazón de los hombres.

Mahoma amaba los perfumes y el mismo Corán promete a los fieles de corazón, un paraíso perfumado y bellas hurís de ojos negros, hechas del más puro de los almizcles y es que fueron los árabes los que perfeccionando los conocimientos de las culturas que los precedieron, elaboraron refinados perfumes.

Perfumero de Maria Antonieta

No todo el mundo los amaba. Enrique IV de Francia, aquél a quien se le atribuyen las frases: «París bien merece una misa» y «Un pollo en las ollas de todos los campesinos, todos los domingos» fue vilipendiado por sus enemigos: no se lavaba, ni tenía por costumbre perfumarse. Lástima. Siendo considerado por los franceses como el mejor de sus monarcas, al intentar mejorar las condiciones de vida de sus súbditos, el ocupar el primer puesto entre los mugrientos, no es de mucha alcurnia.

Los viajes de Colón y Magallanes al Nuevo Mundo contribuyeron al descubrimiento de nuevas sustancias aromáticas.

Al morir la alquimia y nacer la química el arte de la perfumería evolucionó. Se comenzaron a deslindar los conceptos, que hasta entonces habían estado revueltos: perfume, agua de tocador y agua de colonia.

A principios del siglo XVIII, Juan María Farina, un barbero italiano de origen español, creó en 1710 la original Eau de Cologne, que así describió: «He descubierto un perfume que me hace recordar a un amanecer italiano, a narcisos de montaña, a azahares de naranjo justo después de la lluvia. Él me refresca y refuerza mis sentidos y mi fantasía». Entre sus clientes se encontraban personajes de la talla del Kaiser Carlos VI, Fernando VI rey de España, Goethe, Voltaire, Mozart, Napoleón Bonaparte, la Reina Victoria de Inglaterra… Al agua el nombre le viene por la ciudad alemana, famosa entonces por poseer en su catedral la tumba de los Reyes Magos y después por la aromática agua. En agradecimiento la ciudad de Colonia rinde homenaje a Juan María Farina con una estatua en la torre del Ayuntamiento.

Gabriela Mistral escribió:


Escóndeme, que el mundo no me adivine.
Escóndeme, como el tronco su resina,
y que yo te perfume en la sombra,
como la gota de goma, y que te suavice con ella,
y los demás no sepan de dónde viene tu dulzura…



 
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