viernes, 17 de enero de 2020

Sebastián de Covarrubias



Capellán del rey Felipe II, consultor del Santo Oficio y canónigo de la Catedral de Cuenca, nació en Toledo en 1539.

Célebre por su diccionario, el «Tesoro de la lengua castellana o española», publicado en 1611. Empleó más de cinco años para terminar la obra, a razón de seis entradas diarias que escribía por orden alfabético. Su consulta sigue siendo útil para establecer el sentido de la literatura clásica del Siglo de Oro español.

Entre sus páginas encontramos gran cantidad de curiosidades: algunas palabras que creemos modernas y que ya existían en el siglo XVII con el mismo significado: escoba, sarampión, macarrones…

Otras están en desuso como burdégano, hijo de caballo y burra; embotijar, enojarse. Y también las que han evolucionado como borbollón, que hoy es borbotón; atfil, pieza de ajedrez que se convirtió en alfil; clin, pelo de caballo, en crin.

Una de las características del diccionario es que Covarrubias introduce constantemente en los artículos la primera persona, manifestando opiniones, haciendo divagaciones, contando historias y anécdotas propias y ajenas…

La intención declarada por el autor era elaborar un diccionario etimológico que indagara en el origen de las voces del castellano.

El reconocimiento a la labor de Covarrubias llegó tras la fundación de la Real Academia Española en 1713, que lo tomó como referente de primer orden para la redacción de su Diccionario de Autoridades (1726-1739.




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