A la messe, le prêtre avait passé toute l’homélie à parler de la mort. Bon
sujet! Ça la rendait nerveuse. Elle n’aimait même pas aller au cimetière.
L’odeur d’herbe fraîchement coupée et de jasmin lui apportait la voix de sa
mère se plaignant d’être là. Elle n’aimait pas non plus cette solitude. Elle
supposait que Dieu l’aimait, mais chaque soir, elle le suppliait de ne pas
l’appeler encore en sa présence. La vie était belle.
Quelques jours plus tôt, elle
avait commencé à tricoter un gilet avec le point de riz. Et cet après-midi-là,
après avoir fait la vaisselle et pensé à ce qu’elle cuisinerait pour le souper,
elle retourna à son ouvrage et s’assit pour regarder la série de tous les
jours. Elle aimait ensuite en discuter avec ses voisines. Elle se vantait de
pouvoir faire trois choses à la fois: écouter, regarder la télévision et
tricoter avec ses mains. Elle n’avait pas besoin de garder la vue sur les
aiguilles à tricoter. Mot à mot, elle s’enfonçait dans l’intrigue de ce mariage
de fiction, si semblable au sien. Eux, ils ne s’aimaient pas.
Alors qu’elle se laissait
aller aux images, son mari lisait le journal et, de temps en temps, il la
regardait et se demandait pour qui serait ce gilet. Pour le garçon ou pour la
fille? Depuis qu’elle était devenue mère, pour elle, ses deux enfants étaient
la seule chose importante au monde et il était devenu un zéro à gauche. Un
jour, il lui avait dit que les enfants partiraient et qu’il ne lui resterait
plus que lui. Sa réponse fut: ne dis pas de bêtises. Parfois, il avait des
pensées qu’il valait mieux écarter.
Dans la serie de la télévision, l’héroïne avait un amant et le dernier à
l’apprendre, comme toujours, fut le mari, qui apparaissait maintenant sur
l’écran avec un couteau tranchant qui mettrait fin à cette histoire sordide.
Il commençait à faire nuit. L’homme plia le journal. Quelle indigestion de
femme! S’il pouvait refaire sa vie... Les lumières du crépuscule rougissaient
les murs du salon. Il le parcourut du regard et se dirigea vers la fenêtre, en trébuchant
sur le chien. Une légère brise remuait les rideaux fantomatiques, alors qu’il
écoutait le tic-tac des aiguilles de l’horloge par dessus le murmure du
récepteur. Sur la table, des ciseaux étincelants. Sa femme était penchée en
avant pour ne rien perdre de ce qui se passait dans ce feuilleton. Sa nuque nue
rayonnait...
Traducida por:
María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa.
Un millón de gracias María.
Un buen acicate
En misa el sacerdote se había
pasado toda la homilía hablando de la muerte. ¡Dichoso tema! La ponía nerviosa.
Ni siquiera le gustaba ir al cementerio. El olor a hierba recién cortada y a
jazmín le devolvía la voz de su madre quejándose por estar allí. A ella tampoco
le gustaba esa soledad. Suponía que Dios la amaba, pero de momento cada noche
le rogaba que pospusiera lo de estar en Su presencia. La vida era hermosa.
Unos días antes había
comenzado a tejer un chaleco con el punto de arroz. Y esa tarde después de
fregar los platos y pensar qué pondría de cena, volvió a su tejido y de paso se
sentó a ver la novela de todos los días. Le gustaba comentarla con sus vecinas.
Se ufanaba de poder hacer tres cosas a la vez: Oír, ver la televisión y tejer
con sus manos. No necesitaba seguir con la vista las agujas. Palabra a palabra
se iba adentrando en la trama de aquel matrimonio de ficción tan parecido al
suyo. No se querían.
Mientras ella se dejaba ir
hacia las imágenes, su marido se entretenía leyendo el periódico y de vez en
cuando la miraba preguntándose para quién sería aquel chaleco. ¿Para el chico o
la chica? Desde que fue madre, para ella sus dos hijos eran lo único
importante, él se quedó como un cero a la izquierda. En una ocasión le dijo que
algún día se marcharían y solo le quedaría él. Su respuesta fue: No digas bobadas.
A veces le venían pensamientos que era mejor desechar.
En la telenovela, la
protagonista tenía un amante y el último en enterarse fue el marido, que ahora
aparecía en la pantalla con un afilado cuchillo que pondría punto final a
aquella sórdida historia.
Empezaba a anochecer. El hombre dobló el periódico por la mitad. ¡Qué
hartura de mujer! Si pudiera rehacer su vida… Las luces del crepúsculo enrojecían
las paredes del salón. Lo recorrió con la mirada y yendo hacia la ventana
tropezó con el maldito perro, una leve brisa movía los fantasmales visillos,
escuchaba el sonido de las agujas por encima del murmullo del receptor. Sobre
la mesa unas relucientes tijeras. Su esposa estaba inclinada hacia delante
pendiente de lo que ocurría en aquel culebrón. Su nuca desnuda resplandecía…
© Marieta Alonso Más
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