domingo, 17 de octubre de 2021

Paula de Vera García: Un día especial (Ban & Elaine) - Parte I

 


 

Aquella mañana, Ban se despertó temprano como de costumbre. Despacio, abrió los ojos con pereza y contuvo apenas un bostezo relajado. De primeras, su mirada se clavó en el techo de ramas en cuanto fue capaz de enfocar algo a su alrededor. Los nudos parecían moverse con vida propia en la madera, mientras algunos brotes discretos querían empezar a abrirse paso entre sus vetas. Ban sonrió con deleite mientras sus ojos descendían muy lentamente, siguiendo el apretado ramaje, hasta llegar a la altura del suelo del dormitorio. Una vez allí, se clavaron con especial interés en una figura pálida y estilizada situada frente a él. Sus alas se encontraban desplegadas en todo su esplendor, brillando con ese fulgor dorado tan especial que volvía loco al ex bandido con sólo mirarlo. Aunque a este hecho también contribuía la vista de las suaves curvas de su cuerpo menudo, apenas ocultas en aquel instante por la larga melena de cabello rubio y lacio cayendo por su espalda.

―Si sigues mirándome así, me voy a derretir… ―comentó Elaine entonces, sin girarse.

El humano soltó una risita ronca, pillado en falso.

―Culpable… ―reconoció, con media sonrisa lobuna y sin moverse un centímetro de su posición en la cama―. ¿Cuándo has sabido que estaba despierto?

En ese instante, su mujer se irguió y lo encaró de lado, mientras terminaba de retirarse los últimos restos de agua del rostro juvenil; eso sí, con media sonrisa irónica que Ban diría que había aprendido de él.

―¿Más o menos? Desde ese “menudas vistas” que tu mente ha dejado escapar… ―ironizó el hada―. ¿He acertado?

Ban rio con más fuerza, tocado y hundido, pero sin perder su propia mueca en ningún momento.

―Vaya. Entonces, está claro que me has cazado… ―canturreó. Elaine, por su parte, se giró del todo antes de cruzarse de brazos y observarlo con sorna―. De todas formas, cariño. No puedes pedirme que no aprecie ciertas cosas en su justa medida ―se defendió él, con fingida inocencia y sin dejar de recorrer sus curvas con mirada impune―. ¿No crees?

Para su deleite, la sonrisa de Elaine se ensanchó mientras avanzaba hacia la cama y se aproximaba a él.

―No, no se me ocurriría ―siguió ella su tono, antes de subirse a la cobertura vegetal que hacía las veces de sábanas y arrodillarse a su lado. Ban se irguió sobre los codos para aproximarse más, reprimiendo a duras penas la tentación de lanzar sus labios sobre aquel cuerpo magnífico a sus ojos―. Espero que hayas dormido bien…

Él asintió, acariciándole la mejilla con una castidad opuesta a sus pensamientos.

―Ayer fue un día especial, aunque no lo creas…

Elaine meneó la cabeza, no sin cierta diversión cargada de ternura, al saber a qué se refería.

―Bueno, es verdad que para las hadas, los cumpleaños no significan demasiado… Por lo menos, si hablamos año a año ―admitió, antes de sonrojarse y morderse el labio con aparente pudor―. Pero contigo… Me gusta celebrarlos. Lo reconozco.

Ban la miró con dulzura.

―No podría pedir otra cosa que celebrar cada día de mi vida contigo, sea el que sea ―aseguró, haciendo que ella lo imitara―. Aunque… Sólo espero que te gustara el regalo de cumpleaños…

Elaine soltó una risita encantada.

―¿Te refieres al banquete que se te ocurrió preparar aprovechando que Jericho estaba ocupada con Lance?

La mueca orgullosa de Ban se ensanchó, sin ápice de arrepentimiento.

―Bueno, creo que fue una cena muy romántica ¿no crees? Los dos solos, sin nadie que nos molestase durante mucho rato...

No añadió que el hecho de poder hacer el amor con ternura y pasión durante el resto de la noche, ya entre los muros de su dormitorio marital; justo después de dicha cena y casi sin ser capaces de reprimir sus instintos ni siquiera por el camino a la cama, para él había sido agradecimiento de sobra. Al menos, frente a lo que él consideraba apenas un detalle insignificante para todo lo que merecía su reina. Sin embargo, Elaine sólo tuvo que escuchar lo que pasaba por su mente para sonrojarse de forma deliciosa, al tiempo que se mordía el labio de nuevo con azoro.

―¡Para, Ban! Deja de pensar esas cosas tan alto, o no conseguiré que mi cara recupere un color normal en todo el día…

El aludido sonrió y sacudió la cabeza, divertido como nunca. Al menos, antes de rendirse sin esfuerzo y, en cambio, acercarse un poco más a su flamante esposa. Cuando sus labios se rozaron, Elaine tampoco se resistió y ambos se besaron durante dos minutos que se hicieron demasiado cortos. Sobre todo, cuando varios gorgoritos de tono infantil y elevado llegaron a sus oídos a través de la puerta del dormitorio. Ban contuvo sin problema su leve contrariedad por no poder seguir disfrutando de la intimidad con la mujer de su vida, mientras esta alzaba la cabeza casi de inmediato y prestaba atención a la fuente del sonido.

―Bueno… Creo que vamos a tener que dejar esto para después ¿no? ―ironizó entonces la reina hada, dirigiendo una mirada elocuente a su esposo humano.

Ban asintió con idéntico humor.

―Venga, vamos a ver al canijo, que ya es hora… ―indicó. Aunque aprovechó a tomar a su mujer por la cintura durante un breve instante, besarla por última vez y susurrar―. Y, lo dicho… Te tomo la palabra para después. ¿De acuerdo?

 

***

 

Como ambos suponían, nada más llegar al dormitorio del pequeño Lancelot, este los recibió con emoción rielando en sus ojos rojizos, mientras agitaba las manos en el aire. Elaine llegó enseguida para sacarlo de la cuna y abrazarlo, sonriendo con dicha absoluta. ¿Quién le hubiese dicho hacía más de dos años, cuando aún esperaba en la Necrópolis a que Ban encontrara la forma de devolverle la vida, que llegaría a disfrutar de semejante bendición? Lancelot era un bebé tranquilo, aunque avispado; crecía a buen ritmo y, con casi un año ya de edad, era un polvorín que hacía las delicias –o no tanto– de todo el palacio. Desde luego, había otra habitante humana del mismo que correspondía al primer grupo, y así lo demostró su amplia sonrisa cuando vio aparecer a la familia en el enorme salón comedor.

―¡Buenos días, chicos! ―saludó una Jericho jovial, como de costumbre. A sus casi veinte años, la antigua perseguidora de Ban había empezado ya a transformarse en una auténtica mujer. Muestra de lo cual era que su antaño cabello corto por la barbilla, que siempre llevaba recogido en cola de caballo, ahora empezaba a caer, en suaves ondas hasta la parte baja de sus hombros―. Pero ¿cómo está mi chiquitín?

Lancelot, por supuesto, reaccionó a aquella llamada de atención manoteando y gorjeando en dirección a Jericho. Ban y Elaine intercambiaron una risita cómplice antes de dejar que la madrina del pequeño lo cogiese en brazos y comenzase a hacerle carantoñas.

―¿Cómo va todo por el Bosque, Jericho? ―preguntó entonces Ban, tomando unas frutas de una balda cercana y comenzando a preparar los cuencos de desayuno― ¿Alguna novedad esta mañana?

La humana se encogió de hombros con naturalidad, al tiempo que le cedía el niño a una Elaine ya lista para darle el pecho. No le quedaba demasiado para empezar a dejar la lactancia, pero el hada había descubierto desde hacía unos meses que ya no podía casi concebir el hecho de no hacerlo todos los días.

―Lo cierto es que parece que todo anda tranquilo ―repuso entonces Jericho, tomando una fruta para ella y dándole un mordisco intenso antes de proseguir―. Nada comparado a hace un par de años, desde luego…

―Y mejor que siga siendo así ―repuso Ban sin acritud, sentándose al lado de su mujer y tendiéndole su desayuno, antes de acariciar con ternura la rubia cabecita de su hijo―. Que, al menos nos den un tiempo de respiro… ¿No?

Jericho rio y los otros dos la corearon. Lo cierto era que, fuera como fuese, nada parecía capaz de estropear aquella dulce tranquilidad en la que todos vivían sumidos desde hacía cosa de un año, si no más. Pero la prevención nunca era algo a tomarse a la ligera. De ahí que, varios minutos después y tras terminar todos de llenar el estómago, Ban anunciase que se iba a dar la vuelta de patrulla de rigor por el bosque. Las dos mujeres lo despidieron entonces junto con Lancelot, afectuosas; desapareciendo el padre en el preciso momento que el bebé pugnaba con más fuerza por bajar al suelo.

Con un suspiro, Elaine lo dejó hacer y lo observó gatear durante unos segundos. Al menos, antes de comprobar cómo el pequeño intentaba alzarse con esfuerzo sobre las dos piernas. Momento en que las dos mujeres presentes cruzaron una mirada cómplice y Jericho dijo:

―¿Lista para volver a intentarlo?

Elaine asintió, convencida y sabiendo de qué le hablaba

―Lance, mi amor ―llamó a su hijo. Este se giró, curioso, pero no reculó cuando ella se aproximó y se arrodilló a su lado. Entonces, el hada sonrió con dulzura y pronunció―. Bueno… ¿Qué te parece si intentamos andar un poquito?

 

Historia inspirada en Ban & Elaine, personajes de “Nanatsu No Taizai”

Imagen: Ban x Elaine, de 619Alberto

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2 comentarios:

  1. ¡Me encantan tus historias! Espero que sigas haciendo historias de mi pareja favorita... ¡Eres increible!

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    1. Muchas gracias a ti por comentar ❤️❤️muchos abrazos!

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