jueves, 29 de febrero de 2024

Cristina Vázquez: La cita

 


Estaba feliz con su niño, pero reconocía mientras empujaba la sillita que llevarle al parque resultaba un aburrimiento. Era un tiempo muerto en el que su atención solo podía concentrarse en si el pequeño se metía tierra en la boca, empujaba a otro niño y al final se dedicaba a subirlo al tobogán. Las charlas con las otras madres o abuelas le resultaban insulsas, sin interés.

Elizabeth se lo planteaba como una de las muchas obligaciones derivadas de la maternidad, quizás en su caso un poco tardía, creándole mala conciencia por no disfrutar todas y cada una de las actividades a las que se veía abocada. ¡Con lo que les había costado conseguir tener ese precioso niño! Lo adoraba. Había sido su máxima felicidad.

Una mañana de esa primavera aún incierta, cambió su recorrido habitual para llegar al parque infantil y vio que habían montado en la Plaza de la Concordia un precioso carrusel. Se paró a mirarlo. ¡Qué increíble coincidencia! Cómo pudo olvidar que ahí ponían al que la llevaba siempre su abuelo. Era un hombre erguido, flaco, de pocas palabras que sujetaba su mano con determinación y le hablaba con gran ternura. Elizabeth recordó cuánto le gustaba ese carrusel y la emoción de su abuelo cuando llegaba la fecha en que lo colocaban. Aparecían a las once en punto los dos, nieta y abuelo, hiciera el tiempo que hiciera, excepto si llovía. Y a las doce se marchaban. Él se sentaba en un banco y ella podía dar tantas vueltas como quisiera. Antes de irse, el abuelo le compraba el algodón de azúcar que a ella le fascinaba y se lo ofrecía con una pequeña reverencia.

—Elizabeth, son nubes de colores que endulzarán tus sueños.

Al verlo ahora, casi sintió el pegajoso dulce en su boca. Una mezcla de alegría y nostalgia se apoderó de ella y le divirtió la excitación que vio en el niño. Aplaudía riendo y daba grititos de satisfacción. Como parecía tan entretenido, ella se sentó en un banco y se quedaron madre e hijo contemplando cómo daban vueltas y vueltas los caballitos y otros animales. Subían y bajaban hipnóticos, acompañados de una música repetitiva y ruidosa. Fue la primera mañana que se sintió tranquila y sin remordimientos, la primera vez que pudo compartir con su hijo la misma fascinación por algo, o eso pensó. Además, le devolvía el recuerdo por ese abuelo al que terminó valorando como el mejor regalo que había tenido en su vida. El regalo de su amor incondicional. Al recordarlo una incipiente ternura la llenó de agradecimiento y hubiera deseado verlo sentado ahí enfrente. Lanzó con disimulo un beso al aire.

Después de un rato, en el que el niño no parecía cansarse de mirar el carrusel, Elizabeth se fijó que había una anciana en otro banco desde hacía un buen rato. Era una mujer muy mayor, que se mantenía recta con un bastón apoyado a su lado. Daba la impresión de no ceder un centímetro a la debilidad. Su mirada iba de uno a otro lado de la plaza, controlando cada poco la hora del reloj. Tenía un cierto aire de pajarillo que se acabara de escapar de una jaula. En ella se mezclaban la vulnerabilidad con una apariencia de irreductible tenacidad de ¿qué? se preguntó Elizabeth, pues parecía que una determinación por algo concreto la mantenía en su erguida vigilancia. Cuando dieron las doce, se levantó con dificultad apoyándose en el bastón y toda la estructura que la mantenía se vino abajo desarticulando su figura.

Sintió una enorme zozobra al ver a esa anciana elegante caminar vencida hacia el paso de peatones y se acercó a no sabía qué, como si un impulso la llevara hacia ella. Cuando hizo el gesto de ayudarla a cruzar, la mujer la miró largamente para luego sonreír.

—Gracias.

Cruzaron los tres: la señora mayor, el niño y ella como la representación de las edades de la vida. Al llegar al otro lado, la anciana se volvió. Había algo en ella que le recordaba a otro tiempo, a otras personas, dijo con dulzura y se fue despacito hasta desaparecer en un portal de altas puertas labradas.

Al día siguiente Elizabeth volvió al mismo lugar, a la misma hora y encontró a la señora sentada como el día anterior en el mismo banco. Erguida, atenta, mirando a uno y otro lado y controlando la hora, hasta que dieron las doce y como una inapropiada Cenicienta se levantó con esfuerzo, como si algo en ella se apagara irremediablemente. Volvió a acercarse a ella para cruzar y le preguntó si venía todos los días a ver el carrusel. La señora la miró con extrañeza.

—No vengo a ver el carrusel —miró su reloj—. Es por una cita que tengo desde hace mucho tiempo que se acaba a las doce.

© Cristina Vázquez

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