Llevaba meses sumida en una desagradable apatía, casi tristeza, después del inesperado abandono de Gerardo. Fue muy feo, muy poco señor, como dijo mi madre. “Mejor que haya sido ahora que si no, hija, días de gloria te hubiera dado el sinvergonzón ese”. Yo la miraba tratando de convencerme del futuro horrendo que me esperaba si, por fin, hubiera oído la marcha nupcial agarrada del brazo del sinvergüenza ese. Ponía cara de convencida mientras recordaba su risa, las caricias apasionadas y los proyectos que compartimos.
Para consolarme, mis padres nos invitaron a mi amiga Margarita y a mí a un crucero por el Mediterráneo. Nos subimos a ese paquebote lujosísimo, llenas de excitación y ganas de divertirnos. Bajo la premisa de que las penas con pan son menos, que nosotras redujimos a las penas con alcohol son menos, nos bebimos con disciplina y alegría parte de la bodega. Estaba todo incluido, nos decíamos en una justificación engañosa.
En el barco viajaban unos alemanes estupendos, un par de vikingazos, para entendernos. En el que yo me fijé era alto, rubio, fuerte y con ese cierto aire militar en sus gestos que a mí me arrebató desde el primer momento. Su español era mediocre, artificioso, pero suficiente para entendernos y ganar el concurso de baile que organizó el crucero justo en la mitad del viaje. Era sorprendente la agilidad de Wilhem Frederick, que así se llamaba, aunque algo mecánico dirigía sus pasos. Había hecho un curso de baile en Múnich, su ciudad natal, y agradecía sobremanera, me confesó con dulzura en la noche de nuestro triunfo, el aprovechamiento de sus clases.
—Así como el curso de español que me permite decirte lindezas a la luz de la luna —remató su romántico discurso.
Margarita trataba de bajar un poco mi entusiasmo. Ella me aclaraba que estos germanotes estaban muy bien para pasar el rato, pero que no le encontraba a Willy, ya le llamábamos así, mucho salero y aguantarle esos parlamentos supuestamente románticos, resultaba un poco ridículo. Que me fijara en las manos, insistía mi amiga, las tenía un poco bastas.
—Ya se te está poniendo cara de besugo enamorado. Calma —me recriminaba cada poco.
Me daba igual, después del abandono de Gerardo, volver a sentir unas manos masculinas, un poco callosas, pero fuertes y amables, me llenó de esperanza en el género humano. Willy me contó las maravillas de la Oktoberfest, el momento más glorioso, precioso y animoso de su bella ciudad, y me miraba expectante para que yo reconociera su sabiduría y amplio vocabulario en español.
—Muy bien, muy bien —aplaudía yo, después de chocar nuestras copas llenas de cerveza.
Él era un cervecero tradicional que amaba su país y su fiesta. Me dio un largo discurso sobre la elaboración y cómo lo hacían en su fábrica. Fue muy detallado en todos los pasos, las diferencias de maduración y tipo de lúpulos que utilizaban.
—Mi fábrica, la mejor del mundo —sus ojos refulgían de orgullo.
Convencí a Margarita de que además de guapo era dueño de una fábrica y amaba lo que hacía. ¿No era ejemplar? Un propietario con ese interés por su producto. Yo empezaba a utilizar términos precisos: alcohol por volumen, bock, enfriador de mosto…
Antes de que terminara el crucero quedamos que iría a la fiesta, él se ocuparía de mí. Y así fue. Fui a Múnich y me situé donde me indicó para verle desfilar. Y le vi, aunque me costó reconocerlo con el traje típico y el sombrerito ayudando a los caballos que arrastraban el carro lleno de barriles. Sentí que mi entusiasmo se resquebrajaba un poco, era difícil encajar al guapo vikingo del lujoso crucero con este personaje insignificante en el desfile.
Cuando después nos reunimos con sus amigos, a los que encontré ruidosos y un tanto vulgares, me dije que no tenía criterio para valorarlos y que era una estirada. Y aunque amablemente se dirigieron a mí en inglés, al cabo del rato y de varias cervezas terminaron hablando alemán. Hicieron un brindis especial por España y la novia española que había conocido en el crucero que le regaló la empresa por ser el mejor empleado.
¿Empleado? ¿Pero no era el dueño?

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