Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.
No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.
Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.
Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.
No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.
Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.
Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.
Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.
La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.
Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.
Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.
—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

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