lunes, 31 de agosto de 2020

Paula de Vera García: Felices cincuenta (Vegeta & Bulma)





Algunos años después del nacimiento de Bra Briefs…

Aquel caluroso de verano, ya anochecía sobre la Ciudad del Oeste cuando Vegeta aterrizó por fin en Capsule Corp. Mientras que los pisos superiores permanecían a oscuras, el piso inferior y el jardín brillaban con luz propia; sobre todo, a causa del montón de linternas que colgaban de un extremo a otro de sendos postes, las pequeñas mesas blancas impolutas y el cristal de las copas. Vegeta gruñó con cierta incomodidad y apartó la vista, al tiempo que se posaba en una de las terrazas en penumbra del último piso. ¿Qué necesidad había de tanta pompa para todo? En el fondo, sabía que era su propia aversión a estar con gente la que hablaba, pero... 

El Saiyan suspiró antes de, con tiento, abrir la puerta de la terraza y asomar la nariz al interior. Despejado.

«Perfecto».

De puntillas, escondiendo el pequeño paquete que llevaba en la mano bajo el chaleco, el antaño orgulloso príncipe avanzó por el pasillo hacia las escaleras. ¿Su objetivo? El dormitorio principal. Para su fortuna, no le costó más de cinco o diez minutos llegar hasta allí, abrir la puerta y adentrarse en la oscura estancia. Respirando relajado por primera vez en todo el día, el guerrero espacial avanzó hacia la ventana y depositó el paquete sobre la mesita auxiliar rodeada de butacones. Con tiento y tras quitarse los guantes, sus dedos se dirigieron al cierre para abrir la cajita y comprobar que todo estaba como debía. Pero un súbito zumbido a su espalda lo hizo saltar de tal forma que el regalo casi salió volando por los aires.

 —¡Papá! ¡Ya estás aquí! —clamó entonces una vocecita femenina e infantil desde el umbral.

El aludido, por su parte, pasó del susto al enfado en un instante.

—¡Bra, por amor de Dios, no me des esos sustos! —la regañó entre dientes—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está mamá?

La niña, por otro lado, pareció ignorar el tono de regañina de su padre y se acercó brincando por el pasillo del dormitorio; dejando que el resplandor de la luz del mismo se diluyera en una nueva oscuridad, cuando la puerta se cerró tras ella.

—Mamá está abajo, celebrando y un poco enfadada porque aún no has aparecido por allí. —Vegeta puso los ojos en blanco y reprimió un exabrupto a duras penas. ¿Acaso era culpa suya de que casi olvidara el regalo de su mujer? —. ¿Qué haces? —preguntó entonces Bra, curiosa—. ¿Puedo verlo? ¿Qué es eso?

—No. Vuélvete con tu madre ahora mismo. Es una orden. 

Bra compuso su mejor puchero. 

—Anda, papi... Porfa, porfa, porfa. 

Vegeta se retorció por dentro.

«Ay, no, no. Esto no». 

—Schhh. Bra, baja la voz —le indicó su padre con sequedad. La niña no despegaba la vista de la caja encima de la mesa. Por lo que, tras un segundo de duda, Vegeta optó por inclinarse junto a ella con la caja en las manos—. Está bien. Pero si tu madre se entera antes de tiempo no vuelvo a llevarte al parque de atracciones en lo que queda de año. ¿Estamos?

Bra compuso su mejor mueca de inocencia, antes de tender un meñique hacia él. Con un suspiro, tras medio segundo de duda, Vegeta le devolvió el gesto.

—Prometido, papi.

—Muy bien —aceptó él, abriendo la caja—. Aquí lo tienes. ¿Contenta?

Pero lo que no esperaba Vegeta es que el rostro de Bra se desencajara de esa manera. Sus ojos se abrieron como platos, su boca formó una boca perfecta y sus manos acunaron sus mofletes. Haciendo que, por un segundo, Vegeta olvidara todo enfado y solo quisiera acunar aquella preciosidad contra su pecho y cubrirla de besos. Pero no lo hizo.

—¡Hala papá! ¡Son preciosos! —casi chilló Bra, emocionada y girándose hacia él con una mueca que el Saiyan casi se echó a reír al verla.

—¿Tú crees? —preguntó, súbitamente inseguro.

Bra asintió con energía, bajando las manos y observando el regalo más de cerca.

—A mamá le encantará. Hasta yo tengo envidia —admitió con inocencia infantil.

Vegeta rio por lo bajo. A veces, no podía evitar que las mujeres de su casa lo pillaran con la guardia baja.

—Pero es un secreto, ¿de acuerdo? —le recordó a la niña, tratando de recobrar la seriedad por todos los medios—. ¿Bra?

La niña, en ese instante, movió la cabeza de arriba a abajo, pero con cierto aire de pena.

—¿Qué pasa, Bra? —preguntó su padre, preocupado.

Pero cuando su hija se giró y Vegeta vio el puchero completo, casi quiso poner los ojos en blanco. Sabía bien lo que venía después.

—¿Cuándo tendré yo algo así? —gimoteó la niña—. ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Vegeta sacudió la cabeza y le limpió una lágrima inexistente de la redonda mejilla con el pulgar.

—En el futuro, cuando seas mayor —respondió, antes de agregar en un tono más suave—. Te prometo que tendrás todo lo que quieras.

Como imaginaba, a Bra se le cambió la cara, pero no podía evitarlo. Por su hija haría lo que fuera y sabía que nada podría cambiar eso.

—¡Gracias, papi! —exclamó ella mientras se lanzaba a su cuello para abrazarlo y, acto seguido, le daba un sonoro beso en la mejilla.

Vegeta se quedó paralizado, colorado como una granada y, unos segundos después, con una sonrisa idiota de oreja a oreja mientras veía a su hija tomarle de la mano para sacarlo de la habitación. Vegeta le pidió esperar un instante, dejó el paquete bien colocado en la mesa y, después, siguió a Bra sin esfuerzo alguno. ¿Cómo podía tenerlo tan agarrado una niña de diez años?

***

—¡Bulma! Una fiesta estupenda, como siempre. ¡Muchas felicidades!

—¡Sí! Ya quisiera yo tener esa figura cuando llegue a los cincuenta años...

Bulma se rio por lo bajo ante el cumplido.

—¡Vamos, Chichi! ¡No seas así! ¡Estás estupenda! —replicó, dejándose adular con naturalidad calculada. En el fondo, adoraba que la gente le dijera lo joven que aún se veía y lo guapa que estaba—. Tú estarás estupenda cuando llegues, estoy segura.

Sin embargo, la mujer de pelo azul no escuchó la respuesta de la mujer morena, que también se había arreglado para la ocasión con una túnica color berenjena algo insulsa; por primera vez, no obstante, la mujer de Goku se había dejado el pelo suelto, algo que la favorecía mucho. Bulma frunció los labios y buscó, por enésima vez, a su marido entre la multitud. Su irritación había ido en aumento desde que él había desaparecido después de comer, sin explicación alguna como de costumbre. Sin embargo, la científica se quedó paralizada al verlo entrar; o, más bien, salir al jardín de la mano de su hija pequeña. Llevaba la misma ropa de siempre, pero había algo diferente en él.

«Quizá», meditó Bulma al tiempo que medio sonreía sin querer, «tiene que ver con que lleve a Bra con él».

Aquella niña tenía el poder innato de hacer sonreír al hosco Saiyan sin importar el momento y el lugar, lo que Bulma agradecía. Sin embargo, ¿dónde se había metido?

Abandonando con discreción a Chichi y a 18 en su conversación sobre edades y otras banalidades, Bulma se dirigió entre los invitados al encuentro de su marido. El cual, en cuanto la vio llegar, se quedó quieto como una estatua. Eso sí, nada podía esconder de Bulma el brillo de sus ojos cuando la contempló ataviada con aquel vestido negro ajustado de cuello alto, largo hasta las rodillas. La mujer sonrió para sí mientras se plantaba frente a él con los brazos cruzados, la cabeza ladeada unos milímetros y la copa alzada entre los dedos.

—Vaya, si por fin apareces... ¿Dónde te habías metido?

Vegeta tragó saliva, pero se obligó a sostenerle la mirada. 

—Tenía cosas que hacer —replicó con sequedad.

Bulma frunció los labios, pero no respondió, antes de darse la vuelta y alejarse de nuevo hacia los invitados. Vegeta exhaló con disimulo. Sabía que Bulma se enfadaría con él por desaparecer, pero casi le preocupaba más que no supiera el por qué hasta el final.

—Papá, ¿estás bien? 

Por un instante, Vegeta se había olvidado de que Bra seguía a su lado. Con media sonrisa y arrinconando todos los malos pensamientos, el Saiyan se inclinó junto a su hija.

—Sí, no te preocupes. ¿Por qué no vas a jugar con alguno de tus amigos?

A Bra entonces se le iluminó el rostro, pero no por el motivo que su padre creía.

—¡Mira, papá! ¡Ahí está Trunks con Goten! —gritó entonces Bra, agitando los brazos en dirección a su hermano—. ¡Eh, Trunks!

El aludido, tras un instante de sorpresa, se giró hacia ella y sacudió la mano tímidamente en su dirección. Vegeta entrecerró los ojos al ver que Goten y él estaban flirteando con dos chicas bastante aceptables de físico, pero vestidas de una manera que desmentía cualquier otra cosa por su parte. Vegeta suspiró y tomó a Bra en brazos. 

—Ven, cielo —le dijo en voz baja, solo para ella—. Vamos a buscar tus juguetes y jugamos a las batallas, ¿de acuerdo?

—¡SÍIII!

***

Un par de horas más tarde, Bulma terminaba de despedir a los últimos invitados y se encaminaba de nuevo hacia el interior de la casa, agotada y algo molesta. Tras su brevísima discusión con Vegeta, este y su hija habían vuelto a desaparecer. Antes de despedirse Trunks le había dicho que creía haber visto la luz de la habitación de Bra encendida durante mucho rato esa noche, pero su atención había estado más orientada a las muchachas a las que Goten y él habían invitado a la fiesta más que a su familia. La mujer rezongó para sus adentros durante todo el camino hacia el dormitorio y, antes de entrar por la puerta, inspiró hondo y soltó despacio todo el aire por la nariz. Lo último que le apetecía era discutir en la noche de su cumpleaños, pero...

Al otro lado, la penumbra apenas se rompía por la claridad que entraba a través del gran ventanal. Bulma avanzó despacio, ya descalza, mientras se retiraba las joyas con cuidado y las dejaba caer en su mano. Sin embargo, cuando acababa de soltarse la última pulsera, la mujer se detuvo al comprobar que no estaba sola. 

Vegeta se erguía frente a la ventana, dándole la espalda a medias y con el rostro vuelto hacia el exterior de la casa. Ni siquiera se había girado al oírla entrar. Bulma dudó sobre qué hacer a continuación. Para su sorpresa, no sentía que Vegeta estuviera tenso. Tan solo… En su línea. Solo entonces, la vista de Bulma se posó sobre la mesa auxiliar y sus ojos se abrieron de par en par, incrédulos. Despacio, la mujer se acercó al pequeño paquete, mirando alternativamente al mismo y a su marido, antes de apoyar las manos sobre la caja. Al ver el sello grabado a fuego sobre la madera, el corazón le dio un vuelco. No era posible.

—Vegeta... —susurró, aún incrédula—. Tú...

En ese instante, como si hubiese sido una clave secreta, el aludido se volvió despacio hacia ella y, para su sorpresa, sonrió con afecto.

—No podía dejar que estropearas la sorpresa, Bulma.

Ella ladeó la cabeza y apretó los labios mientras lo miraba, sin poder camuflar la emoción.

—Cariño, no... —empezó, insegura, antes de inspirar hondo y sonreír a medias—. No tenías que haberte gastado tanto dinero...

Vegeta soltó una risita bronca.

—Aún no has abierto la caja —le indicó, mordaz.

Ella frunció los labios, imitándolo.

—¿Joyas de Hoseki? ¿Me tomas el pelo?

Pillado en falso, Vegeta enrojeció con levedad mientras se acercaba a ella.

—Sé que por norma no soy un dechado de romance, pero... —Se encogió de hombros mientras avanzaba y le tomaba las manos, acariciando sus nudillos—. Hoy era un día importante para ti y quería darte algo especial.

Bulma suspiró y lo besó con levedad.

—Eso no es una novedad —sonrió—. Ya lo haces.

Vegeta la imitó.

—Cierra los ojos —le pidió entonces.

Bulma enarcó una ceja, pero no se resistió. Cuando Vegeta se aseguró de que, en efecto, su mujer no veía nada, abrió despacio la tapa de madera y extrajo, con infinito cuidado, primero el collar de perlas y oro engastado y, después, los dos pequeños triángulos de oro de los pendientes. Una a una, fue situando las joyas sobre la piel de Bulma antes de pedirle que abriera de nuevo los ojos, las manos rodeando sus caderas sobre la suave seda de su vestido. Al obedecer, Bulma echó de inmediato las manos al cuello y soltó un gritito de sorpresa al ver las perlas y el oro.

—Vegeta... —susurró, atónita—. ¿Cómo lo has sabido?

Él se encogió de hombros sin soltarla.

—A veces te escucho, aunque no te lo creas —susurró en su oído.

Ella sonrió y, antes de nada, corrió hacia el baño para mirarse al espejo, soltando una exclamación ahogada al verse con aquel conjunto tan codiciado. De inmediato, volvió corriendo al dormitorio y le echó los brazos al cuello a Vegeta.

—¡Gracias, gracias! —susurró junto a su cuello.

Él sonrió.

—Quiero hacerte el amor solo con esas joyas puestas, Bulma —le confió, para sorpresa momentánea de ella—. Me vuelve loco solo pensarlo. 

Ella se separó y sonrió más ampliamente.

—Eso creo que tiene solución.

La noche estaba clara, solo iluminada por sus gemidos de placer. Tras desnudarse y acariciarse con mimo, Bulma deslizó las manos sobre sus músculos de piedra, recorriendo aquel cuerpo divino. Vegeta, por su parte, solo podía pensar en lo dulce y preciosa que estaba Bulma cuando se ondulaba frente a él de aquella manera, aunque pasaran mil años. Suavemente, gimiendo con los ojos cerrados y las piernas rodeando sus caderas. Vegeta hubiese querido hacer aquello por toda la eternidad, solo por verla disfrutar así con él. Su piel bajo sus dedos, él aferrando su cuerpo de diosa con cuidado… Era como un sueño hecho realidad.

—Vegeta... —suspiró Bulma, llevándose una mano al corazón mientras lo enfocaba con dos ojos azules como el mar en la noche—. Dios, mi amor.

Vegeta suspiró y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

—Te haría esto toda la vida, Bulma —murmuró, excitado, mientras pasaba los dedos desde sus omóplatos, bajando por su cintura con las yemas hasta rozar la base de la espalda y sentir que el final del momento llegaba, inexorable. Después de eso, sus movimientos se ralentizaron poco a poco, los ojos de Bulma se abrieron despacio y se encontraron con una mirada de carbón que también asomaba en ese instante, aunque desde el rostro de su amante. Bulma sonrió entonces y se acarició las perlas.

—No sabría decirte cuál ha sido mi regalo favorito hoy—confesó entonces.

Vegeta sonrió.

—Pensaba que todo entraría en un pack completo. ¿Tú no?

Bulma se rio de nuevo con más energía y se abrazó a él.

—Te quiero, Vegeta. Aunque ya lo sepas.

A lo que él sonrió a su vez, escondido el rostro en la curva de su cuello y susurró:

—Y yo a ti. Pero, Bulma...

— ¿Sí?

Vegeta sonrió, feliz como nunca en mucho tiempo.

—Feliz cumpleaños.


© Paula de Vera García





(Historia inspirada en Vegeta y Bulma de “Dragon Ball GT”)
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sábado, 29 de agosto de 2020

Cristina Vázquez: Secreto de Vapor


La familia se sentaba alrededor de la mesa con ceremonia; el abuelo en una cabecera y su cuñada la tía Juana a la derecha, cuchicheando los dos en voz baja. A la izquierda su nuera Ignacia, una joven frágil y silenciosa, recién casada y que aún no conocía los hábitos de esa importante familia. La otra cabecera la presidía el hijo mayor, el marido de Ignacia, un hombre jovial de rasgos un poco achinados y brillante pelo oscuro, heredados de la madre filipina, muerta hacía años, junto a una sustanciosa fortuna que su padre, con gran habilidad, había multiplicado en inversiones textiles. El resto de la mesa se iba llenando aleatoriamente de hermanos, parientes y amigos, que también aleatoriamente vivían o pernoctaban allí.
Sorprendida, Ignacia no acertaba a comprender el aparente caos de esa mansión en la que ella no tenía ningún cometido, ni el trato correspondiente a la señora de la casa. Las disposiciones las tomaban entre la tía Juana, de sonrisa enigmática tras sus estrechos ojos, pocas palabras, pero dichas con autoridad de hielo y una recua de mujeres de servicio instaladas ahí desde antes de que muriera “la señora”, la auténtica, que hacían y deshacían a su antojo.
La casona, enorme, insolente, despuntaba en un cerro algo alejado del pueblo, pero cerca de las fábricas textiles donde acudía a trabajar toda la parentela presidida por el abuelo. Sola en la casa, iba descubriendo con curiosidad habitaciones, el desván, el sótano, pero siempre surgía alguna de las mujeres de servicio o la tía, que con el gesto torcido le recriminaban que esas habitaciones no se abrían. Si necesitaba algo que no dudara en pedirlo. Se fue recluyendo en su cuarto de estar lleno de cretonas y comodidades, pero en el que cambiar un mueble de sitio o un almohadón era un auténtico desafío al sistema establecido. Cuando se lo contaba a su marido, adorable, sonriente, le pedía extrañado, hasta incómodo que no le diera importancia, ella era su diosa y también de la casa. Desde que murió su madre siempre fue así y todo tenía su orden, que no se empeñara en hacer cambios, afirmaba contrariado.
— Cuando lleguen los hijos, la felicidad será completa, mi amor — le susurraba tras unos sinceros besos.
Para regular su día empezó a asomarse puntualmente a ver desde su balcón la llegada del tren. El imponente sonido del pitido y la nube de vapor que cada tarde surgía al entrar en la estación le seducían. A la hora en punto estaba atenta para verlo y empezó a pensar que le gustaría subirse, ir de viaje. El ruido de la locomotora al alejarse le producía un gran desconsuelo y le pidió a su amable marido que se fueran lejos, solos.
— ¿Para qué?, si acabamos de volver —le decía amoroso—. Y si el niño ya está en camino, no debería moverse.
El niño nació y unas experimentadas manos enseguida lo tomaron bajo su cuidado. Si ella había criado al padre cómo no iba a ocuparse del pequeño, rezongaba Aurelia, con manos firmes y oscura sonrisa desdentada.
— Usted a descansar, que no tiene experiencia.
En cuanto se repuso decidió bajar a la estación a una hora en que la casa dormía la siesta para presenciar de cerca la llegada del tren. El vapor la inundó de un olor intenso a carbonilla y pensó que el momento tenía la magia de hacer desaparecer los contornos en una densa nube. Sentada en uno de los bancos observaba a la gente con bultos, maletas, gallinas en cajas, niños, y volvió a su casa animada de ver un mundo diferente al que se encerraba en su preciosa mansión. Cada tarde se iba, nadie parecía echarla de menos. Empezó a estar más contenta participando en las conversaciones, a decir si algo no le gustaba de la comida y un día decidió sentarse en la cabecera frente al abuelo.
— ¿No soy la señora de la casa? Pues el sitio que me corresponde es este —afirmó severa bajo la mirada de fuego de la tía Juana.
La sorpresa del abuelo y de su marido, que le cedió graciosamente la silla, les dejó sin palabras.
…Después de que se deshiciera la nube de vapor y las personas emergieran igual que apariciones, se acercaba a charlar con ellos por si tenían necesidad de alguna indicación o ayuda con los niños. Al cabo de un tiempo reconoció a una mujer que venía todas las semanas y la miraba con cierto desafío y una inclinación de cabeza, hasta que una tarde acercándosele le preguntó en un tono adusto si la china, esa mala mujer, seguía en la casa, y le hizo una confesión que la dejó envarada. No volvió nunca a verla.
Una tarde, el jefe de estación estaba hablando con su suegro en el despacho, y una vez que se hubo marchado el hombre la llamó con toda la severidad institucional que le definía.
—Tú eres la señora de esta casa, la más importante y rica de la comarca—afirmó con una terrible expresión en las cejas—. No puedes ir y menos hablar con desconocidos en la estación —tras un prolongado silencio continuó con tono enfático—. Te debes al nombre de tu marido y a la dignidad de esta familia.
Con una voz muy suave le confesó que ella no era nadie allí, y se iba a la estación porque era el único lugar dónde había vida. Le extendió una cartita escrita con su letra aguda de colegio de monjas, en la que exponía sus condiciones y un escabroso secreto de la falsa filiación de su “cuñada” Juana y de la muerte de su mujer.
—Si no, querido suegro, no bajaré más a ver cómo llegan los trenes —suspiró con melancolía—. Me iré con mi hijo en el primero que salga.
Y torciendo un poco su adorable cara, éste no sería un buen ambiente para su nieto y heredero, aseguró.
A la mañana siguiente desfilaron entre lamentos y caras agrías, la tía Juana, la recua de mujeres e Ignacia abrió ventanas y cuartos, despachando a parientes gorrones y con tranquilidad esperaba ver crecer a sus hijos siendo la diosa, la señora de la casa, como le prometía su sonriente, amable e inútil marido.