lunes, 17 de mayo de 2021

Paula de Vera García: Viaje a un paraíso: Diario de una voluntaria en Etiopía (Parte II)

 


21: 15 de la noche (hora española) – 0:15 de la madrugada del 24 de julio (hora etíope)


Acabamos de aterrizar y todos salimos en tropel del avión. Bajamos por una escalera algo destartalada hasta un autobús de pista que nos lleva a las inmediaciones del aeropuerto. Cuando bajo, después de pasar por la sala de recogida de equipajes, me dirijo al exterior para coger un taxi que me conduzca a la capital, puesto que el aeropuerto está a 8 km. Por suerte, hay varios a esas horas. Subo la maleta a uno de ellos, bastante viejo y descolorido, y me acomodo en el asiento trasero. En inglés le indico al conductor, un hombre maduro de mandíbula prominente, la dirección del hotel en el que me hospedo. Él asiente silencioso con la cabeza a la vez que arranca. Sé que lo normal es acordar antes el precio del trayecto, pero estoy tan cansada que no me apetece regatear. El motor produce un sonido chirriante y violento antes de empezar a movernos. La noche está clara y los áridos campos sembrados se ven bajo la luz de la luna. La carretera no es ninguna maravilla y paso la peor media hora de mi vida, entre tumbos y bandazos. 

Al fin, llegamos a la puerta de mi hotel. Saco el billetero para pagar y acto seguido salgo del vehículo, ligeramente mareada. Con esfuerzo, saco mi equipaje del maletero y entro en el hotel. Estoy agotada: pido la llave, subo de inmediato a mi habitación, arrojo la maleta y la mochila a una esquina y me tiro sobre la cama, aún vestida. No tengo fuerzas ni para desnudarme.

 

24 de julio, 11:25 de la mañana

 

Esta mañana he ido temprano a la embajada española en Addis Abeba. Recomiendan a todos los turistas españoles hacerlo al llegar al país. Allí me han proporcionado el teléfono de una oficina de “Ayuda en África” en la ciudad y, tras muchos trámites verbales, he conseguido entrevistarme con ellos. Les he expuesto los motivos de mi viaje y me han agradecido el interés, puesto que ahora mismo los voluntarios extranjeros escasean bastante y siempre viene bien que alguien del “Primer Mundo” venga a echar una mano.

Después, me han prestado un coche de alquiler, me han entregado un plano y dos bidones de combustible y me han indicado la ruta más rápida para ir a Shebedino. Está lejos, pero pasaré por varias ciudades donde podría abastecerme, llegado el caso. Me han asegurado que la red de carreteras es buena.

 

Al cabo de varias horas de viaje −demasiadas para mi impaciencia, creo− llego a las inmediaciones del pueblo de Abadi. Las manos me tiemblan mientras freno y salgo del coche. Una turba de niños sale de entre las casas, alertados por el ruido del motor, y me rodean entre gritos de curiosidad. Yo me quedo rígida, sin capacidad de reacción debido a la sorpresa. En ese momento, un hombre sale del pueblo y se acerca al grupo gritando para que se dispersen. Me relajo al ver que lleva una camiseta con la insignia de “Ayuda en África”. Su oscura cabeza rapada refleja la luz del sol. Cuando llega a mi altura me estrecha la mano y se presenta: Salim Teklu. Me quedo de piedra.

 

24 de julio, 14:02 de la tarde

 

Después de dejar mi mochila en la sede de la ONG −una pequeña casa prefabricada de color blanco− y conocer al resto de los voluntarios, Salim me conduce hasta el hogar de Abadi. Es una pequeña cabaña a las afueras, cuyas paredes son de caña y barro y cuya techumbre cónica está forjada con ramas. A medida que me aproximo comienzo a ver a los miembros de la familia: Sube, el padre, se acerca a la cabaña tirando del ronzal de una vaca algo huesuda; Genet, la madre, está en la puerta, sentada en el suelo, moliendo algo sobre una piedra plana. Dos niños juegan a su lado. Uno es poco más que un bebé, pero su hermano es más mayor. Lleva unos pantalones cortos de color caqui y una sudadera azul. Ese es Abadi. Conteniendo la respiración, espero a que Salim me presente. Noto como todos me miran con sorpresa y me sonrojo. Genet se inclina sobre Abadi y le susurra algo al oído. 

Debe de ser algo bueno, porque él me sonríe, se me acerca corriendo y me coge de la mano, tirando de mí hacia la cabaña. Ante mi estupor por esta acción, Sube se apresura a aclararme, en un inglés medio, que no me preocupe, que él sólo quiere enseñarme sus juegos y las cosas que construye. Yo acepto y sonrío también a mi ahijado, mientras él me arrastra hacia las profundidades de la cabaña. 

Su familia y Salim entran detrás y esperan sentados en el enorme hueco central de la vivienda, alrededor de un pequeño hogar, ahora apagado, que hace las veces de cocina y de estufa. Creo que es evidente que estoy encantada de estar aquí. Tengo tantas cosas que preguntar sobre Abadi y su familia, acerca de cómo viven y cuáles son sus sueños de futuro. 

Ahora sostengo en mi mano un carro rudimentario fabricado por mi niño con sus propias manos y pienso que, realmente, de ahora en adelante deseo dedicarme a ayudar a estas gentes a prosperar y salir de esta pobreza en la que tratan de sobrevivir. A pesar de la adversidad, y eso es lo más curioso, nunca pierden la alegría ni las ganas de agradar. Desde luego, si algún año puedo cumplir mi sueño, no dudaré en empezar a ayudar en Etiopía a aquellos que más lo necesitan. Pero, sobre todo, a aquellos que siempre, sea cual sea la circunstancia, te reciban con una sonrisa y los brazos abiertos…

 

Relato completo seleccionado de la convocatoria “Madrid Rumbo al Sur” (2017) 

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