La tía Aleida sentía pasión
por los perros, los gatos, los peces…, por todos los animales, sin excepción.
Hasta los de dos patas como vosotros, nos decía.
Tenía una casa de edad indeterminada,
dos siglos más o menos, porque con sus manos la había levantado el tatarabuelo,
cuando decidió casarse con la chica más bonita de toda la comarca. Había cubos
colocados de forma estratégica por todas las habitaciones, por si llovía. Quien
la mirase con ojos críticos podría pensar que era vieja, destartalada, a punto
de caer. Para nosotros: un palacio.
Con cuatro dormitorios, donde
en vez de camas había dos literas en cada pared, en el dormitorio principal una
sola cama enorme, la de nuestra tía; un aseo, una cocina, un patio con una
ducha y a orillas del mar Mediterráneo a su paso por La Mata. ¡Qué más se podía
pedir! ¡Ah!, y en la puerta restos de la barca del abuelo, donde navegábamos de
forma imaginaria por los cinco continentes. Aquella casa tenía sabor a sal, a
bocadillos de calamares, a limonada.
Allí nos reuníamos en julio y
agosto los dieciséis sobrinos. A la vez, nada de uno en uno. Nunca fui tan
feliz como en aquella época. Todo el día en la mar, en la arena, bailando las
cometas, dando patadas a un balón, pescando…
Si ahora cierro los ojos veo
y escucho a la tía Lello, como la llamaba la cuadrilla, con una bandera blanca
para nosotros, un paño de cocina para ella, gritarnos desde la puerta:
¡Cabras!
¡Regresad al redil!
Y sabíamos que era la hora de
desayunar, comer, merendar o de cenar.
© Marieta Alonso Más

Son recuerdos que se quedan en la mente y son imborrables, es felicidad 🤗🤗
ResponderEliminarAsí es. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo
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