El día había amanecido
impreciso, como si no supiera qué hacer o dónde meterse, como si le diera un
poco de apuro arrancar por falta de plenitud. Parecía que iba a llover, pero
las nubes no se mostraban dispuestas a descargar, mientras el sol, con su innata
timidez a cuestas, pese a ser el astro rey y dominar la totalidad del entorno, lo
que deseaba en realidad era abrirse paso a zarpazos lentos entre colores
grises, dorados y malvas, y no se atrevía a hacerlo. Un poco cobarde el sol.
Allí
abajo, donde la humanidad habitualmente se desgranaba en una lucha constante,
ya fuera cruenta o incruenta —eso, en realidad, era lo de menos—, una multitud,
formada en principio por unas decenas de personas, avanzaba por calles y
plazas, camino del parque, el único existente en aquella pequeña ciudad de
provincias. El parque, en consonancia con el entorno, también era pequeño; se
extendía a lo largo de un par de kilómetros, contaba con una fuente, algunos
bancos de madera, veredas diminutas que lo atravesaban de lado a lado, rocas
diseminadas por doquier, parterres de flores y árboles que se desperezaban por
las mañanas y ronroneaban por las noches con el cántico del ocaso. Y allí, en
ese parque de hadas y gnomos, decían que estaba ocurriendo el suceso
extraordinario que tenía atónita y expectante a media humanidad.
Decían…
a saber cuál era la verdad.
Al
comienzo fueron pocos a los que atrajeron los murmullos que corrían de boca en
boca, los comentarios, explicaciones, aclaraciones, apostillas y opiniones, que
iban incrementándose minuto a minuto, y a continuación se fueron uniendo a la
masa multitud de cotillas, de curiosos, de observadores y de fisgones, porque
nadie podía creerse lo que se había escuchado, lo que se decía y comentaba, lo
que corría de boca en boca, porque los rumores aumentaron y aumentaron,
crecieron y se dispersaron, formaron una bola enorme que de inmediato se
extendió, aunque suponían que aquello que se oía no podía ser posible. ¿Cómo
iba a serlo? Sí lo había sido allá en épocas pasadas, cuando todo era
diferente, cuando primaba el pensamiento por encima de la miseria, cuando la
luz de la razón iluminaba al mundo, cuando el ser humano dominaba, pero en
aquellos tiempos modernos y tecnológicos donde casi todo lo anteriormente
improbable era factible y hasta la propia inteligencia había llegado a transformarse
en artificial, resultaba bastante difícil, por no decir casi imposible, que
sucediera aquello que se rumoreaba. ¿Cómo iba a serlo? ¡Cielo santo, a estas
alturas de la vida!
Y la multitud fue aumentando a
medida que recorría las calles. La noticia saltaba de un lado a otro, de
esquina en esquina, de rincón en rincón, subía y bajaba por los vericuetos
existentes entre la realidad y la irrealidad, palabras que no podían ser
ciertas por inverosímiles, frases que se acumulaban, que se espiaban unas a
otras, que se aturullaban, y habían llegado a oídos de todos aquellos que habían
emprendido su camino hacia el pequeño parque, quienes se miraban asombrados,
alucinados y extasiados. No es posible, eso ya no sucede, nadie podía creerlo…
A
ellos, a los ya centenares de curiosos incrédulos se fueron uniendo y reuniendo
personas de mayor importancia y categoría, algunos periodistas, varios
locutores, directores de agencias de noticias, un concejal del Ayuntamiento, una
subdirectora de asuntos sociales, incluso algún político que curiosamente se
sentía atraído por la cultura; tres cadenas de televisión, dos emisoras de
radio, algunos medios independientes, cámaras, teléfonos móviles, vídeos, sin
olvidar a ciertos influencers, a los que pareció asombroso lo que estaba
ocurriendo… o lo que decían que estaba ocurriendo. Estos últimos lo comentarían
en sus canales, suponiendo que fuese cierto, algo que dudaban porque ellos
sabían, más que nadie, que corrían cientos de bulos, de noticias falsas, de
embustes, mentiras y patrañas y que la mayoría se limitaban a ser… eso: simples
patrañas inventadas para atraer mayor atención, obtener más seguidores o conseguir
más adoradores, lo cual, en aquellos maravillosos tiempos, tenía su importancia.
¡Si tuviéramos que creer todo lo que se dice…! Por esa razón estaban allí, para
contemplar lo increíble, para ser testigos de lo inverosímil, para dar fe de
aquello que se comentaba que estaba sucediendo y nadie podía creer.
Cada vez eran más y más, e iban
aumentando, llenando calles y plazas. En un período de tiempo muy breve, en lo
que tardaban en recorrer un par de manzanas, los cientos de seres humanos
pasaron a ser miles, el número se incrementaba, la multitud crecía y crecía, y
todos caminaban decididos hacia una meta definida.
Antes de terminar la mañana, la
pugna entre los astros quedó resuelta y, finalmente, venció el sol, que se
abrió paso entre las nubes y triunfó por encima de cualquier obstáculo. Salió
enarbolando su bandera de sonrisas y quedó implantado, especialmente para
contemplar el curioso espectáculo que se desarrollaba allí abajo, a sus pies.
Entre
la multitud, ya formada por varios miles de personas que en ocasiones se
pisaban, intercambiaban palabras subidas de tono e incluso se insultaban, se
produjeron altercados, que no pasaron a más gracias a la intervención de la
policía. Un grupo de agentes a caballo se había unido a la masa justo antes de
llegar a la Plaza Principal, ya a pocos centenares de metros del parque, y
cuatro coches patrulla acompañaron a la gran multitud que ya se había formado,
inundando calles y plazas. Y la masa, cada vez más apretada, cada vez más
numerosa, fue caminando y caminando, y llegó finalmente a su destino. Todos se
detuvieron. Por las pieles de aquellos seres nerviosos y abigarrados se
extendió un suspiro infinito.
Frente
a ellos estaba el parque.
Las puertas de aquel recinto chiquito
y coqueto permanecían abiertas, como solía ser habitual, pues solo se cerraban de
noche, a partir de las nueve y media, cuando la oscuridad podía poner en
peligro la inocencia, un hecho que nadie deseaba. Por el parque, todo teñido de
esmeralda y amatista, siempre paseaban parejas, familias, mujeres acompañadas
de niños, algún ente solitario, poetas, pintores, fotógrafos, creadores de
sueños, inventores de fantasías y seres de lo más variopinto, porque hacía un
día espléndido y el sol acariciaba con un encanto especial, como solo sabe
acariciar el sol, y resultaba una verdadera delicia abandonarse al calor y permanecer
allí, tranquilos, quietos, en brazos de sus rayos repletos de vida.
El recinto palpitó como nunca ante
la presencia de cientos de miles de personas que, en realidad, ignoraban lo que
iban a encontrar, pero se sentían increíblemente atraídas por el misterio, la
intriga y la incógnita que representaba toda aquella aventura. Porque para
ellas sería una verdadera aventura tener delante la visión de algo casi
desaparecido.
La
multitud atravesó las verjas de hierro y caminó lentamente por las veredas
ocupando gran parte del espacio, porque eran muchos, y cada vez más y más a
medida que avanzaban. Los parterres se llenaron, el césped quedó vilmente
pisoteado, los árboles, la fuente e incluso los pájaros recibieron asombrados a
tan increíble horda de seres humanos, pues no recordaban haber visto a tanto
público reunido en toda su existencia. La masa se extendía por la totalidad del
parque e incluso más allá. Todos caminaban, todos comentaban, todos deseaban
ver lo que parecía imposible, todos continuaron andando, casi pisándose unos a
otros, hasta llegar a un claro. Era evidente que la totalidad del público
asistente no tendría visibilidad, pero los de las primeras filas comentarían,
tomarían fotos y grabarían lo que allí estaba sucediendo, y la realidad, si es
que existía tal realidad, correría de boca en boca y de teléfono en teléfono, y
todos ellos podrían ver con claridad aquello que unos cuantos elegidos tenían
delante.
Se
detuvieron al unísono y allí estaba ella, sí, era cierto, lo que decían era
cierto: la contemplaron y admiraron; suspiraron, abrieron los ojos, sin
palabras, con gestos de sorpresa, de incredulidad y de escepticismo. Muchos
ohhhh, ahhhh, ehhhh salieron de sus bocas pasmadas. Increíble, imposible, no
puede ser, era verdad, no era un bulo, no era mentira, ha ocurrido, está
ocurriendo en este instante, mirad, observad, contemplad, admirad, quedaos
pasmados, lo estamos viendo con nuestros propios ojos, la realidad no miente,
la realidad está ahí, no hay la más mínima duda. Y todos observaban como un verdadero
espectáculo aquel suceso extraordinario y único en aquella época, mientras,
atónitos y asombrados, abrían ojos y bocas al mismo tiempo.
El
sol sonrió colgado del firmamento.
Allí, en el pequeño parque vestido
de verde, sentada sobre una piedra con restos de moho, rodeada de naturaleza,
ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, sin importarle los murmullos, los
sonidos o las palabras que alborotaban el aire y sin hacer el mínimo caso al
entorno o a cualquier distracción, había una joven rubia y muy bella. La joven
rubia, bella y con la paz y la tranquilidad retozando por su cuerpo, no debía superar
los veinte años. Tenía la piel pálida, los ojos bajos y los labios apretados, y
estaba muy concentrada en desempeñar una fantástica labor que, ¡oh, maravilla
de las maravillas! ¡oh, suceso de entre los sucesos!, ¡oh, fantasía de las
fantasías!, ya había quedado casi olvidada entre las simas de la tecnología y
la incongruencia: estaba leyendo un libro cuyo título permanecía oculto tras
sus manos blancas.
©
Blanca del Cerro

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