A mis amigos de San Lorenzo
El coche avanza por el camino arbolado con una lentitud que permite a Elisa disfrutar de los colores del otoño. El verde que se desvanece, transformándose en amarillos y ocres, los charcos originados por la lluvia del día anterior y, a lo lejos, recortándose contra esa mágica naturaleza, la silueta de las casas del pueblo. Ama ese lugar en el que transcurrió buena parte de su vida, no así la «fiesta» que le espera.
No recuerda cuándo empezó la tradición ni de quién fue la idea, solo que teme la llegada del mes de noviembre. Cuando empieza la época de las setas, el grupo de amigos se vuelca en el recorrido por el bosque en busca de hongos. Ella saborea del paseo, del ruido silencioso de los árboles, de las risas y de alguna voz alegre que ha encontrado un buen ejemplar. Lo que detesta es el regreso a casa para prepararlos.
Hace tiempo a alguien se le ocurrió organizar un concurso de tapas. Todos los vecinos deben participar y preparar algo original, sabroso y con buena presentación. Un jurado dictamina quién es el ganador, al que se le entrega un cucharón de madera que va pasando de uno a otro, año tras año.
A Elisa no le gusta cocinar y detesta las competiciones. Ni siquiera practica deporte alguno y se aburre terriblemente cuando una conservación versa sobre ellos. Durante años hizo trampa: Virginia, su fiel cocinera, las creaba y ella las presentaba, pero la noble mujer se jubiló el pasado verano y ya no confía en nadie que no sólo las prepare, sino que mantenga la boca cerrada. Ese secreto ni se lo confió a Jesús, su marido.
Pobre Jesús, desde su retiro del banco parece distraído, ni siquiera se anima con la pintura que antes le gustaba tanto. Lo recuerda en la casa del pueblo, ataviado con un delantal y sombrero frente a un lienzo, captando los colores y las formas de ese paisaje maravilloso que se extiende frente a él. Ya no es el de antes.
Fue en ese mismo coche, cuando ella se dio cuenta de que empezaba una nueva etapa. Se habían detenido ante el hotel donde se celebraría la junta de accionistas, esa en la que su marido pasaría el testigo a otro en calidad de presidente. Lo vio descender con paso lento y pesado. Elisa cerró los ojos y se quedó en el vehículo unos minutos en tanto se enfundaba los guantes y arreglaba el pañuelo alrededor del cuello.
Mientras siguen adelante por el camino de los nogales, ella le aprieta la mano. Él sonríe. Ya han llegado a la casa y el hombre pregunta:
—¿Cuándo vamos a ir a recoger setas?
—Han quedado pasado mañana, nos levantaremos temprano.
No sabe cómo librarse del concurso posterior. ¿Me pongo enferma? ¿Tengo que volver a la ciudad por un tema importante? Nadie lo creería.
El día del concurso se levanta a las siete. De pronto, oye ruido en la cocina…, no puede ser la asistenta, es demasiado temprano. Incrédula, ve a Jesús enfundado en un mandil rodeado de setas, hortalizas, masa de hojaldre y un montón de cosas más.
Él se da la vuelta, con mirada pícara se acerca a su mujer y le dice:
—Hace años que lo sé. Descubrí a Virginia preparando tus tapas y no tuvo más remedio que contármelo. —Revuelve la cebolla para que no se queme, —y ahora, como tengo tiempo de sobra, investigo sobre cocina para liberarte de esto que sé que para ti es una tortura.
—Pensé que pasarías el día pintando —contesta ella abrazándolo por detrás.
—Eso más tarde. De momento tengo que mantener tu secreto —arregla un mechón de pelo de la mujer—. Ya eres demasiado perfecta, no necesitas también saber cocinar. Además, he leído en alguna parte que la familia es la esencia del deber ante Dios.
No ganaron el concurso, pero eso ¿a quién le importa?

No hay comentarios:
Publicar un comentario