Es increíble todo lo que
pueden llegar a hacer las palabras: pueden herir y sanar, alterar o
reconfortar. Pueden ser sinceras o falsas, pensadas o espontáneas…, y son uno
de nuestros mayores tesoros.
Las decimos, las escribimos,
las leemos y compartimos. Aprendemos con las palabras prestadas de otros y
también transmitimos a otros. Hay palabras que es mejor no decir. Porque no
hacen falta.
Las que juzgan sin intentar
comprender. Las que son falsas. Palabras de maledicencia o de crítica injusta,
de chismorreo y de condena. Palabras innecesarias, o cháchara para llenar
silencios que asustan. Palabras de burla que ignoran el dolor del débil. Palabras
que apuñalan por la espalda.
Es mejor callar aquello en lo
que sabemos que no estamos siendo honestos, o lo que no diríamos en persona.
Callar aquello que levanta muros y genera desconfianza y fracturas.
Es mejor callar lo que
envenena los sueños y marchita la vida.
¿No
os parece?

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