martes, 17 de marzo de 2026

Maldad: ausencia de bondad

 


Grupo escultórico de Caín y Abel en Bagnères-de-Luchon


Sócrates identificaba el mal con la ignorancia. Para Platón el mal era aquello en lo que no participaba la idea del Bien. El «problema del mal», según Epicuro: «Si Dios puede, sabe y quiere acabar con el mal, ¿por qué existe el mal?».

A lo que el teólogo del siglo V, Agustín de Hipona, dio varias respuestas: Dios creó todo bueno. El mal no es una entidad positiva, luego no puede «ser», como afirman los maniqueos, pues el mal es la ausencia o deficiencia de bien y no una realidad en sí misma. Dijo que cuando se siente que no hay sentido en la vida hay un vacío, y que el mal se da por decisiones propias. Argumenta que los seres humanos son entidades racionales. La racionalidad consiste en la capacidad de evaluar opciones por medio del razonamiento, por consiguiente, Dios les tuvo que dar libertad por naturaleza, lo que incluye poder elegir entre el bien y el mal. A esto se le conoce como la defensa del libre albedrío. El teólogo del siglo XIII, Tomás de Aquino sistematizó la concepción agustiniana del mal, completándola con sus propias reflexiones en la Summa Theologica.

Maquiavelo creía que el ser humano no era ni bueno ni malo, pero que podía llegar a ser lo uno y lo otro. De manera que no resultaba aconsejable confiar en la buena voluntad de los hombres.

Para Thomas Hobbes el hombre es malo por naturaleza y a causa de un egoísmo fundamental y por un primario instinto de supervivencia en la guerra de todos contra todos, «es un lobo para el hombre».

Spinoza afirma que lo bueno es todo lo que es útil para nosotros, mientras que el mal es «lo que sin duda sabemos que nos impide poseer todo lo que es bueno».

Leibniz afirma en su Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710), que el bien es más abundante en el mundo que el mal, porque vivimos «en el mejor de los mundos posibles». 

David Hume, en su obra Diálogos sobre la religión natural (1755), vuelve a formular el problema en los términos en los que ya lo había formulado el griego Epicuro: «¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?».

Rousseau afirmaba que «el hombre es bueno por naturaleza» y es la sociedad la que lo corrompe; asimismo, «no hacer el bien ya es un mal muy grande».

Voltaire, en cambio, no distingue entre el mal de la naturaleza o físico y el mal moral o perversidad y rechaza la doctrina del pecado original, pero sin embargo proclama la existencia del dolor y su conciencia en el hombre y el beneficio de la esperanza.

Edmund Burke afirma que: «para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada».

En Kant, el ser humano tendría una propensión hacia el mal, a pesar de su disposición original para el bien. La tarea del bondadoso sería, pues, según su imperativo categórico, la de dar ejemplo como héroe o mártir.

Ya en el siglo XIX, Arthur Schopenhauer sostuvo que el mal es algo real, siendo este la norma más que la excepción y que el bien es la ausencia del mal.​ Y concluyó que vivimos en el peor de los mundos posibles.

Nietzsche intentó redefinir la ética en su Más allá del bien y el mal (1886), y afirma que hay que superar la moral judeocristiana.

La RAE define «entender» como: tener idea clara de las cosas, saber a la perfección algo, conocer el ánimo o la intención de alguien, captar el sentido de algo, considerar, opinar.

 

A veces,

es difícil entender al ser humano, ¿verdad?

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