Conjunto de signos de la vía
pública que establece un lenguaje general para transitar por caminos y
carreteras.
Tienen su origen durante el
imperio romano. Los llamaban miliarios y eran columnas de piedras donde se
recogían diversos datos: destinos, distancias, nombre de la vía… Y fue el Miliario de Oro, erigido en Roma, el
que marcaba el inicio de todas las calzadas del imperio y en el que estaban las
distancias desde ese punto a las principales ciudades.
El primer semáforo del que se
tiene constancia se puso en Londres en 1868, junto a la abadía de Westminster. John
Peake Knight lo creó. A los pocos meses de ser instalado explotó de manera
accidental. Contaba con dos lámparas de gas y unos brazos mecánicos: durante el
día, el brazo vertical indicaba «seguir» y en horizontal había que «parar». Por
la noche, el gas prendía una mecha de dolores rojo y verde que debía accionar
un policía.
Será a finales del siglo XIX
cuando surja en Alemania la primera señal de tráfico moderna. El STOP. Una
señal metálica con forma de calavera que se iluminaba de noche.
En 1909, en París, se establecieron
las primeras señales de tráfico comunes en Europa. En España el primer semáforo
se instaló en 1926, en Madrid, en el cruce de las calles Alcalá y Gran Vía.
No fue hasta la década de los
cincuenta cuando se introdujeron las célebres figuras humanas que resaltan
sobre los colores para regular a coches y peatones.
Poco a poco se generalizó el
uso de las indicaciones de circulación y en 1968 los países europeos unificaron
sus señales con el mismo criterio. Cada señal tiene una forma diferente: las triangulares,
son señales de peligro; las circulares son señales de prohibición y las
cuadradas y rectangulares informan u orientan.


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