—Me voy a Afganistán —dijo la ministra de
igualdad tras escuchar las terribles noticias con las que amaneció aquel día un
poco gris y un poco melancólico.
Las imágenes en la televisión parecían
angustiosas. Invasión y dolor.
—Yo me voy contigo a ayudar a aquellas mujeres que tanto nos necesitan —respondió
resuelta la ministra de sanidad—. En
estos momentos, lo estarán pasando muy mal y todas las manos son pocas.
Hasta el viento se había calmado y
parecía escuchar sus palabras.
—Pero antes, —terció la ministra de derechos
sociales— donaremos nuestros sueldos a la causa durante el tiempo que sea
necesario. Prescindiremos de ese dinero que tanta falta les hace a esas pobres mujeres.
Es lo mejor que podemos hacer.
Ellas, las tres flamantes ministras, henchidas
de orgullo y filantropía, se dispusieron a hacer las maletas y a emprender el
viaje hasta aquel país que acababa de ser invadido y en el que las mujeres
serían el blanco de las iras de muchos locos. Ellas, las tres ínclitas
ministras, deseaban ayudar en lo que fuera necesario, además de entregar todo
el amor que rebosaba en sus corazones y un pequeño pellizco de su dinero. Ellas,
las tres magníficas ministras, querían ser un ejemplo vivo de todo lo que
habían enseñado, divulgado, defendido, pregonado y difundido. Por eso se
marchaban con el alma rebosante de felicidad.
En la lejanía sonó un trueno.
En ese momento, poco antes de las siete de la
mañana, desperté. Hora de ir al trabajo. Miré al techo y me froté los ojos.
No podía creer lo que había soñado. Un sueño,
había sido un sueño, una verdadera pesadilla cargada de fantasías tan irreales
como absurdas.
Tres ministras pregonando sus ideas y siendo
coherentes con las mismas, algo netamente imposible e inviable, a la par que
fantasioso: Afganistán, sentimientos filantrópicos, ayuda, entrega, amor,
solidaridad, altruismo, humanidad, hermandad, camaradería, fraternidad…
Un profundo suspiro me acompañó.
La imagen de las tres ministras
bailaba ante mis ojos. Qué sería del mundo sin fantasía o sin imaginación,
pensé mientras me estiraba.
Finalmente me levanté guardándome una sonrisa socarrona
en los labios y me dispuse a enfrentarme a la realidad del día a día, la
verdadera, la que no miente, la que se encuentra a la vuelta de la esquina de
casi todas las vidas.

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