domingo, 1 de diciembre de 2013

Amantes de mis cuentos: El origen del fuego








Desde hace muchos años, todos los días, el rey sol se oculta tras las montañas. Entonces la oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas. Grandes y pequeños pasamos muchas horas, tumbados en el suelo, sobre nuestras pieles, unas veces dormidos y otras veces despiertos, esperando que la luz del sol surja de nuevo desde el este.

Un día el cielo se nubló y grandes golpes se sintieron en él. Un rayo de luz fue a caer entre los árboles que estaban cerca de nuestra cueva. El bosque se iluminó y nuestro jefe se reunió con el concejo de ancianos pudiendo comprobar que cuando aquélla luz llegaba al agua del río, se apagaba. Tomaron un palo y lo acercaron a aquella cosa roja y amarilla y pasó al palo que tenían en sus manos. Uno de los ancianos se acercó a la flama, hizo fufú y se apagó. Volvieron con el mismo palo a coger más y así hasta que el palo se fue consumiendo y el jefe se quemó. Tiraron el trozo de palo que quedaba y durante varios días al jefe le dolió mucho la mano. Otro de los ancianos se acercó al bosque incendiado y se puso a olisquear de manera muy profunda. De pronto se cayó sin quemarse, sin que nadie le hiciera nada y se murió. Los mayores dijeron que esa incandescencia era la ira de un dios muy malo.

Llegó la hora de marchar al hogar ocre del otoño, detrás llegó el blanco invierno sin ruido y más tarde la primavera nos visitó con lluvias y flores. Cuando regresamos después de muchas lunas al campamento de verano, pudimos comprobar que los árboles seguían igual de negros, tal como los habíamos dejado. No tenían hojas ni frutos. Lloramos al verlos tan feos y nos marchamos a otra cueva dejando aquélla que habíamos habitado durante tanto tiempo.

Un día los ruidos en el cielo comenzaron de nuevo y volvimos a vivir la experiencia de la vez anterior, con la diferencia que ahora la mujer del jefe tomó el mando gritándole a todos los niños: ¡Fuera de aquí!, a los hombres les dijo que se pusieran trapos en la boca y de ser posible que no respirasen, pero eso no podía ser. Luego dijo que se guardase aquella luz porque nos podía servir para ver de noche. El jefe asentía con la cabeza a todo lo que decía su mujer. Así que prepararon una pila con trozos de madera en un lateral de la cueva. Ya éramos dueños del fuego.

Las llamas nos daban luz, calor y encima las alimañas se alejaban de ellas. Eso era bueno. Nos podíamos ver unos a otros y nos familiarizamos con unas sombras que antes no conocíamos. Un día no sé que pasó que se apagó y nos quedamos de nuevo a oscuras. El fuego era objeto de grandes cuidados y cuando se apagó menuda reprimenda para el hijo del jefe que fue el que tuvo tal despiste. Le castigaron a ser el hazmerreír de todos. El concejo de ancianos se volvió a reunir. No quedaba más remedio que esperar una nueva tormenta para volver a tener luz. El chico se sentía muy mal. La rabia y el dolor que sentía no era solo por las burlas recibidas sino que su padre en vez de llamarle la atención le había mirado con gran tristeza. Se sentó en un tronco con dos palos y comenzó a frotarlos con tal furia que los palos echaban chispas hasta que uno de ellos volvió a tener luz. Corrió hasta donde estaba sentado su padre y al llegar no pudo enseñar lo que llevaba, se le había apagado. Volvió a frotar dos palos delante de su padre y consiguió de nuevo hacer lumbre. Su padre le tocó en el hombro. Se sintió feliz.

Ahora todo objeto era motivo de frotación pero solo se consiguió luz con madera y con unas piedras muy duras que llaman silex. Ya no era un misterio hacer fuego.

Una tarde en que comíamos alrededor de la llama y los niños corríamos de un lado a otro, a uno de ellos se le cayó su trozo de carne. Por torpe no tenía derecho a pedir otro. Los hombres de la tribu lo rescataron con un palo y se lo dieron. Tenía tal hambre que con mucho cuidado y soplando para no quemarse, lo probó. Y le gustó tanto que se lo comió en un santiamén. Los demás hombres no se podían explicar por qué aquél trozo quemado era más fácil de masticar que la carne cruda, hasta que comprendieron que estaba más blando. Aunque nuestros dientes eran muy fuertes era de agradecer no pasar tanto trabajo. Por eso todos acercaron su trozo de carne al fuego, a unos se les chamuscó demasiado, a otros menos, otros consiguieron el punto exacto, todo dependía de la habilidad de cada cual. Lo que sí hicieron todos fue soplar antes de meterlo en la boca y fue la comida más rápida que hizo mi tribu en toda su vida.

Desde entonces nuestro pueblo responde al nombre de “los fufú”.


© Marieta Alonso Más

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