sábado, 31 de octubre de 2020

Paula de Vera García: Esto es Halloween (Cars 3 - Halloween 2020)





Cinco años tras la retirada de Rayo McQueen…

Por primera vez en mucho tiempo, Cruz se arreglaba frente al espejo para asistir a una fiesta. La ligera luz de una pequeña lámpara de aceite era lo único que le permitía ver su reflejo en el espejo de la pared. Con cuidado y la ayuda de una antena, se ajustó la tela blanca sobre el techado… Justo antes de que una ráfaga de aire venida de ninguna parte apagase la vela y la dejase totalmente a oscuras.

La noche era cerrada, sin apenas luna. Ni siquiera las estrellas parecían brillar lo suficiente. Cruz se estremeció y miró a su alrededor sin apenas moverse un milímetro. En el exterior de su pequeño dormitorio no se escuchaba nada salvo el silbido del viento otoñal. Tragó aceite y giró a tientas para alcanzar el interruptor de la luz. No estaba segura de que funcionase en una noche como aquella, pero no veía más salida. Al menos, hasta que lo escuchó.

Tres golpes, lentos y apenas perceptibles, sobre la madera del portón frontal de la vivienda.

Lentamente y tragándose el miedo, Cruz avanzó hacia la entrada y alzó la rueda para apretar el botón de apertura del portón, aún semi escondida en la esquina junto a la llave. El portón se alzó muy despacio, una silueta oscura y enorme se dibujó en el dintel... Y cuando Cruz estaba a punto de gritar y retroceder, escuchó:

—¿TRUCO O TRATOOO?

La corredora dejó escapar todo el aire que estaba reteniendo sin querer y se rio, antes de lanzarse tras las dos pequeñas criaturas que, flanqueadas por sus padres, pretendían asustarla. No en vano, era la noche de Halloween.

—Uuuhhhh… —fingió Cruz, moviendo un trozo de tela blanca con la rueda hasta tapar su capó—. Habéis osado despertar al espíritu que vive en esta casa. Ahora sufriréis su venganza… ¡De cosquillas!

Dicho lo cual y ante la risa enternecida de los dos otros dos adultos, la joven Chevrolet amarillo comenzó a perseguir a los dos pequeños coches por entre los conos del motel que había erigido justo al lado. "El Cono Comodín" mantenía su esplendor de siempre; aunque, solo por una noche, habían decidido apagar las linternas y llenarlo todo de velas y candiles que le dieran al conjunto un aspecto más tétrico.

—¡Niños, tened cuidado! —gritó la madre sin poder evitarlo cuando vio que su hijo más pequeño, de unos tres años, derrapaba marcha atrás junto al lobby del motel—. ¡Cruz, no corras tanto!

Ante lo cual, un coche grande y uno pequeño, ambos de género femenino, frenaron en seco a la vez, distanciados apenas un par de metros y la miraron, confusas.

—Solo trataba de jugar con ellos —se excusó la más mayor, pensando que la reprimenda iba por ella.

Sally meneó los labios, consciente de que podía haber sido de más de brusca.

—Sabes que no te lo digo a ti —la tranquilizó con cariño antes de volverse hacia su hija mayor.

La cual, apretando los labios igual que solía hacerlo su padre cuando se disgustaba o quería hacer un puchero, protestó:

—Pero… ¡Mamá…!

Ante lo cual, Sally se mantuvo impasible. Sin embargo, no contestó a su hija, sino que se volvió hacia el otro coche pequeño, que seguía tratando de hacer cabriolas marcha atrás.

—¡Hudson! —lo llamó, ante lo que el pequeño frenó de inmediato y la observó, cauto—. ¡Ten cuidado!

El niño pareció meditar un segundo sus opciones; pero al comprobar que su madre no iba a darse por vencida, optó por acercarse sonriendo con inocencia.

—¿Has visto lo que he hecho? —preguntó, entusiasmado.

—Sí, cielo —repuso su madre con dulzura. No podía resistirse a esos ojos azules—. Pero ya hemos hablado de esto.

Hudson McQueen hizo un puchero como respuesta.

—Pero el abuelo Mater me dijo…

Sally lo interrumpió meneando la cabeza con gesto severo.

—No, cariño. Nada de retrovisores hasta que seas mayor. Ese fue el trato.

—Cielo, relájate —le aconsejó entonces Rayo, que había estado charlando con Cruz mientras Sally reunía a la tropa—. Es su primer Halloween. Déjale que se divierta.

Sally sonrió a medias, dejando ir la tensión en parte y lo miró con ternura. En esta ocasión, él se había disfrazado de vampiro y ella de bruja; algo clásico. Al menos, más que lo de sus retoños: Hudson, con su chapa azul cobalto, sus guardabarros redondeados y el morro un poco afilado, había optado por pintarse con los colores de su súper-coche favorito; mientras que Cruz…

—¡Papá! ¡Papá! —la pequeña de cuatro años se acercó rodando a gran velocidad y frenó justo con un derrape de trescientos sesenta grados frente a sus padres. Al revés que su hermano, era más baja que Hudson, había heredado el morro redondeado de papá y también su color de chapa, un rojo brillante—. ¿Te gusta mi disfraz? ¿Te gusta? ¿Te gusta?

Y antes de que Sally pudiese opinar sobre su última maniobra, un emocionado Rayo pronunció:

—Como las otras veinte veces que me lo has preguntado, estrella: me encanta —aseguró.

Pero, cuando fue a agregar algo más, otro coche apareció en escena.

—¡TÍA NAYA! —gritaron los niños al unísono antes de lanzarse hacia la recién llegada.

Esta los saludó con amor infinito y provocó una nueva sonrisa en el matrimonio McQueen.

—Cruz es igual que tú, ¿eh? —lo pinchó Sally, mordaz.

Rayo se rio por lo bajo, observando a su hija. Llevaba las pegatinas de Rust—eze sobre la carrocería, los rayos en los costados con el número 95 y un alerón falso –Sally se había negado a ponérselo de verdad de momento. Ya habría ocasión si debutaba como apuntaba que iba a hacer, argüía–. Hacía unos meses había encontrado de casualidad las grabaciones de las carreras de Rayo cuando era joven, sus entrevistas y sus primeros anuncios de la pomada Rust-Eze. Para su padre, solo le faltaba dominar el ¡Ka-Chow!, pero tiempo al tiempo.

Cuando la niña había llegado por fin a su vida hacía cuatro años, Rayo era de los que pensaba que no podía ser más feliz de lo que ya lo era hasta esa fecha. Pero el encargo a la fábrica, las pruebas, los diseños...: todo había salido a pedir de boca. Por ello, un año después se animaron a ir a por el segundo retoño.

La elección del nombre de su primogénita había estado reñida entre Nayara y Cruz, ganando finalmente ambas: Nayara Cruz; aunque, para variar, cada parental la llamaba de una manera según el caso.

Por suerte, para el chico no tuvieron dudas: solo había una opción posible.

—¡Mira, mami! —saltaba Hudson en ese momento—. ¡La tía Naya nos ha traído dulces de queroseno de Los Angeles!

—¡Qué bien! —se alegró Sally, sin ganas ya de regañarlos y relajándose un tanto. Rayo tenía razón: una noche era una noche. Y las "tías" al tiempo que madrinas de los pequeños, Cruz y Naya, no estarían más que un día en el pueblo para estar con sus ahijados—. Hola, Naya. ¿Cómo va todo?

Nayara de la Vega sonrió ampliamente bajo su sombrero de La Catrina, con un capó delineado de manera exquisita en forma de calavera. Ni siquiera se veían las cicatrices residuales del accidente que había tenido hacía casi doce años.

—Ahora mejor que he visto a mis pequeños favoritos —los aludidos se rieron cuando trató de empujarlos con el morro sin éxito—. ¿Y vosotros? ¿Cuándo es la próxima carrera?

—En cuatro días —respondió Rayo, haciendo un gesto elocuente hacia Cruz Ramirez—. A ver si este año cae la cuarta Copa.
Naya sonrió.

—Desde luego, el comienzo de temporada promete —alabó a corredora y director, a lo que la primera se sintió muy halagada—. Estoy segura de que lo conseguiréis.

—Eso espero —se animó Cruz—. También es cierto que Storm no está en su mejor época… Crucemos las ruedas.

Rayo gruñó por lo bajo. Aquel prepotente se había bajado un poco del pedestal cuando Cruz ganó su primera Copa cuatro años atrás, pero nunca había dejado de ser como una mosca incordiona en cada entrenamiento. Y la llegada de otros novatos muy preparados –a estas alturas, la tecnología avanzaba a pasos tan agigantados que Rayo casi sentía que sus propias victorias quedaban a un nivel irrisorio– tampoco había ayudado a mejorar su carácter. Pero, por suerte, Cruz había resultado ser una corredora ejemplar que nunca perdía la motivación. Y eso tranquilizaba infinitamente a su director de equipo.

—¡Mamá! ¡Ya es la hora! —gritó entonces Hudson desde la carretera, haciendo gestos con la rueda—. ¡Vamos o nos la perderemos!

—¡Sí! —corroboró la pequeña Nayara Cruz McQueen, imitándolo—. ¡Venga, papá! ¡Que nos lo perdemos!

Rayo se rio mientras avanzaba hacia su hija.

—Estoy seguro de que no me ganas —la retó, ignorando la expresión de falsa molestia de Sally al oírlo.

La pequeña Cruz imitó a la perfección la sonrisa socarrona de su padre.

—Ah, ¿no?  —replicó, hinchándose—. ¿Qué te apuestas?

Rayo, picado en broma, hizo rugir su motor, consiguiendo que Cruz "junior" se envalentonara e hiciese un amago de imitarlo. Para su ligera decepción, sonó algo similar a una moto arrancando a trompicones. Cuando la vio torcer el capó con gesto decepcionado, Rayo se aproximó a su pequeña y la rozó en el costado con el morro.

—Vamos, mi futura campeona. Ya llegará el día en que seas una McQueen hecha y derecha.

La niña pareció animarse con esa expectativa y rodó junto a su padre, henchida de orgullo. Hudson seguía rondando al grupo y experimentando truquitos bajo la atenta mirada de su madre. Pero cuando llegaron a la gasolinera de Flo y se reunieron en torno al Sheriff, el silencio cayó sobre Radiador Springs como un velo:

—Bienvenidos —murmuró el anciano agente, cubierto con una capa negra hasta los parabrisas—. Hoy, noche de difuntos, voy a contaros una historia que ha pasado de generación en generación. Un relato terrible sobre un espíritu que anda rondando estos pagos desde hace años, sin descanso… Hablamos… de la Luz Fantasma.

Unas horas más tarde…

—Vamos, chicos. Es hora de dormir —Sally se giró para recoger a su benjamín, que seguía mirando por la ventana con cara de susto—. Venga, cielito. Mañana nos espera un día largo y hay que acostarse.
Para su sorpresa, Hudson se giró levemente con cara de circunstancias.

—¿Aquí estamos seguros? —preguntó con voz trémula.

Ante lo que Sally enarcó los parabrisas con ironía.

—Bueno… ¿Dónde queda ahora el valiente Hudson McQueen, que estaba dispuesto a escuchar historias de miedo sin que flaqueara su voluntad?

El niño la miró con cara de molestia.

—¡Yo no tengo miedo! —replicó con voz aflautada—. Soy un niño valiente.

Sally sonrió.

—Entonces, debes saber que nada te sucederá. Y mucho menos si todos estamos aquí contigo.

Hudson suspiró, dirigió una última mirada a la oscuridad del exterior y, rendido, cedió a la evidencia y se dirigió hacia su rincón. Un metro más allá, Rayo ya estaba despidiendo a Cruz hacia el mundo de los sueños.

—Buenas noches, mis pequeños —les deseó Sally, besando a cada uno en una rueda—. Que descanséis y soñéis con cosas lindas.

—Buenas… Nooooches —bostezó Hudson, que en ciertas cosas había salido más a su padre que otra cosa, antes de cerrar los ojos y empezar enseguida a roncar suavemente. Ni un cañón de artillería sería capaz de despertarlo hasta el día siguiente.

—Buenas noches, mami —le deseó la pequeña Cruz, antes de frotar el capó con el de su padre—. Buenas noches, papá.

—Que descanses, estrella mía —Rayo la besó en el guardabarros—. Hasta mañana.

Pero cuando ya iba a salir detrás de Sally, el ex corredor escuchó aún la voz de su hija llamándolo desde la penumbra del pequeño dormitorio que compartían los dos hermanos. Tras hacerle una seña significativa a Sally, McQueen se adentró de nuevo en la estancia.

—¿Qué pasa, Cruz? —preguntó con dulzura, acercándose a ella.

Incluso en la penumbra, veía sus ojos de color mar abiertos de par en par. La niña, por su lado, dudó un instante antes de volver a abrir el capó:

—Cuando sea mayor —susurró—. ¿Podré ser como tú?

—¿Como yo? —quiso saber Rayo—. ¿Qué quieres decir?

La pequeña hizo un gesto cohibido.

—Una corredora —explicó con sencillez—. O como la tía Cruz...

Rayo sintió que se derretía por dentro sin remedio.

—Claro que sí —la alentó—. Podrás ser lo que tú quieras. Y yo seré el padre más orgulloso del mundo y te apoyaré siempre; deberías saberlo.

—Pero… Mamá dice que tú cambiaste —arguyó entonces Cruz, para su sorpresa—. ¿Yo tendré que cambiar también?

Rayo sonrió, amoroso, entendiendo de golpe por dónde iba la conversación.

—Sí, es cierto que cuando conocí a tu madre, cambié —explicó ante la atenta mirada de su primogénita—. Pero solo para descubrir a mi verdadero yo.

—¿Tu verdadero yo? —quiso saber Cruz, confusa.

Ante lo cual, su padre meneó la cabeza suavemente y la besó de nuevo.

—Algún día lo entenderás, mi pequeña estrella. Pero hasta entonces…

Hizo un gesto elocuente y la pequeña se acurrucó, obediente. No obstante, antes de irse, Rayo aún escuchó algo que lo emocionó aún más:

—Papá…

—Vamos, Cruz, duérmete —le aconsejó a su hija sin perder la paciencia.

—Solo una cosa más —prometió ella antes de añadir—. Cuando sea mayor… Quiero ser como tu verdadero yo.

Rayo se emocionó casi hasta el punto de llorar. De todo lo que su hija podía haberle dicho en su corta vida, aquello era sin duda lo más hermoso. Pero sabía que debía irse o Cruz jamás se acostaría.

—Lo serás, mi vida. Buenas noches.

—Buenas noches, papá.

Aun así, Rayo esperó unos segundos hasta escuchar la suave respiración de sus dos hijos antes de bajar la persiana definitivamente. Fuera, a apenas unos metros de distancia, lo esperaba su mujer.

—¿Y bien? ¿Se han dormido? —preguntó con cariño.

De siempre, Hudson caía como un tronco, pero Cruz era un polvorín; igual que su padre.

—¡Oh, sí! —aseguró este—. Han caído rendidos. Aunque…

Hizo una pausa dramática y Sally enarcó un parabrisas, curiosa.

—¿Aunque…? —repitió, mordaz, al ver que él tardaba en contestar.
A lo que Rayo, con idéntico humor, apostilló:

—Prepárate, porque creo que viene otra promesa de las carreras en la familia…




¡FELIZ HALLOWEEN!
(Historia inspirada en “Cars” de Disney Pixar. Imágenes: Disney)
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jueves, 29 de octubre de 2020

Cristina Vázquez: Después del silencio


Ahora todo era silencio. Un silencio espeso, contundente, que le resultaba extraño como si todo a su alrededor hubiera desaparecido en una realidad opaca.
Intentó parpadear pero no podía. Los ojos le quemaban y una venda le impedía moverlos. Gritó con todas sus fuerzas preguntando dónde estaba, qué sucedía y no hubo respuesta. Unas manos frescas le dieron golpes tranquilizadores y notó el frío de un líquido que entraba por su brazo. Tuvo la sensación de un tiempo largo e indefinido repartido entre sueños intermitentes y cuidados continuos, hasta que por fin oyó un ruido metálico que le pareció una bendición. Algo del mundo algodonoso que la rodeaba se rompía y empezó a agitarse gritando.
—¿Dónde estoy?
Poco a poco recuperó el oído y pudo entender que estaba en un hospital víctima de un atentado y había perdido por un tiempo el oído debido a la terrible explosión. Era una magnífica noticia que ya pudiera oír.
—Sé fuerte, Andrea —le susurraron voces expertas—. Has sido muy afortunada al sobrevivir.
Y empezó su nueva rutina. Ir moviéndose, hacer ejercicios cada vez más difíciles, caminar por el pasillo sostenida por muletas y amables palabras de admiración y ánimo. Es la niña del atentado oía que susurraban al pasar. Los ojos le seguían quemando y todos los días le curaban con delicadeza, pero no conseguía abrirlos del dolor que aún tenía. Cada vez que preguntaba si volvería a ver un ominoso silencio junto a palabras de exagerado ánimo la dejaban desconsolada.
Pidió a su madre que le describiera todo lo que veía. Ella le contaba cómo al árbol frente a la ventana le empezaban a nacer unos diminutos brotes, y aunque fuera febrero ya se veía despuntar flores rosas en los ciruelos del paseo. Que cada mañana los cristales aún se llenaban de vaho y ella le pedía que escribiera su nombre en ellos, Andrea. También le definía cómo se le iban oscureciendo las manchas de color castaño al cachorro.
—Te está esperando en casa.
Y así pasaban el tiempo y las semanas, describiendo todo lo que había visto. La cara del médico, el color del cuarto, el verde tierno de las hojas del árbol, cómo la luz era más intensa y las tardes se prolongaban en tonos rosas y morados.
— ¿Y cuándo volveré a ver?
Le quitaron la venda de los ojos y al abrirlos, insegura, empezó a gritar con desconsuelo y volvió a cerrarlos en un ataque de nervios.
—No quiero. No puedo ver —gritaba histérica.
Los médicos dijeron que felizmente no había quedado ninguna lesión que le impidiera recuperar la vista, pero ella se negaba a abrirlos y cada vez que lo intentaban su llanto y desesperación lo impedía.
Volvieron a su casa y aprendió a subir las escaleras, a encontrar el baño, manejarse en la cocina, todo con los ojos cerrados. Cuando le suplicaba la madre que intentara abrirlos volvía a ponerse descontrolada. Seguía pidiéndole que le contara lo que veía y así siguieron un tiempo, hasta que una preciosa mañana de principios del verano, la madre la llevó al jardín y le rogó que sintiera la humedad del césped en los pies, que oliera las rosas, que escuchara cómo cantaban los pájaros y para agradecer el estar viva que abriera los ojos de una vez.
—Por favor, si no es como si tú también hubieras muerto un poco.
La abrazó con ternura y le dijo que le esperaba un regalo, pero tenía que espabilar, si no desaparecería. La niña lloraba desconsolada agarrada a la madre.
—Es que solo veo sangre.
—La sangre se ha ido, te lo prometo.
Temblorosa empezó a parpadear y por fin los abrió. Delante había una brizna de hierba de un verde brillante, de la que colgaban gotas de rocío como un arco festivo que le daban la bienvenida a la luz.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Emelina López: Mi canto eres tú


Autor: Jorge Ánckermann

Pianista: Alberto Joya

Soprano: Emelina López

Jorge Ánckermann nació en La Habana en 1877. Se cree fue el creador de la guajira allá por 1899, género derivado del punto cubano. Su canción "El arroyo que murmura" fue la primera guajira cubana.

El punto cubano ya se conocía en España desde el siglo XVIII, y se le llamaba "punto de La Habana", y hacia la mitad del siglo XIX fue adoptado por el naciente estilo del flamenco español que lo incluyó entre sus "palos". También fue utilizado por compositores como Ruperto Chapí, que lo incluyó en su zarzuela "La Revoltosa" de 1897.

A partir de 1930 la guajira fue popularizada por el cantante y guitarrista Guillermo Portabales. 

Una de las más famosas guajiras es la llamada "Guajira Guantamanera", compuesta por Joseíto Fernández, y popularizada a nivel internacional, durante los años 60, por el folklorista norteamericano Pete Seeger.

 

 

La música expresa lo que no se puede decir y aquello sobre lo que es imposible estar en silencio. 

Víctor Hugo

 


martes, 27 de octubre de 2020

MJ Pérez: El final del camino

 

Sus cansadas piernas eran incapaces de dar un paso más. Las notaba como si fueran de hierro, tensas y pesadas a más no poder. Sin embargo, su cerebro obligaba a sus pies a seguir adelante. A no desfallecer, pues el fin del camino estaba cerca y debía alcanzarlo costase lo que costase. No tenía otra opción. Dejó escapar un juramento y siguió adelante, dejando de lado sus dolores.

 

Compartimentar era algo que les enseñaban en su orden desde bien pequeños. Por eso había aprendido la habilidad de dejar algunos pensamientos en la zona más oscura de su mente y aferrarse a los que le eran de utilidad. En este caso, lo más inminente era que sus piernas siguieran caminando, que el cansancio quedara de lado. Siguió andando.

 

Continuó pues no tenía otra opción. Había hecho una promesa y si la incumplía las consecuencias serían terribles para todos. Las primeras quemaduras empezaron a tachonar su piel como gotas de brea justo en ese momento. Con el paso de los escasos minutos con los que contaba irían a peor, lo sabía, aunque no desistió. El mar estaba justo en frente. Si hubiera podido moverse más rápido habría echado a correr. Lo alcanzó en el momento en que los músculos de la mejilla izquierda fueron visibles a través de la piel calcinada.

 


 

Se dejó caer de rodillas con la respiración agitada y convulsa, buscó el tarro de cristal que guardaba en uno de los múltiples bolsillos de su capa negra y vertió su contenido en la orilla. Por un momento la enorme masa de agua brilló de color verde ácido. La prueba de que había finalizado la misión encomendada. La evidencia de que iba a morir.

 

Volvió a ponerse de pie con un último esfuerzo de voluntad. Había llegado el momento: dejó escapar el aire de sus pulmones en una sonora bocanada y empezó a convertirse en un montón de cenizas que pronto pasarían a formar parte de aquel mundo contaminado y podrido.

 

© MJ Pérez

domingo, 25 de octubre de 2020

El Cristo de la Vega (Toledo)



Santa Leocadia, patrona de Toledo, fue martirizada en el año 304. Y según cuenta la tradición su cuerpo fue enterrado fuera de la muralla, en la Vega Baja, al noroeste, muy cerca del circo romano. Más tarde se construyó una ermita, y tres siglos después, el rey visigodo Sisebuto la transformó en basílica. Allí tuvieron lugar algunos de los famosos Concilios de Toledo. Del primitivo templo visigótico se conserva el ábside mudéjar, y desde entonces ha tenido muchas remodelaciones.

Hoy se conoce como la Ermita del Cristo de la Vega, por poseer una imagen singular de autor desconocido, un Cristo con el brazo derecho caído. Varias leyendas envuelven su misterio:

Una nos la relata Salazar de Mendoza en 1618, y el padre Antonio de Quintadueñas en 1651, famoso cronista toledano en su compendio de los «Santos de la Imperial Ciudad de Toledo» y dice así:  

En el altar mayor de la iglesia vi y adoré la imagen de bulto de Cristo Nuestro Señor. Estatura grande y caído el brazo derecho, demostración que afirman algunos haber sucedido en ocasión que negando un judío cierta cantidad de maravedís a un cristiano, poniendo al Santo Cristo por testigo, derribó el brazo, dando a entender trataba verdad el cristiano y luego se convirtió el judío.

Sixto Ramón Parro añade otra en su «Toledo en la mano»:

Dos caballeros que sostuvieron un duelo junto a las tapas de esta ermita, y habiendo caído el que injustamente le provocara, su rival le alzó del suelo y le perdonó la vida, entrándose en seguida (sic) a orar ante el Santo Cristo, que bajó el brazo en señal de aprobación por su noble comportamiento.

Sin embargo, la leyenda más popular que rodea al Cristo de la Vega es la historia del caballero y la doncella que José Zorrilla recogió en «A buen juez, mejor testigo» (1838). El poeta y dramaturgo vallisoletano contaba los amores de Diego Martínez con Inés de Vargas, a la que juró ante el Cristo toledano que se casaría con ella cuando regresara de la guerra en Flandes. La joven le esperó durante tres años y cuando al fin le vio regresar, salió corriendo a su encuentro. Diego, convertido en capitán «tan galán como altanero», renegó de la joven y de su juramento:

¡Tanto mudan a los hombres fortuna, poder y tiempo!

Desesperada, Inés pidió la intercesión del gobernador de Toledo, don Pedro Ruiz de Alarcón y oyendo mentir a Diego, recabó como testigo al Cristo de la Vega ante el asombro de todos. Hasta la iglesia acudió el tribunal en pleno, Inés y Diego, junto a una multitud de curiosos y ante la imagen preguntó el notario:

Jesús, Hijo de María, ante nos esta mañana citado como testigo por boca de Inés de Vargas, ¿juráis ser cierto que un día a vuestras divinas plantas juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?

Zorrilla nos cuenta que:

Asida a un brazo desnudo una mano atarazada vino a posar en los autos la seca y hendida palma, y allá en los aires «¡Sí juro!», clamó una voz más que humana.

Cuando la multitud alzó la vista, vio a la imagen con los labios abiertos y una mano desclavada.



No dejéis de visitarla

viernes, 23 de octubre de 2020

Brújulas y Espirales: Carlos Algora, El maestro de la mano negra

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas


UNA ANDALUCÍA DE PARIAS


El maestro de la Mano Negra

Carlos Algora

Algaida Editores, Sevilla, 2020, 412 páginas.



   


  Carlos Algora es un investigador y narrador ya de dilatada experiencia, que ha entrado de lleno, con alguno de sus estudios, en la proyección en Sevilla de la Institución Libre de Enseñanza. Y ha recreado, desde la ficción, la vida de los pícaros de las almadrabas de Conil. Y con un relato de suspense nos introduce de lleno en la revolución de 1868. En su tercera novela, El maestro de la Mano Negra, recién editada por Algaida, nos sumerge  en la Andalucía profunda y campesina, y en episodios de inusitada violencia, provocados en gran parte por la miseria y por la sed de venganza de los terratenientes, apoyados por las fuerzas represivas gubernamentales y por jueces que hicieron dejación de su imparcialidad a la hora de aplicar la ley, favorecer a los poderosos y condenar a garrote vil a pobres inocentes.

   La novela se base en hechos reales, constatados por historiadores, amalgamados con elementos de ficción. La Mano Negra fue una presunta organización anarquista secreta que posiblemente nunca existió, pero a la que se le atribuyeren ciertos crímenes, incendios y destrucción de cosechas en la comarca de Jerez en los primeros años del siglo XIX. Los antecedentes causales -si existieron- es preciso buscarlos en las sequías y pésimas cosechas que sufrió Andalucía en 1881 y 1882. Lo que provocó hambre y crispación social, con asaltos a tiendas, robos e incendios, así como invasiones de fincas y motines de protesta por falta de trabajo y por la escalada de los precios. El gobierno envió refuerzos, sobre todo a la comarca de Jerez, que, con la ayuda de la guardia municipal, procedió a detener a muchos jornaleros, afiliados en su gran mayoría a la Federación de Trabajadores, de cariz anarquista, que sin embargo había expulsados a los autores de actos de violencia.

   Así pues la novela de Carlos Algora, sin renunciar a la creatividad del género de ficción, tiene base real, incluyendo incluso no pocas citas de la prensa de la época. El autor relata los hechos sin renunciar nunca al suspense ni a dar cuenta de hechos espeluznantes y atroces.

   Entre los múltiples actantes, dos de ellos se convierten en los protagonistas centrales: el maestro cortijero, Juan Ruiz en el papel  de héroe honrado, y su contrapunto, el bandolero Miguelilo Ajorjacambre. El relato se inicia “in media res”, en un punto medio del tiempo de la historia, con Juan Ruiz en la cárcel, acusado de un asesinato, pero sobre  todo de atentar contra los ricos y de instigar a destruir viñedos, provocar incendios y asesinatos, cuando lo único que había hecho, había sido acudir con su mujer a la siega en un cortijo, encuadrado en una cuadrilla, y exigir salarios acordes a su trabajo. En la sierra actúan bandoleros al mando de Miguelillo Ajorcajambre, que con torturas y asesinatos no sólo hacen pagar traiciones, sino que asaltan, roban y matan a ricos y a pobres. La novela comienza pues presentándonos los deleznables abusos sobre las gentes de Andalucía que nada tienen.

   Novela fragmentaria que intercala el trabajo de la cuadrilla, las sesiones escolares de Juan Ruiz con sus días de de cárcel, víctima de terribles torturas, y los planes facinerosos de Miguelillo Ajoscajambre. Ninguna prueba tienen los torturadores, fiscales y jueces contra el maestro, pero le tienen enfilado por ser socialista libertario de la Federación de Trabajadores de España y por aconsejar a sus compaisanos para que reclamen lo que les pertenece, y que protesten contra los abusos de los hacendados que les dan el poco trabajo que había a dóciles y agradecidos.

   La trama novelesca se extiende en relatar el hambre enorme de las familiar que les lleva a comer ratas, grillos y lagartijas. Refiere así mismo con detalle las aventuras de los salteadores de caminos, cuatreros y contrabandistas, aficionados  al vino, al juego y a los prostíbulos. Escenas terribles como la del hacendado que ordena castrar a un enamorado de su hija, únicamente por ser de condición humilde. Las calamidades y abusos que hacen soñar a muchos con un justiciero que, a toque de espada, restableciese la dignidad de los parias. Pero el maestro Juan Ruiz y los socialistas libertarios creen que ese no es el camino. Su misión es inculcar en  sus discípulos y vecinos la idea de que no somos esclavos de nuestro destino.

Hasta que detienen a Juan Ruiz, al que consideran el jefe de la Mano Negra. Y a base de indescriptibles torturas le obligan a confesar un crimen que nunca cometió.

   
                                              
Carlos Algora


   La novela refleja sobre todo la Andalucía desesperada por la hambruna, y la connivencia  de las fuerzas del orden, jueces y partidos gobernantes que se negaban a diferenciar entre los bandoleros y la supuesta Mano Negra y la Federación de Trabajadores. Lo que buscan y ansían es lograr un castigo ejemplar del que serán víctimas seres inocentes. Refleja igualmente lo que opinan las fuerzas represoras de la Guardia Civil, asociadas con los caciques conservadores.

   Novela en la que tienen cabida grandes dosis de amor  verdadero como el del maestro cortijero y su pareja Maria Frasca. Y otras de amor machista, prepotente y humillante.

   No revelo el desenlace. Solamente diré que el garrote  vil actuó sin misericordia sobre seres inocentes, tras confesiones forzadas por la tortura. Novela histórica y negra, como reconoce el autor. Respeta el contexto histórico, pero el lector no debe olvidarse que esta es una pieza de ficción. Ficción y realidad que nos permiten ver que el ser humano es maravilloso y capaz de lo más noble, pero también el depredador más inhumano de sus semejantes. El  único ser vivo que es capaz de hacer daño por placer.



Francisco Martínez Bouzas