Le horrorizó la propuesta de su madre de ir a pasar el verano a Francia, cerca de Normandía. Una antigua señorita francesa, que la cuidó cuando ella era niña, las invitaba y repetía su proposición al menos tres veces al año. Se estaba haciendo vieja y el tiempo para poder conocer a la petite Irene apremiaba.
—Mamá, por favor —clamaba la hija—. Ve tú a verla, a mí no me fastidies las vacaciones.
Su madre, Claudia, era una mujer dulce y alocada, ociosa y encantadora. Un día prometía una cosa y al siguiente la olvidaba, por lo que Irene confió que su empeño por ir a Francia desaparecería en cuanto surgiera un plan más divertido. Estaba segura de que ese deseo de reencontrarse con su querida madeimoselle Antoinette, de la que se quejaba bastante al recordarla como una mujer severa, nerviosa y extremadamente delgada, se le pasaría. No fue así, o casi.
Se acercaba el momento peligroso de decidir el lugar de las vacaciones. Por fin donde siempre, o quizás mitad del mes a la casa, ideal, que le dejaban en Asturias y el resto al sur, dudaba la madre. Resultaba perfecto mezclar Mediterráneo y Cantábrico. Más divertido y se veía a más gente.
—Así, es imposible aburrirse en ningún sitio —confesaba Claudia con expresión de perrito desolado—. Si te quedas mucho tiempo te aburres y te aburren.
La hija miraba a su pecosa madre, en la que parecía que la madurez no iba a instalarse nunca, pues sus gestos, la naricilla respingona y el afán de felicidad, le resultaban a Irene excesivamente parecido a lo que ella y sus amigas todavía ansiaban. El padre, un guapetón de nuca rizosa y falsa mirada interesante, efecto de sus ojeras un poco abultadas, se había medio largado cuando ella tenía tres años. Medio largado porque luego aparecía y desaparecía a su antojo. Sus padres seguían manteniendo una amistosa relación. Irene calculaba que por parte de su madre más que amistosa, porque cuando él volvía a irse, se quedaba unos días como paralizada, igual que si se metiera en una nube o un sueño del que le costara salir.
Irene le veía cuando él tenía a bien volver de su estancia en Palma o de sus viajes no se sabía muy bien por dónde. Era cariñoso, simpático y entretenido al contar sus historias, hasta que la copa excesiva le volvía reiterativo y sentimental. Pero nunca les faltó nada, y aunque tuviera varias y sucesivas novias, con la mano en el pecho, juraba que los amores de su vida eran ellas dos: su única y auténtica familia.
En la última visita del padre, Claudia le contó con todo lujo de detalles que se iban a ir a Francia. Madeimoselle, tú la conociste, se estaba haciendo vieja y se sentía en la obligación de ir. Además, Irene practicaría un poco su francés y pasarían un saludable verano sin tanta bobada, salidas, copas y carreteras. Cuando hacía la enumeración de los teóricos peligros veraniegos, más que referirse a su hija daba la impresión de que eran aquellos de los que ella misma quería librarse.
—Me parece una idea colosal —apostilló Jaime, su padre.
Adoptó un papel institucional de progenitor responsable y casi exigió que así fuera. La verdad era que cada vez venía más, y se instalaba en la casa temporadas más largas. La humedad de Palma en invierno no le sentaba bien, le dolían las articulaciones, se estaba haciendo viejo, y buscaba el consuelo de su queja en Claudia.
Llegó el mes de junio y la fecha estaba cerrada para irse, pero al llegar al aeropuerto, Claudia, confesó emocionada a su hija que ella no iba a ir.
—Tu padre me ha pedido que volvamos a estar definitivamente juntos —un ligero rubor como de escolar arrebatada inundó sus pecas—. Y, en verdad, ha sido el único hombre de mi vida.
Se sintió traicionada, llena de decepción y hasta desprecio por esa madre que seguía siendo inmadura y pueril.
—Eres patética —le soltó antes de girarse—. Espero que os vaya bien.
En el avión notó como se le estrangulaba la garganta para contener el llanto. Se sintió perfectamente prescindible y utilizada. Cuando llegó a París estaba intranquila por si la reconocería la famosa madeimoselle, por si ella vería el cartelito con su nombre, por si lo mejor sería coger el primer avión de vuelta… Mientras estas ideas cruzaban su cabeza mirando aquí y allá, sintió una mano en su hombro, se giró y encontró a una encantadora mujer, como de cuento de niños: delgada, con el pelo blanco y un gorrito tipo boina, completamente fuera de lugar.
—Al fin te conozco, Irene, querida —su español era correcto, aunque con mucho acento.
En ese momento algo en ella se derrumbó y casi se echa a llorar. Durante el viaje hasta su casa condujo madeimoselle con más pericia de lo que se podía esperar y el tiempo del viaje se hizo ameno, mezclando francés y español. Irene estaba tranquila y encantada de ver ese hermoso y agradecido paisaje verde y frondoso.
—Ya hemos llegado —anunció madeimoselle Antoinette, después de girar por un pequeño camino.
La aparición de la casa conmovió a Irene. No supo decir por qué. Era de piedra con unas flores trepadoras que cubrían parte de la fachada, el tejado muy inclinado como de paja, luego supo que era lino, y un balcón con unas cristaleras en la parte central. Al entrar, un suave aroma a bizcocho o a algún otro dulce inundaba el ambiente. Antoinette le enseñó su cuarto en el primer piso, una habitación con un papel de flores azules en la pared y una cama con cabecero de madera. Le gustó. Al acabar que bajase a la cocina a tomar algo, le dijo antes de cerrar la puerta.
Entró en la cocina pintada de amarillo, con una mesa en el centro, grande, familiar, vajillas en los vasares y ese maravilloso olor. Se sentó a la mesa en la que destacaban el bizcocho, una tarta, frutas, queso… Y se echó a llorar. Madeimoselle alargó el brazo para cogerle una mano.
Este comedor, comenzó a contar en tono confidencial, lo había copiado del de la casa de Monet en Giverny, un pueblito cercano.
—Ya iremos a verlo. Verás qué maravilloso es el jardín.
En esa casa el pintor fue feliz rodeado por su familia, continuó suavemente. Para ella, sus abuelos, su querida madre, Claudia, habían sido durante unos años su familia, siguió con voz dulce, pero sabía que la chere Claudia siempre sería una niña pequeña. Hizo un amplio gesto abarcando la estancia.
—Pretendo que esto sea un sitio de reunión, como si de otra gran familia se tratara —cruzó los brazos—. Quería conocerte, para que supieras que aquí siempre tendrás un hogar.
Llevaba años organizando cursos de cocina, confesó con orgullo. Venían muy buenos chefs y gente interesante. Pero, suspiró con cierta severidad impostada en su expresión, había que ser metódico y disciplinado. Luego, después de la técnica llegaba la inspiración.
—Te gustará y quién sabe, lo mismo llegas a ser una gran cocinera —le guiñó un ojo.
Se rio con suavidad y la animó a probar los platos del día.

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