Tengo dieciocho años y mi
desayuno preferido desde niño es: arroz blanco, huevos fritos y plátano maduro,
pasado por la misma freidora y el mismo aceite, hasta que se torne dorado.
Esta mañana, entre cuchicheos,
oía el crepitante sonido de la sartén donde se freían esos dos huevos, que en
vez de amarillos eran rojizos, debido a que las gallinas de mi madre comían las
cerezas que caían en el patio.
Hoy no es un día cualquiera.
Es mi primer día de clase en la universidad de Alcalá de Henares. Voy a ser
Arquitecto Técnico, mi madre lo llama Aparejador. Le he prometido hacerle un
gallinero en condiciones: de madera, bajo un árbol frondoso para evitar el sol
y las temperaturas altas del verano, con buena ventilación, perchas, nidos,
cama de virutas, comederos…
Me he enterado de que cien
gallinas ponedoras, las Leghorn blanca, originarias de Livorno, en Italia,
pueden poner hasta ochenta y tres huevos. Se dice que esta ponedora es el
resultado del cruce entre la gallina italiana con las andaluzas.
Figúrate, mamá, han perdido
totalmente su instinto maternal y nunca se ponen cluecas. Viven entre seis u
ocho años.
También le he dicho que tiene
que establecer una rutina de limpieza, es importante que las gallinas estén a
gusto y con higiene.
De pronto, he pensado: si
hago un gallinero para las Leghorn, debería hacer otro para las Brown, que son
muy populares para el consumo. Se adaptan tanto a sistemas de jaula como al
suelo.
Me estoy dando un buen
atracón para desayunar. Mi madre es partidaria de alimentar bien el cuerpo para
que funcione mejor la mente. Voy a ser el primero en la familia en ir a una
Universidad. La veo secar una lágrima clandestina con la punta del delantal y,
estoica como siempre, dice que si eso de ser Aparejador fuera mucho para mí,
que no sufra, ya que podría trabajar en esa granja avícola que les pienso
montar.
© Marieta Alonso Más

No hay comentarios:
Publicar un comentario