El
talabartero de mi pueblo era un hombre alto, delgado, gafas en la punta de la
nariz y con un corte de pelo impecable. Usaba mandil. Se llamaba Abelardo y
estaba casado con Eneida, la peluquera, que usaba delantal con dos bolsillos
repletos de peines, tijeras y propinas. Siempre llevaba el pelo recogido en una
cola de caballo. No tenía tiempo ni de teñirse las canas con seis hijos y un
millar de clientes, pues no solo atendía a mujeres, también era barbera.
El local
estaba dividido en dos, a la derecha el taller de Abelardo y a la izquierda la «Hair
Salon» como estaba escrito en un cartel
Los dos
eran muy queridos, a la vez que temidos, todo el que entraba y luego salía por
la puerta pasaba por una especie de censura, y para resarcirse de los chismes
que allí se contaban, los clientes decían que ese matrimonio iba desnudo por la
vida, él trabajaba «encuero», y ella en «pelo». Y una vez, que ella se enfadó
cuando los oyó, le hicieron ver que donde las dan, las toman.
En la
acera había un taburete de madera pegado a la pared y allí se sentaba
Segismundo, aquel que nunca estudió música, pero tocaba de maravilla cualquier
instrumento. Hacía ya mucho tiempo que
en unas Navidades se hizo una colecta entre todos los comerciantes y le
compraron un acordeón.
Aquello
que veía a diario, yendo hacia la escuela, se convirtió con los años en uno de
mis más persistentes recuerdos. La música, el olor a cuero tan penetrante y la
trenza que mi madre guardó cuando me cortaron el pelo.
¿Qué son
los recuerdos? La maestra un día que le pregunté me dijo que era la capacidad
de evocar y traer al presente todo aquello que guardamos en el desván de
nuestra memoria. Hay que ver los rostros, olores, personas que me vienen a la
mente, y abarcándolo todo, el sonido del acordeón que para mí tocaba el bueno
de Segismundo, mientras me sonreía con aquellos dientes apiñados, torcidos,
desalineados al no tener su mandíbula espacio suficiente.
© Marieta Alonso Más

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