Desde que se ha levantado no ha parado ni
un momento. Limpieza general en aquel piso de pequeñas dimensiones, abarrotado
con muebles muy modernos, paredes con tonos que contrastan, libros por doquier,
una leonera por habitación y dos maletas en la puerta. A todo correr está
haciendo la comida para irse a trabajar. El malhumor la inunda. Y, encima, su
marido le pidió anoche el divorcio.
—Din … don …
Se abre la puerta quedando una rendija
sujeta con una cadena
—¿Quién es?
—Disculpe, ¿podría
ayudarme? Busco a un profesor de literatura y no sé en cuál piso vive.
—No conozco a ningún
profesor de literatura.
—Es ruso
—Como si fuera chino.
Le digo que no le conozco.
—Es alto y delgado.
—Como si fuese enano y
gordo. Lo siento. Se me quema el condumio y su búsqueda no es mi problema.
Pregunte al conserje.
—¿Dónde vive el
conserje?
Se oyó el golpe seco de la puerta al
cerrarse y un grito. Cuatro dedos quedaron empotrados.
© Marieta Alonso Más

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