lunes, 2 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Don Eutiquio

 



 

El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en broma o en serio.

Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí. 

Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor, y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús y ocupé el puesto.

Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin tener que pisar a nadie.  Y, miren por donde..., hoy, me alegro.

Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen cuando se presentó ante el Señor.

 

© Marieta Alonso Más

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