El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que
el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos
preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría
sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su
sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en
broma o en serio.
Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies
juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas
para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también
sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no
debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí.
Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral
tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me
empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la
novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura
madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le
dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor,
y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o
la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo
me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús
y ocupé el puesto.
Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar
que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin
tener que pisar a nadie. Y, miren por
donde..., hoy, me alegro.
Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando
aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen
cuando se presentó ante el Señor.
© Marieta Alonso Más

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