El
12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al
convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una
órbita de la Tierra.
Lo
mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación
cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese
predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando
hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios
de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.
Un
mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo
así como «pato salvaje»,
que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108
minutos. A Gagarin, las autoridades
soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad
paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo.
Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y
dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de
lo que era mío.
Pasaron
siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968,
en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese
día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.
©
Marieta Alonso Más

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