De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada... Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.
También
quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un
cierto aire. «La dolce vita» quedó
grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi
vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe
cómo decirlo.»
Otro
de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el
físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el
extraterrestre»
cuando dijo: «mi casa», y las aventuras
que corrí con todas las pelis de «Indiana
Jones».
Nunca
visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me
puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho
menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi
pueblo.
Creo
que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.
©
Marieta Alonso Más

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