lunes, 29 de junio de 2026

Cristina Vázquez: Revelación

 


¡Ahí va Caterina!, gritaban los niños y jóvenes del pueblo cuando pasaba la chica. Ella siempre iba mirando al cielo, siempre con una sonrisa.
Después de unos meses de su nacimiento, el médico les aseguró que la niña era completamente normal, pero que había algo en ella que a él se le escapaba: un ligero retraso, una manera diferente de evolucionar…

—Yo, señora —dijo el hombre con dulzura—, no tengo conocimientos para este sutil diagnóstico.

La mujer se quedó preocupada por lo de “sutil”. ¿Qué sería ese mal? El médico le recomendó a un colega en el hospital de la vecina ciudad, la importante de la región. Este, después de examinarla con atención, concluyó lo mismo que el del pueblo. Tenía algo especial esa criatura, pero no podía definir qué.

—No se preocupe, señora —sonrió el doctor—. Es una niña preciosa.

Caterina creció con esa aura especial. Tardó en aprender a escribir, las tablas de multiplicar no llegó a memorizarlas nunca, en cambio, tenía un don para la música y para la oración. Nada le gustaba más que aprenderse oraciones y no perderse ninguna festividad o acto que hubiera en la iglesia de Santa Caterina. Todos se acostumbraron a que la chica preparara los jarrones de flores, o se ocupara de planchar los manteles y a su voz cantando plegarias que nadie sabía dónde las pudo aprender.

—Es mi santa —repetía desde pequeña— y yo su ángel.

Pensaron que esas afirmaciones formaban parte de su singularidad, aunque ella lo aseguraba con absoluta certeza y alegría. Al crecer siguió jugando con niños más pequeños y no parecía importarle que los chicos la señalaran por la calle. ¡Ahí va Caterina! Luego añadían adjetivos peyorativos y hasta obscenos cuando se transformó en una hermosa mujer.

En ese diminuto pueblo del sur de Italia, en el que la pobreza y abandono seguía dejando huellas, solo se destacaba dicha iglesia, la de Santa Caterina, que había atraído turistas en los últimos años. Los locales se sorprendían de las exclamaciones de admiración que despertaba. Ellos estaban acostumbrados a oír misa o ir a los funerales rodeados de esas pinturas que cubrían las paredes.

Un día en que barría la Iglesia mientras cantaba su extraña música, un hombre extranjero —para los de pueblo todos eran ingleses, aunque fueran de otra nacionalidad—, se quedó maravillado de la voz y la belleza de la joven. Sacó fotos de los frescos de las paredes y también de ella. Cuando el hombre las reveló se dio cuenta de que había una de Caterina al lado del ángel de la Anunciación y concluyó que eran idénticos. Si esa pintura fuera reciente no hubiera dudado que había sido la modelo para esa figura. Los mismos rasgos, la misma entrega, exacta cara de inocencia y beatitud. Amplió la imagen y se percató de que en el suelo había unas levísimas plumas que parecían escapadas de la pintura.

Volvió a la iglesia con la intención de comprobar su descubrimiento que le había llenado de un extraño anhelo. Una mezcla de sorpresa y de esperanza lo mantuvo inquieto hasta que llegó. Preguntó por ella y no le contestaron. ¿Quién era ese extraño que preguntaba por la chica? ¿Qué querría? ¿Podrían sacar algo de él?

El hombre se sentó en las escaleras de entrada a la iglesia hasta que oyó la voz de la joven. ¿Por dónde habría entrado? Golpeó la puerta varias veces, pero no cedía y los hombres del pueblo se fueron acercando a él rodeándolo en una silenciosa y compacta amenaza. Comprendía que era absurdo lo que estaba haciendo y trató de enseñarles las fotos y que entendieran lo que él veía, pero sus miradas eran obtusas, airadas. Por un momento sintió un miedo atroz. Empezó a ver algunos brillos de navaja, y supo que sus explicaciones no las entenderían nunca, como él tampoco debió entender el código de esos hombres.

Cuando el filo de un cuchillo brilló en el aire, la puerta se abrió y apareció Caterina.

—Yo soy el ángel de la Santa y este hombre es sagrado.

Su voz sonó con una resonancia arcaica y los miró a todos con su sonriente semblante. Cogió al hombre del brazo y entró con él a la iglesia.

© Cristina Vázquez

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